Publicado el: mar, Mar 6th, 2018

A 75 años del triunfo soviético en Stalingrado. Una batalla clave para la derrota del nazismo

Por Mariana Morena

El 2 de febrero de 1943 las fuerzas alemanas se rindieron ante el Ejército Rojo tras 200 días de asedio a la ciudad de Stalingrado. Después de años de heroica resistencia de las masas al horror del nazismo, con su descomunal maquinaria bélica y sus campos de concentración y trabajo forzado, Stalingrado significó un punto de inflexión en la expansión del Tercer Reich, cambiando el curso de la Segunda Guerra Mundial. El pueblo soviético no se doblegó ante la ofensiva germana y defendió las conquistas sociales de la revolución de 1917 pese a la dictadura de Stalin. La derrota definitiva del nazismo no tardaría en llegar.

El 22 de junio de 1941, la Alemania nazi inició la invasión de la Unión Soviética con tres millones de soldados y la mayor maquinaria bélica de la historia. La ofensiva tomó por sorpresa a las masas trabajadoras soviéticas, adormecidas como resultado de las infames políticas estalinistas (la estrategia de los frentes populares aprobada en 1935 por la Internacional Comunista, la “tregua” pactada con el nazismo en 1939 y el descabezamiento de los mandos experimentados del Ejército Rojo en uno de los “juicios de Moscú”).

En diciembre de 1941, pese a haber aniquilado y capturado a cientos de miles de soldados del Ejército Rojo, era evidente el fracaso nazi de la denominada Operación Barbarroja en su objetivo de conquistar Leningrado y Moscú vía una campaña “relámpago”. A partir de entonces Hitler priorizará una nueva ofensiva a gran escala con el propósito de invadir la región del Cáucaso y acceder a los yacimientos de petróleo. La Operación Azul comenzó en junio de 1942 con importantes victorias alemanas. Y por sucesivas modificaciones al plan original, Stalingrado se terminó convirtiendo en un objetivo principal.
Ubicada en el curso del río Volga, a 480 kilómetros de su desembocadura en el mar Caspio, y fundada como Tsaritsyn, fue renombrada Stalingrado entre 1925 y 1961 a raíz del culto a la personalidad de Stalin (que fue su comisario político durante la guerra civil). En ese momento, la ciudad (actualmente Volgogrado) tenía 600.000 habitantes y una importante industria militar (con la fábrica de cañones y municiones Barricady y de tractores Octubre Rojo), plantas químicas y petroleras, silos cerealeros, un puerto fluvial y un nudo ferroviario crucial de la línea que unía Moscú con la región del Cáucaso.
El Sexto Ejército del general Paulus y el Cuarto Ejército Panzer del general Hoth avanzaron juntos sobre Stalingrado, con 330.000 de las mejores tropas de la Wehrmacht asistidas por más de 2.000 aviones, carros de combate, artillería pesada, y regimientos de sus aliados húngaros, rumanos e italianos. El 23 de agosto de 1942, exactamente tres años después de la firma del tratado de no agresión entre Hitler y Stalin, la Luftwaffe reducía gran parte de la ciudad a escombros en un atroz bombardeo. En las dos semanas que siguieron murieron 40.000 de sus habitantes.
La heroica resistencia  popular soviética
El ataque duró hasta mediados de noviembre. La población quedó atrapada bajo los interminables bombardeos alemanes. Se volvió habitual vivir en agujeros excavados en las barrancas occidentales del Volga, y comer barro cuando se acabó el pan. Sin embargo, muchísimos jóvenes fueron incorporándose a las fábricas militares y luego a las filas del ejército; incluso hubo mujeres pilotos de combate y regimientos antiaéreos formados exclusivamente por ellas, mientras las adolescentes se sumaban a las tareas de rescate y auxilio de los heridos en quirófanos improvisados en los mismos barrancos.
Las fuerzas alemanas atenazaron Stalingrado pero las tropas soviéticas, dirigidas por el general Zhukov, las forzaron a una batalla fragmentada, calle por calle, fábrica por fábrica, casa por casa, cuerpo contra cuerpo aun en sótanos y cloacas, con bayonetas, minas antipersonales, bombardeos nocturnos, francotiradores y emboscadas, en un tipo de combate para el cual los nazis no estaban preparados (la rattenkrieg, “guerra de ratas”). Soldados alemanes sobrevivientes declararían que la ciudad era una “picadora de carne”, con el olor a descomposición de centenares de miles de muertos. Las temperaturas extremas del invierno ruso y el desabastecimiento fueron otros factores decisivos para definir el curso de la batalla. Durante el mes de octubre y los primeros días de noviembre, Stalin reforzó el 62° Ejército del general Chuikov para sostener la lucha por las ruinas de Stalingrado, al tiempo que reunía tropas frescas con las que llevar a cabo la contraofensiva.

