¿Qué es peor, la enfermedad en sí, como efecto, o la civilización capitalista, como causa?

Por Jérôme Holman Zubieta. (Universidad Cochabamba-Arpt-Fuerza. Bolivia)

La situación se vuelve más desesperante para las poblaciones del mundo entero, cuando se ve que ni en los países más ricos pueden contener ni encuentran solución a la propagación y a la enfermedad del Covid-19.

¡La lucha más natural que nos toca cumplir ahora como especie, para salvar a nuestro planeta, es la lucha de los pobres contra los ricos abusadores; de los oprimidos contra los explotadores; del proletariado contra la burguesía, para una sociedad sin destrucción de la naturaleza, sin clases, ni injusticias!

En Bolivia, el miedo y el terror también se incrustan y se plasman en el rostro de las personas, y ahora cada vez más cunde la paranoia y la susceptibilidad. De esa manera, las personas hacen todo lo que está en la medida de sus posibilidades para evitar el contacto humano y el contagio.

Hace tres meses que se empezó a difundir el virus y hemos participado como simples espectadores en esta catástrofe sanitaria y económica, que va derrumbando la estabilidad de gobiernos poco fiables y también el sistema capitalista.

Pero es hora de ver desde otro enfoque el efecto de este fenómeno. Imaginemos a todos los oprimidos que viven en África, que hace más de un siglo subsisten a pesar de toda clase de pandemias y enfermedades, producidas por la mano destructiva del capitalismo. Estas culturas han ido olvidándose y siguen desapareciendo. Muchos africanos de esta condición verán la llegada del coronavirus como una enfermedad devastadora más, de las muchas otras, como son: la malaria, el sida, el ébola, entre una infinidad. Ellos más que nadie saben que esto se debe a las ambiciones angurrientas de los poderosos, de seguir enriqueciéndose sin importar los costos ecológicos o humanos. Así son millones de africanos que esperarán en sus casas la enfermedad, estoicos e impotentes, por la pobreza y la hambruna, ya seguramente resignados hasta del miedo mismo.

Lo que más importa entender de la pandemia es que es algo natural; si apareció no fue por un castigo divino o por castigo que nos manda la madre naturaleza.
Debemos explicarnos las relaciones que existen entre la humanidad y la naturaleza. Es evidente que desde siempre el ser humano lucha contra la naturaleza para poder vivir; es una lucha natural, así como las hormigas luchan contra las termitas; así como la maleza quiere hacerse paso a través de la selva; o como la abeja deben extraer todo el polen de la flor, o como cualquier depredador lucha contra su presa y viceversa. La lucha es algo innato de la naturaleza.

Lo que no es propio de la naturaleza es la explotación. La explotación es el ultraje desmedido de la lucha alienada del ser humano hacía su propia especie y su entorno y medio ambiente. Y el desastre sanitario que vivimos ahora se debe al cataclismo ecológico, causado por la catástrofe económica que busca explotar al máximo a los pueblos del mundo.

Si nos damos cuenta, todo virus forma parte de un ecosistema, resulta de utilidad para el ecosistema, pues cumple una función; es parte de la naturaleza igual que todo lo vivo y lo biológicamente existente en el mundo. Todavía no ha llegado la hora en la que el ser humano llegue al nivel divino de manipular la naturaleza como se ve en las películas. La ciencia va avanzando hacia este punto, pero le falta todavía décadas, si no son siglos, para poder lograr lo que la naturaleza hace. Éste es un aspecto más para descartar acerca de la creación del virus en un laboratorio.

Pero, en cierta medida, el hombre es el causante de esta pandemia, de manera indirecta. Al destruir el ecosistema, generó las condiciones para la propagación del virus.

El ser humano que se creía estar por encima de las leyes de la naturaleza, el ser humano que se creía omnisciente y omnipotente, ahora se aterra de un diminuto virus. El virus logra derrumbar sus estructuras y superestructuras hasta dejar a la humanidad en la incertidumbre y el miedo….

Pero, a ver, aquí debemos poner en duda muchas cosas. Primeramente, está demostrado que los capitalistas sabían y estaban al tanto de que iba ocurrir un desastre de esta magnitud, de cierta manera lo propiciaron pero más importante aún lo asumieron, ya sea de manera inconsciente o no. Igual que asumieron hace cientos de años la degradación de la sociedad y la ecología.

Sin embargo, el miedo y el sufrimiento causado por la clase capitalista se habían vuelto banales en las últimas décadas. Sabemos de tantas guerras, estafas fatales, calamidades sociales y ecológicas, de las que fueron y siguen siendo culpables los capitalistas.

Entonces, ¿por qué ahora esta pandemia genera más miedo en la sociedad?

Seguramente se debe a que la misma clase capitalista se da cuenta de que no es invulnerable a los efectos y consecuencias de su desarrollo.

A través las redes sociales y medios de comunicación, este miedo se fue incrustando en las clases proletarias, desfavorecidas y medias bajas. Es un miedo que busca ser inculcado por la irresponsabilidad de las clases capitalistas, pero que dentro de nuestra clase no tiene más fundamento que cualquier otra calamidad que ya haya sucedido.

La muerte es algo natural, también, y el desequilibrio que vivimos ahora es sólo una advertencia de lo que ocurrirá.

Pongo este planteamiento porque considero que ahora debe volverse a debatir sobre las categorías dialécticas materialistas de la necesidad y la libertad, mientras vemos que se nos quitan nuestras libertades democráticas. Surge la necesidad del pueblo de acatar la cuarentena, pero ¿cuál es la medida correcta a asumir en estos tiempos?

¿Y cuál causa más terror, la enfermedad en sí, como efecto, o la civilización capitalista, como causa?

En todo caso la mentalidad posmoderna y liberal influye a las nuevas generaciones y afecta la emergencia y reemergencia del socialismo. Finalmente, para luchar contra la confusión y el estoicismo resignado, ya sea en América o África, se tendrán que tomar medidas de acción pronto.

No cabe duda de que, en estos tiempos de confusión y dolor, miles y miles de jóvenes recobrarán el aliento de lucha, el latido revolucionario para transformar esta macabra situación que nos toca vivir. Y los culpables que creen tener dominio sobre nuestras vidas se ponen en evidencia y tropiezan por su soberbia. Y el rencor de los pueblos se ha de levantar para recuperar su digna libertad y declamar justicia para nuestros hijos y su futuro.

La crisis la tienen que pagar los capitalistas, los multimillonarios, los opulentos desvergonzados que llevan caprichosamente al mundo al abismo.

¡La lucha más natural que nos toca cumplir ahora como especie, para salvar a nuestro planeta, es la lucha de los pobres contra los ricos abusadores; de los oprimidos contra los explotadores; del proletariado contra la burguesía, para una sociedad sin destrucción de la naturaleza, sin clases, ni injusticias!

¡Ahora, juventud, albergas en tu profundo respirar la espera de la lucha por un futuro mejor!

¡Arriba parias de la Tierra!
¡En pie famélica legión!
Atruena la razón en marcha:
Es el fin de la opresión.
Del pasado hay que hacer añicos.
¡Legión esclava en pie a vencer!
El mundo va a cambiar de base.
Los nada de hoy todo han de ser *.

*Versión original de La Internacional de 1871

Publicado en Arpt-Fuerza (Bolivia)

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