Publicado el: Jue, Oct 26th, 2017

Cien años de la Revolución Rusa. Lenin y la Revolución rusa: letras de cambio

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Vladímir Ilich Uliánov “Lenin”, Fédor Dostoievski, León Tolstói y Nikolái Chernyshevski

Por: Fernando Araujo (Elespectador.com)

25 de octubre de 2017. Hoy 25 de octubre, hace 100 años, los bolcheviques se tomaron el Palacio de Invierno de la entonces llamada Petrogrado. Fue el punto de quiebre para Lenin y sus seguidores, que tuvieron en la literatura influencias esenciales.

Y de pronto, en medio de mil discusiones sobre el alma rusa, sobre sus dimensiones, sobre Dios y la ciencia, un crítico de apellido Bielynski dijo que si Cristo se apareciera por Rusia, “se uniría a los socialistas”. Fédor Dostoievski lo apoyó y admitió que hacia 1847 había leído en voz alta una carta suya que le había escrito a Gogol, en la que había atacado a la religión rusa y había dicho que se necesitaba una profunda reforma social. El zar, Alejandro II, había prohibido la carta, que la leyeran, que circulara, que hablaran de ella, que transcribieran siquiera una de sus frases. Una noche, la gendarmería detuvo a Dostoievski, y los jueces lo condenaron a muerte. Un escuadrón de soldados llegó a buscarlo a su casa en San Petersburgo a medianoche para acusarlo de traición a la patria. Vea aquí todo el especial de los 100 años de la Revolución rusa.

Se lo llevaron a una celda donde rumió la vida durante cuatro meses, para luego salir a la luz del sol con las manos atadas y los ojos vendados, dispuesto para el verdugo, para una humillación más, para el postrero aliento de la muerte. Medio siglo después, Stephan Zweig escribiría: “Ya ha escuchado la lectura de la sentencia, y oye cómo redoblan los tambores…; todo su destino se apelotona y se estruja en un puñado de esperanza; su desesperación infinita y su infinita ansia de vivir se condensan en una sola molécula de tiempo. Y de pronto, el oficial levanta la mano, agita un pañuelo blanco y lee el indulto, que conmuta la pena de muerte por el presidio siberiano”. Siberia fue la prisión de Omsk. Allí, Dostoievski conoció las más bajas y negras profundidades del alma rusa.

“Lo que Dostoievski encontró entre sus compañeros de cautiverio –diría el escritor e historiador Orlando Figes en su libro El baile de Natacha– era un nivel de depravación que le sacudió la antigua convicción compartida por la intelectualidad de que el pueblo poseía una bondad y una perfección innatas. En ese submundo de asesinos y ladrones no encontró ni una pizca de decencia humana, sólo codicia, astucia, violencia, crueldad y ebriedad, y hostilidad hacia él por ser un caballero”. Pese a tanto dolor, a tanta humillación, al desengaño y a haberse tenido que tragar sus palabras, lo que más lo sacudió fue la ausencia casi total de remordimiento de aquellos hombres. Algunos de los personajes de Crimen y castigo y de Los hermanos Karamazov surgieron de su vida en Omsk, dirían algunos de sus críticos. Su obsesión por el remordimiento, también.

En diciembre de 1868, Dostoievski le envió una carta al poeta Apollon Maikov, en la que le hablaba de su más importante proyecto, una novela que quería titular Viaje de un gran pecador. Sería la búsqueda del dios ruso, del Cristo ruso, de la identidad y la razón de ser de los rusos. Nunca la escribió, tal vez porque nunca encontró las respuestas a sus preguntas. Las dejó formuladas en sus otras novelas, en sus ensayos, en su vida, para que otros hombres las retomaran, como Alexándr Uliánov, el hermano mayor de Vladimir Illich Uliánov, Lenin, quien buscó la identidad rusa y acabó por inmiscuirse en asuntos similares a los que llevaron a Dostoievski a Siberia. “Sasha”, como lo llamaban, fue detenido por conspirar contra el zar, y luego, condenado a muerte, y más luego, ahorcado en el patíbulo. Su muerte partió la vida de su familia en dos y desencadenó la ira-venganza de su hermano. Era un inconforme, lector de inconformes, que le había legado sus lecturas a “Volodia” (Lenin).

Para él, para Lenin después, y para tantos y tantos rusos, Dostoievski, Tolstói y Nikolái Chernyshevski eran una especie de trinidad de la revolución por venir. El primero, por su socialismo y por haber descrito como pocos el sufrimiento de los humanos del pueblo, del campo, de los lugares apartados. El segundo, porque escribía cosas como “El Estado moderno no es más que una conspiración para explotar a los ciudadanos, pero sobre todo para desmoralizarle (…) Comprendo las leyes morales y religiosas, que no son coercitivas para nadie pero que nos llevan adelante y prometen un futuro más armonioso; siento las leyes del arte, que siempre dan felicidad. Pero las leyes políticas me parecen unas mentiras tan prodigiosas que no comprendo cómo una sola de ellas puede ser mejor o peor que cualquiera de las demás (…) En adelante no serviré jamás a gobierno alguno”.

