Publicado el: jue, Abr 5th, 2018

Caracas: Crónica de la miseria

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Por: Manuel Malavé

Con este año van seis años de recesión económica acumulada e hiperinflación inducida por el régimen encabezado por Nicolás Maduro y la cúpula corrupta del Psuv. Las conquistas de las que otrora se jactara el difunto Chávez han quedado desmoronadas y las consecuencias se dejan sentir en una sociedad descompuesta y un gobierno agonizante que con tal de mantenerse en el poder ha decidido convertirse en una dictadura de partido único, mata de hambre y enfermedades al pueblo, e hipoteca el país a empresas transnacionales y potencias extranjeras, occidentales y orientales.

Son las cuatro de la mañana, hay una multitud agolpada a las afueras de una carnicería recorriendo una larga fila a la espera de que sus puertas abran para aprovechar la presencia y oferta de productos cárnicos.

Tras dos horas de espera, y bajo un puente tras el que pasaban las aguas infectas del Guaire, tres hombres jóvenes sin camisa escudriñaban el lecho del río buscando granos de oro que poder vender a cambio de unos pocos millones de bolívares con los que podrán sostenerse por uno o dos meses. La gente se voltea a verlos, escandalizada. “¿No les preocupa enfermarse?”, murmura una señora a otra.

Otro día del mismo mes, la basura lleva ya semanas acumulándose desde que Erika Farías obtuvo fraudulentamente la alcaldía del municipio Libertador y una multitud de personas que vivían en las pensiones aledañas y que debían cohabitar el espacio con los malos olores y los animales como roedores, moscas y cucarachas, vectores de varias enfermedades infecciosas, decidieron protestar colocando y quemando la basura en mitad de la calle, impidiendo el tránsito y solo viendo aliviadas sus penas cuando llegaron a un acuerdo con la GNB.

El mismo mes de enero, una multitud se apuraba a salir de los vagones del tren en el Metro de Caracas, en la estación Zona Rental. Las escaleras eléctricas no funcionaban y se podía ver a una señora ascendiendo lentamente los peldaños llevando de la mano a una pequeña figura que resultó ser un niño que llevaba la cara cubierta por un tapabocas, se ayudaba del pasamanos para poder ascender y sus piernas enflaquecidas apenas le permitían sostenerse de pie.

Varios días después, un viernes en la noche, en la Línea 1 del Metro había un fuerte retraso, una chica de apariencia joven y vestida con harapos estaba sentada junto a un par de chiquillos, cargaba un manojo de billetes de cien bolívares en las manos, uno de los cuales se le escapó. A la pregunta de uno de los niños de si no recogería el dinero, la joven respondió con un ademán de indiferencia. Llegado el tren, un hombre adulto que aparentaría unos treinta años comentaba, a los usuarios del tren que llegaban a escucharle, sus intenciones de partir a la frontera para poder emigrar a Colombia, pues él, trabajador público, no alcanzaba a sostenerse con el exiguo salario que el gobierno nacional daba a los trabajadores.

Empezado el mes de febrero, ya se ha hecho cotidiana la visión de multitudes de niños bañándose en las fuentes de agua de plazas y parques, cuerpos famélicos esperando a las afueras de panaderías por personas caritativas que accedan a regalarles un trozo de pan o familias enteras buscando restos de comida en la basura.

Una tarde, en Plaza Venezuela, podía verse a un trío de niños descalzos, uno de ellos semidesnudo, haciendo malabares en mitad de la calle a la espera de que los transeúntes y conductores accedan a darles un poco de efectivo. Varios días más tarde, podía verse a un par de chiquillos discutiendo por dinero en una acera de Santa Mónica.

A mediados de febrero, un par de mujeres están conversando. Una de ellas, aquejada de una dolencia, afirma requerir de un antibiótico para su tratamiento. “No lo voy a comprar, cuesta quinientos mil bolívares y mi salario no alcanza para eso”, afirma.

En un país en que el gobierno no dejaba ni deja de jactarse de las conquistas logradas en salud pública, ahora todos los hospitales, consultorios y centros de diagnóstico están colapsados. Estando gran parte de su población expuesta a una alimentación deficiente y al estrés cotidiano, es cuestión de tiempo para que proliferen y empeoren los brotes epidémicos de tuberculosis, paludismo, difteria entre otras enfermedades.

Estando colapsado el sistema sociosanitario, las infraestructuras, las vías de comunicación, la población vive expuesta a los mismos problemas que aquejan a los países más pobres, a los que padecen conflictos civiles o militares.

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