Publicado el: dom, Jun 24th, 2018

Marx y la cuestión de la independencia política de la clase trabajadora

Por: Simón Rodríguez Porras

 

(Ponencia presentada en el encuentro 200 años con Carlos Marx: su actualidad histórica, el viernes 22 de junio, en la Biblioteca Pedro Henríquez Ureña, Santo Domingo, República Dominicana).

“La emancipación de la clase trabajadora debe ser obra de los trabajadores mismos”. Esta sentencia, plasmada en los estatutos de la Asociación Internacional de los Trabajadores, la Primera Internacional conformada en 1864, resume quizás el aspecto de la filosofía política de Marx que con mayor nitidez ha dividido aguas durante el siglo pasado y el actual, entre las corrientes que se reclaman marxistas, como lo es la cuestión de la independencia de la clase trabajadora, entendida como independencia organizativa y programática.

Marx combinó su arduo trabajo de elaboración teórica con importantes esfuerzos políticos y organizativos en la construcción de la Liga de los Comunistas, para la cual escribió el célebre Manifiesto en 1848, poco antes del estallido de la revolución alemana, y posteriormente en la fundación de la primera organización internacional de los trabajadores.

En su obra, es un eje fundamental la necesidad de que la clase trabajadora se arme de una estrategia política independiente respecto de los distintos sectores de la burguesía, del campesinado, los viejos terratenientes e incluso del lumpenproletariado, al cual considera más proclive a actuar subordinado a la clase dominante. Su valoración del rol revolucionario que la clase trabajadora está llamada a jugar se desprende de un análisis de las tendencias de desarrollo del capitalismo en el que, tal y como se expone en el Manifiesto Comunista, “toda la sociedad tiende a separarse, cada vez más abiertamente, en dos grandes campos enemigos, en dos grandes clases antagónicas: la burguesía y el proletariado”. Las clases medias, pequeños comerciantes, artesanos y campesinos “luchan contra la burguesía para salvar de la ruina su existencia como tales”, mientras que la clase trabajadora no es una minoría que obra en interés de una minoría, sino el primer movimiento social “de una inmensa mayoría en interés de una mayoría inmensa”. Concluyen Marx y Engels que la clase trabajadora “no puede levantarse, incorporarse, sin hacer saltar, hecho añicos desde los cimientos hasta el remate, todo ese edificio que forma la sociedad oficial”.

Siguiendo la argumentación del Manifiesto, esta enorme potencia revolucionaria de la clase trabajadora le permite ganar para su causa a intelectuales, miembros de las clases medias en proceso de proletarización, campesinos y otros sectores oprimidos.

Estos posibles aliados constituyen un campo de disputa con la burguesía, que además requiere del apoyo proletario, pues “lucha incesantemente… contra la aristocracia; luego, contra aquellos sectores de la propia burguesía cuyos intereses chocan con los progresos de la industria, y siempre contra la burguesía de los demás países. Para librar estos combates no tiene más remedio que apelar al proletariado”.

Contra los nacionalismos que agitan las burguesías para arrastrar bajo su influencia a los trabajadores, Marx plantea que la lucha obrera es nacional por su forma pero internacional por su contenido, de ahí que sea una imprescindible para la causa socialista la unidad internacional de los trabajadores.

En el esfuerzo por desenmascarar los intentos de subordinar políticamente a los trabajadores, el Manifiesto incluye un apartado dedicado a denunciar varios falsos socialismos. Señala un “socialismo feudal” que pretende ganar para su defensa a sectores de los trabajadores, pues “nada más fácil que dar al ascetismo cristiano un barniz socialista”; un “socialismo pequeñoburgués” que pretende defender a los pequeños productores y el régimen tradicional de propiedad que está siendo superado por el capitalismo, un “socialismo alemán” que califica de “fantasía filosófica” por pretender defender los intereses del ser humano en general sin reconocer su división en clases. E incluso un “socialismo burgués”, que “desea mitigar las injusticias sociales, para de este modo garantizar la perduración de la sociedad burguesa”.

Claramente estas doctrinas, que guardan puntos de contacto con los reformismos contemporáneos, no son otra cosa que el intento de sectores de las clases dominantes de profundizar su influencia sobre la clase trabajadora e impedir que desarrolle una política independiente.