Tolstói era la vida, y por la vida invitaba a pelear, a subvertir, a no acomodarse, y tanta vida no podía sucumbir ante una debilucha muerte, pero sucumbió, claro. Sucumbió y tuvo que describirla con todos sus horrores en La muerte de Iván Iljitch, cuando el protagonista se diluía y en medio de sus tormentos gritaba: “No quiero, no quiero”. Sucumbió cuando se enfrentó a ella para describir el morir en Tres muertes, sus páginas más psicológicas, según Stefan Zweig, retratos que hubieran sido inconcebibles sin “aquel sacudimiento catastrófico, sin aquel pavor que lo hace tambalear todo de arriba abajo, sin ese temor vigilante y desconfiado; para poder describir así esas muertes, Tolstói ha tenido que vivir su propia muerte y por adelantado, hasta en las fibras más pequeñas de su ser, y vivir esa muerte en sí mismo en el futuro, en el presente y en el pasado”.

Cuando murió, el 20 de noviembre de 1910, a su funeral fueron decenas de miles de personas, que lo consideraban la conciencia de Rusia. Años antes, Tolstói le había enviado una carta al zar Nicolás II, en la que lo cuestionaba por sus medidas y su actitud, por tanta sangre y tanto poder: “La autocracia es una forma de gobierno que ha muerto. Tal vez responda aún a las necesidades de algunos pueblos del África central, alejados del resto del mundo, pero no responde a las necesidades del pueblo ruso, cada día más culto, gracias a la instrucción que va siendo cada vez más general. Así es que para sostener esta forma de gobierno y la ortodoxia ligada a él, es preciso, como ahora se hace, emplear todos los medios de violencia, la vigilancia policíaca más activa y severa que antes, los suplicios, las persecuciones religiosas, la prohibición de libros y de periódicos, la deformación de la educación, y en general de toda clase de actos de perversión y crueldad. Tales han sido hasta aquí los actos de vuestro reinado”. Lenin leyó y repasó aquella carta, como casi todos los rusos, y utilizó algunas de sus frases para darse y darles fuerza a sus discursos.

Nikolái Chernyshevski, el último y el primero de la trinidad, fue el detonante. El hombre que encendió la pólvora, hablando de la urgencia de armar una revolución que acabara con los terratenientes y distribuyera la tierra entre los campesinos. Escribió ¿Qué hacer? en 1862, desde su celda en la fortaleza de San Pedro y San Pablo. Los revolucionarios se pasaban sus libros de mano en mano, incendiados de lucha, de peligro, de aventura también, mientras Tolstói e Ivan Turgueniev lo llamaban “El cabrón apestoso”. Su literatura fue lo de menos. Los críticos lo atacaron y lo acribillaron, pero su influjo trascendió su obra. Fue el germen de las revueltas de 2005, y luego, de los levantamientos de 1917 que terminaron por poner arriba a quienes siempre habían estado abajo, y abajo a los de arriba.

A finales de 1901, Lenin terminó de escribir su libro ¿Qué hacer?, en honor a Chernvshevski. Allí, le apostaba a la creación de un partido revolucionario con revolucionarios de profesión, en torno a un periódico que fuera el centro de la difusión de sus tesis y el aglutinador de las distintas ideas y hechos que fueran surgiendo. Sus textos serían el comienzo del fin del Partido Socialdemócrata de Rusia, que se dividió entre mencheviques (la minoría) y bolcheviques (la mayoría). Chernyshevski había fallecido doce años antes, envuelto entre luces y sombras, pero sobre todo, entre linchamientos críticos de las altas esferas literarias, y viscerales ovaciones de la gente del pueblo. Cuando lo conminaron a prisión, dijo y envió diversas cartas explicando que se dedicaría a la filosofía y a la traducción de la obra de Rousseau.

Una de las tantas expresiones que dijo fue: “Desde hace tiempo me había preparado, entre otras cosas, para la actividad literaria. Pero estoy convencido de que las personas de mi carácter deben ocuparse de esto en sus años de madurez. Antes no tendrían posibilidades de éxito. Rousseau ya había llegado a la vejez, y William Godwin también, cuando se dedicaron a la literatura. La novela es algo destinado a la masa del público, y es la más seria entre las ocupaciones de un escritor. Es una actividad más de ancianos, de personas de experiencia, que de personas jóvenes aún no asentadas. La ligereza de la forma debe ser redimida por la solidez de los pensamientos que por este medio se infunden en las masas”. Sin embargo, meses más tarde escribió su novela.

La acabó en los primeros meses de 1863. Allí, como explicaría el crítico Franco Venturi, describía a la sociedad de sus tiempos y su mezquindad, sus intereses, su poca ambición. “Es la crónica de sus entusiasmos; de la formación de su personalidad a través de bruscas y paradójicas resoluciones. Revela sus primeros intentos de crear una vida distinta, personalmente libre, y al mismo tiempo consagrada al pueblo. El libro había sido escrito para esa juventud y sólo para ella”. Cuando la concluyó, Chernyshevski le dio al portero de su prisión el manuscrito y le pidió que la enviara a la revista Sovremennik. El manuscrito pasó por miles de manos y de oficinas, y fue objeto de cientos de sellos burocráticos que comprobaban que había pasado por allí. Al llegar al escritorio del director de censura, éste vio tantos sellos y tantas firmas que pensó que la novela ya había sido aprobada cientos de veces. Sin mirar, sin leer, firmó, puso su propio sello y dejó que la historia siguiera su curso.

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