La lucha entre los directores y los músicos de las orquestas

Hace 20 años escribí un libro que cambió la forma en que el mundo percibe a los directores de orquesta. Se titulaba El mito del maestro y analizaba la vocación musical como un fenómeno social y político -destacando el uso y abuso de poder- más allá de ser un mecanismo de transmisión místico de los sueños de los grandes compositores.

Hace 20 años escribí un libro que cambió la forma en que el mundo percibe a los directores de orquesta. Se titulaba El mito del maestro y analizaba la vocación musical como un fenómeno social y político -destacando el uso y abuso de poder- más allá de ser un mecanismo de transmisión místico de los sueños de los grandes compositores.

Mucho tiempo después de que El mito del maestro se convirtiera en un popular libro, los directores de orquesta más famosos continuaron exigiendo honorarios desorbitados a las orquestas con dificultades económicas, ganando en un solo concierto lo mismo que los 100 músicos que realmente forman una orquesta. Entonces, muchos de los músicos se quejaron de esa injusticia sabiendo que, a menos que los dirigiera un maestro famoso conocido por el público, el auditorio se quedaría vacío y se marcharían a casa sin cobrar. Mantener al mito era pues una necesidad mutua. De ese modo, directores y músicos formaron un status quo que ha permanecido hasta nuestros días.

Han sido necesarias una nueva generación de artistas y una crisis económica mundial para cambiar esta situación y conseguir que los mitos se enfrenten a una realidad alterada. Pero ante todo, el mundo tenía que cambiar. Cuando escribí el libro a finales de los ochenta, los dinosaurios deambulaban todavía por la Tierra. Nombres como Herbert von Karajan, Leonard Bernstein y Georg Solti eran los herederos de una gran tradición que se remonta a 1865, cuando Richard Wagner permitió a su ayudante Hans von Bülow dirigir su ópera Tristán e Isolda a cambio de poder seducir a Cosima, la mujer de Bülow.

En aquel momento, el director era conocido al mismo tiempo como el criado y el sustituto del compositor, una situación que le permitía ejercer una venganza de manera exquisita y perpetua. Cuando Karajan murió en 1989, era más famoso que cualquier compositor vivo, con una fortuna valorada en 250 millones de euros; más rico de lo que cualquier músico subvencionado tiene el derecho moral de ser.

La siguiente generación rechazó cualquier tipo de extravagancia. Durante 18 años, Simon Rattle trabajó duramente en la poco glamurosa orquesta de Birmingham antes de suceder a Karajan. La discreta orquesta de Finlandia, dirigida por Esa-Pekka Salonen y Sakari Oramo, ofreció una alternativa propia del Báltico basada en el consenso, en la igualdad social y en contra de las maneras despóticas. Directores de orquesta de la Rusia postsoviética como Semyon Bychkov y Vladímir Jurowski rechazaron la autoridad monolítica. Una industria discográfica a punto de quebrar privó a los directores de orquesta de su aura.

Sin embargo, el modelo establecido sobrevivió y antiguos directores como Lorin Maazel y James Levine pudieron dirigir en Nueva York y en Múnich para recuperar sus ingresos millonarios, esperando que sus músicos pusieran al mal tiempo buena cara. Ahora, esa situación ha llegado a su fin en forma de revueltas que presentan características similares a las de la primavera árabe; es decir, una reacción en masa en contra de la opresiva influencia de un liderazgo irracional e ineficaz.

Como toda buena revolución, esta empezó en Sudamérica. En Río de Janeiro, un nuevo grupo de inversores inyectó dinero fresco en la extraordinaria Orquesta Sinfónica de Brasil (OSB) y colocaron al frente a un director local, Roberto Minczuk, antiguo ayudante de Kurt Masur en Nueva York, para mejorar la calidad musical. A principios de este año, Minczuk ordenó a sus músicos que tocaran en un concierto o si no perderían sus trabajos. Los músicos acudieron a las redes sociales y, en señal de protesta, cubrieron de negro su rostro en sus perfiles de Facebook. En cualquier otra época, nadie habría vuelto a oír más de ese asunto.

Comenté este incidente en mi blog en www.artsjournal.com y obtuve una respuesta virulenta. Músicos de todo el mundo tiñeron de negro su rostro en los perfiles de Facebook como muestra de solidaridad. Los solistas más importantes -Joshua Bell, Nelson Freire, Cristina Ortiz- encabezaron un boicot internacional contra la Orquesta de Brasil. Minczuk recibió ofertas de Londres y Nueva York para dirigir conciertos, pero fue incapaz de conseguir permisos de trabajo para sus nuevos músicos. Se vio obligado a dar marcha atrás y finalmente firmaron la paz. Animados por el éxito conseguido, los músicos del teatro Colón de Buenos Aires convencieron a Plácido Domingo para que no cantara allí hasta que el conflicto que tenían no se resolviera. Una nueva revuelta se está gestando también en Ecuador. Las protestas no paran de extenderse.

Este verano, en Rusia, el director Mark Gorenstein fue pillado en una retransmisión en directo mientras insultaba a un intérprete de violonchelo en el Concurso Chaikovski. En pocas horas, numerosos músicos que se habían quejado durante mucho tiempo de la prepotencia de Gorenstein pusieron el vídeo en YouTube y pidieron que fuera despedido. Como el Ministerio se negó, se presentaron en los ensayos y estuvieron cuatro horas sentados sin tocar. Incluso mostraron el enfrentamiento a los medios de comunicación social, algo parecido a lo que había ocurrido en Río. A finales de septiembre, Gorenstein fue despedido. Nunca antes en Rusia se había producido una revuelta igual.

En Estados Unidos, media docena de orquestas se han arruinado durante el pasado año y más del doble están buscando ayuda para evitar su desaparición. La mayoría de los músicos se han mantenido al margen. Sin embargo, en Louisville, Kentucky -en otro tiempo un paraíso para los compositores-, los músicos han llamado a sus colegas de todo el mundo para boicotear a la orquesta hasta que tengan sus puestos de trabajo garantizados. Los directores de orquesta como los de Louisville son ahora invisibles. Su poder está agotado.

Desde que Riccardo Muti renunció en 2005, la Scala también se encuentra sin director, igual que el Teatro Real de Madrid. En ausencia de un maestro dominante, ambos han disfrutado de una diversidad estilística. La Scala ha dado marcha atrás recientemente anunciando a Daniel Barenboim como su próximo director musical, pero Barenboim está demasiado ocupado en Berlín y en Oriente Próximo como para pensar en la reafirmación de una autocracia al estilo de Toscanini. De hecho, él fue uno de los primeros que me dijo hace ya varios años, cuando aún se encontraba en París, que la descripción del trabajo de un director musical había cambiado para mejor. Si un maestro tiene éxito hoy día es gracias a su persuasión personal e intelectual. El mito se ha roto. La realidad es mejor.

* Extracto de un artículo publicado en el diario español El País

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