Publicado el: vie, Ago 31st, 2018

La debacle económica turca y la lucha por un programa obrero

Por Partido por la Democracia Obrera (Turquía)  

La posibilidad de una crisis económica cuyo ruido de pasos se oía desde hace un tiempo se convirtió en realidad. La moneda turca, la lira, cayó la semana pasada ante el dólar y otras divisas exteriores. En el principio de este año el dólar valía 3,7 liras y en 10 de agosto (viernes negro) llegó a más de 7. En un año la perdida de valor de la lira alcanzó al 54%.

La debacle de la moneda turca se debía aparentemente al “regateo de rehenes” entre Donald Trump y el presidente turco, Tayyip Erdogan. Mientras Trump exigía la libertad del sacerdote anglicano Brunson encarcelado en Turquía por espionaje, Erdogan quería que la justicia estadounidense revocara el caso sobre el banco turco, Halk Bankasi, y su vicepresidente, Hakan Atilla, acusados de haber hecho negocios con Irán a pesar de las sanciones norteamericanas contra Teherán. Turquía pide también la repatriación de Fetullah Gulen que reside en Pennysilvania, al que acusa de ser el autor intelectual del intento del golpe de estado en 2015 y de ser espía de CIA.

No obstante, el “enfado” de Trump por no haber podido doblegar a Erdogan en el caso de Brunson y los aranceles sobre el acero y aluminio importados desde Turquía han sido solamente la chispa de la debacle turca. Y es que la caída de la económica de Turquía ya había empezado años antes y la lira iba perdiendo valor poco a poco. Las políticas económicas de los gobiernos de Erdogan y su partido Justicia y Desarrollo (AKP) basadas en créditos fáciles extranjeros arrastraron el país a un pozo de deudas del que no es fácil de salir.

Durante la época de la crisis global que empezó en 2008, cuando las tasas de interés eran bajas en EE.UU. y Europa, los gobiernos turcos fácilmente recibieron créditos e inversiones para hacer marchar la economía. Sin embargo, gastaron todo el dinero en los sectores de la construcción, armas y energía de consumo interno. Lo que aparecía como un crecimiento económico que llegó al 7%, se convirtió en un endeudamiento tremendo. La deuda exterior alcanzó los 466,7 mil millones de dólares (el 60% del PIB) de la cual habría que pagar 240 mil millones este año. También el déficit por cuenta corriente es de 57 mil millones de dólares (7% del PIB), con una tasa de inflación que supera el 17%.

En sus 16 años ininterrumpidos en el poder Erdogan aplicó una férrea política neoliberal basada en privatizaciones, precarización laboral y tercerización en la industria. Durante este periodo se hicieron más privatizaciones que toda la época republicana: 10 puertos, 85 centrales eléctricas, 37 minas importantes, 4 mil inmuebles, 141 empresas públicas y una innumerable cantidad de equipamientos industriales públicos. Los aproximadamente 60 mil millones de dólares obtenidos de este saqueo fueron en su mayor parte a las manos de los inversores de construcción que formaban una oligarquía alrededor de Erdogan y su familia. Además, la locura de construir viviendas, residencias, centros comerciales, carreteras, puentes, etc. los “megaproyectos” como la construcción de un nuevo aeropuerto “más grande del mundo” en Estambul y de un nuevo canal entre los mares Negro y Egeo, vació las arcas públicas y arrastró el país en una deuda insuperable.

Esta política se acompañó de un ataque sobre la clase obrera. Las autoridades políticas y judiciales controladas por Erdogan hicieron casi imposible la sindicalización de los trabajadores. La afiliación a los sindicatos bajó hasta el 7%, de los que menos de una tercera parte cuenta con convenios colectivos. Las pocas huelgas importantes convocadas han sido prohibidas por “seguridad nacional”. Mientras el salario mínimo ronda los 266 dólares, la inflación del último año se comió casi el 18% de los salarios. También creció la desigualdad: el 10% de la población tienen más ingresos que todo el resto.