El cambio del curso de la guerra
Se la llamó Operación Urano: lanzada el 19 de noviembre, aniquiló los flancos más vulnerables de las desmotivadas y desprovistas fuerzas rumanas, húngaras e italianas, y “embolsó” al Sexto Ejército y a la mayor parte del Cuarto Ejército Panzer con siete ejércitos soviéticos, rechazando todo intento alemán de socorrerlos y lanzando nuevas ofensivas que obligaron al ascendido mariscal Paulus, desobedeciendo a Hitler, a capitular. Junto con él se rindieron veintidós generales y 91.000 hombres desmoralizados, hambrientos, congelados y atacados por epidemias. Las bajas totales del Eje ascendieron a 800.000, entre muertos, heridos, desaparecidos o capturados. El Sexto Ejército y el Cuarto Ejército Panzer alemanes, y los ejércitos italiano, húngaro y rumano fueron aniquilados.
La batalla de Stalingrado, la mayor de la Segunda Guerra Mundial y la más sangrienta de la historia, redujo a una de las ciudades industriales más importantes de la URSS a un gigantesco campo de ruinas. Pero la heroica resistencia popular soviética, pese a la dirección burocrática de Stalin, le asestó al nazismo una derrota estratégica, frenando el avance expansionista de una maquinaria bélica que hasta ese momento se consideraba imparable. Los pueblos ocupados recuperaron la esperanza de derrotar a los nazis y la resistencia se fortaleció en todas partes. Seis meses más tarde, el Ejército Rojo les asestaría en Kursk el golpe definitivo y no detendría su avance arrollador hasta liberar Berlín en mayo de 1945.

Stalingrado cambió el curso de la historia

La Primera Guerra Mundial fue la manifestación más clara de que el capitalismo había entrado en un nueva época histórica: el imperialismo, tiempo de guerra y revoluciones, fase “superior” o “final” del capitalismo, tal como la definió Lenin.1 Se abría así una etapa donde estaba a la orden del día la posibilidad y necesidad del triunfo de la revolución socialista.
Pero la época imperialista no fue siempre igual. Tuvo distintos momentos. Nahuel Moreno decía que a una primera etapa revolucionaria (entre 1917 y 1922) signada por la revolución de octubre y el ascenso obrero y popular que le siguió, la continuó una segunda (abierta a partir del triunfo del fascismo en Italia), donde lo que prevalecieron fueron las derrotas. En los veinte años siguientes se dieron a continuación la burocratización de la URSS y el ascenso de Stalin, el acceso de los nazis al poder, las derrotas de las revoluciones china y española y, como expresión más terrible, el comienzo de la Segunda Guerra Mundial y el avance arrollador del Eje conquistando casi toda Europa.
Stalingrado cambió el signo de la guerra. Fue el principio del fin para el nazismo. Pero además abrió una nueva etapa, modificando las relaciones de fuerza a escala mundial: se iniciaba un alza de masas que llegaría a la expropiación de la burguesía en un tercio del planeta y al hundimiento de todos los imperios coloniales preexistentes. Nahuel Moreno lo explicaba así: “Toda época tiene sus etapas. Estas son períodos prolongados en que se mantiene constante la relación de fuerzas entre las clases en lucha […] La nueva etapa revolucionaria se inicia con la derrota en Stalingrado del ejército nazi y abre un período de revoluciones triunfantes que se extiende hasta el presente. La primera de ellas es la yugoslava; pasa por su máxima expresión con la Revolución China, y ha tenido su última victoria… hasta ahora, en Vietnam (1974) […] a diferencia de la etapa abierta por la Revolución Rusa, que redujo sus efectos a algunos países de Europa y Oriente, en ésta la revolución estalla, y en ocasiones triunfa, en cualquier parte del globo”2.

1. Lenin, Vladimir, Imperialismo, fase superior del capitalismo, Buenos Aires, Anteo, 1973.
2. Moreno, Nahuel, Revoluciones del siglo XX, Buenos Aires, Cuadernos de Solidaridad Socialista, 1984.

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Enlaces

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