De esta manera los gobiernos de Erdogan y la oligarquía turca convirtieron la Turquía “globalizada” en un paraíso de inversión y especulación para el capital imperialista. A través de compras, adquisiciones y asociaciones, el capital extranjero llegó a contralar buena parte tanto de la industria como del sector bancario. Así que más del 28% de las inversiones en Turquía están en las manos del capital extranjero que se lleva el 82% de sus ganancias a sus países de origen, con lo cual profundiza la dependencia de Turquía del imperialismo y lo hace más vulnerable a los eventos económicos mundiales.

Y ahora, con la subida de los intereses en EE.UU. y en otros países imperialistas, se ha cerrado el grifo de dinero extranjero, exponiendo el país a la especulación y hundiendo la lira. Erdogan se está quejando de un “ataque” económico desde los EE.UU. (sin mencionar directamente a su nombre) e intenta calmar los ánimos con gestos populistas antiimperialistas. Sí que es verdad que Trump echó leña al fuego con la crisis del clérigo y lo que quería era no solamente la expatriación de Brunson sino sobre todo presionar Ankara políticamente por su línea casi soberana en asuntos exteriores.

La oligarquía turca intenta extender su hegemonía económica en Oriente Medio a través de operaciones militares y acuerdos diplomáticos. Por esta razón interviene militarmente en la guerra de Siri,a para poder estar en la mesa de la reconstrucció. También choca con los EE.UU. que apoyan a los kurdos en la pelea contra los islamistas en Siria, temiendo de que los kurdos construyan un estado independiente o una autonomía en el norte de Siria, que podría crear más ilusiones independentistas entre los 13 millones de kurdos que viven dentro de sus fronteras. Por otra parte, Turquía quiere comprar misiles desde Rusia contra los deseos y las críticas de OTAN. Y tal vez más importante, el gobierno turco está contra las sanciones estadounidenses sobre Irán y se alía con Teherán contra la presión de Trump. Con la última crisis, Erdogan declaró que podría acabar con la “alianza estratégica” con los EE.UU. y buscar nuevos aliados, lo que también incluye a China.

Con la fuerte subida de la divisa, es casi imposible llegar a pagar la deuda externa de la que 250 mil millones son de las empresas privadas (financieras e industriales). De hecho, varias empresas ya declararon quiebras pidiendo reestructuración o echando llave a sus negocios, provocando despidos masivos. Se teme que el incendio se extienda a la banca que supone casi el 60% de la deuda, lo que podría provocar total. Ante este cuadro peligroso mientras varios economistas aconsejan pedir ayuda del FMI (como hizo recientemente Argentina), Erdogan por su presunto antiimperialismo niega esta opción y prefiere aplicar por sí mismo el mismo plan que le podría imponer el FMI y esperar atraer capital extranjero. Con este fin, recientemente el ministro de hacienda (su yerno) ha declarado un plan de austeridad con recortes de 35 mil millones de dólares en el gasto público, la independencia del banco central (que hace reír a los inversores exteriores) y “reformas estructurales” contra el pueblo trabajador.

Las dos opciones, una bancarrota total o un plan de austeridad y contrarreformas con o sin el FMI significan para la clase obrera aún más desempleo y empobrecimiento. Lo que es cierto es que no hay una salida favorable para el pueblo dentro del cuadro del capitalismo y con sus instrumentos financieros. Para no pagar la factura de la crisis las clases trabajadores necesita un plan de obrero. En el primer lugar, tenemos que denunciar el pago de la deuda externa provocado por las multinacionales y por la oligarquía financiera e industrial y acabar con el saqueo imperialista. Por otra parte, la crisis provoca la huida de capitales al extranjero y así fortalece las manipulaciones sobre la economía nacional. Contra esto hace falta un control sobre las entradas y salidas del capital por un banco central creado por la nacionalización sin indemnización del sector bancario y la imposición del monopolio estatal sobre el comercio exterior. Habrá que nacionalizar la industria pesada y las empresas en quiebra bajo control obrero y establecer un plan central económico a favor de las clases populares. Para reivindicar un plan obrero para salir de la crisis, nuestro partido, el Partido de Democracia Obrera (IDP), llama a los sindicatos y a todas organizaciones obreras a construir un frente de movilización y lucha.

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