Independencia política no significa sectarismo, abstención de participar en la lucha por conquistas parciales o reformas, ni niega la posibilidad de alianzas con otros sectores oprimidos como el campesinado, e incluso alianzas temporales y acotadas a objetivos específicos con sectores de la burguesía. Pero sí implica que estas alianzas se desarrollen sin rebajar el programa político obrero. Recordemos cómo en su Crítica al Programa de Gotha, Marx denuncia el oportunismo de Lasalle al silenciar toda crítica a los terratenientes en aras de una unidad con ese sector contra la burguesía.

En sus Acotaciones al libro “El Estado y la Anarquía” de Bakunin, Marx responde a las caricaturizaciones del anarquista ruso, que endilga al marxismo la intención de oprimir a “la plebe campesina”. Dice Marx que “(El) proletariado… tiene que adoptar como gobierno medidas encaminadas a mejorar inmediatamente la situación del campesino y que, por tanto, le ganen para la revolución; medidas que lleven ya en germen el tránsito de la propiedad privada sobre el suelo a la propiedad colectiva y que suavicen este tránsito, de modo que el campesino vaya a él impulsado por móviles económicos; pero no debe acorralar al campesino, proclamando, por ejemplo, la abolición del derecho de herencia o la anulación de su propiedad: esto último sólo es posible allí donde el arrendatario capitalista ha desplazado al campesino y el verdadero labrador es tan proletario, tan obrero asalariado como el obrero de la ciudad y donde, por tanto, tiene directamente… los mismos intereses que éste”. Marx no deja en ese texto de advertir contra el error de “fortalecer el régimen de propiedad parcelaria, agrandando las parcelas por la simple anexión de las grandes fincas a las tierras de los campesinos”, como propone Bakunin.

La Circular al Comité Central de la Liga de los Comunistas de 1850, fue escrita por Marx dos años después del Manifiesto. Allí se resumen lecciones políticas de la revolución alemana y se desarrolla una orientación para la clase trabajadora ante la pequeña burguesía “democrática”, una oposición con un discurso radicalizado que busca el apoyo proletario. Lo citaremos extensamente por retratar genialmente un método para la intervención política desde la perspectiva de la independencia de clase. Sobre este “partido democrático”, Marx advierte que “se llaman a sí mismos rojos y socialdemócratas, porque tienen el piadoso deseo de remover la presión del gran capital sobre el más pequeño y la que la gran burguesía ejerce respecto de la pequeña… La clase trabajadora revolucionaria actúa de acuerdo con ese partido mientras se trata de luchar y abolir la coalición aristocrático-liberal; en todas las demás cuestiones, la clase trabajadora revolucionaria necesita actuar independientemente. La pequeña burguesía democrática está muy lejos de desear la transformación de toda la sociedad; su finalidad tiende únicamente a producir los cambios en las condiciones sociales que puedan hacer su vida en la sociedad actual más confortable y provechosa… En concreto: aspiran a corromper a la clase trabajadora con la tranquilidad, y así adormecer su espíritu revolucionario con concesiones y comodidades pasajeras. Las peticiones democráticas no pueden satisfacer nunca al partido del proletariado. Mientras la democrática pequeña burguesía desearía que la revolución terminase tan pronto ha visto sus aspiraciones más o menos satisfechas, nuestro interés y nuestro deber es hacer la revolución permanente, mantenerla en marcha hasta que todas las clases poseedoras y dominantes sean desprovistas de su poder, hasta que la maquinaria gubernamental sea ocupada por el proletariado y la organización de la clase trabajadora de todos los países esté tan adelantada que toda rivalidad y competencia entre ella misma haya cesado y hasta que las más importantes fuerzas de producción estén en las manos del proletariado.

Para nosotros no es cuestión reformar la propiedad privada, sino abolirla; paliar los antagonismos de clase, sino abolir las clases; mejorar la sociedad existente, sino establecer una nueva… ellos tratarán de convertir al proletariado en una organización de partido en el cual predominen las frases generales social-demócratas, tras del cual sus intereses particulares estén escondidos y en el que las particulares demandas proletarias no deban, en interés de la concordia y de la paz, pasar a un primer plano… Durante la lucha y después de ella, los trabajadores necesitan utilizar todas las oportunidades para presentar sus propias demandas separadas de las de los demócratas burgueses… Fuera del Gobierno oficial constituirán un Gobierno revolucionario de los trabajadores en forma de Consejos ejecutivos locales o comunales, Clubs obreros o Comités de trabajadores; de tal manera, que el Gobierno democrático burgués, no solamente pierda todo apoyo entre los proletarios, sino que desde el principio se encuentre bajo la vigilancia y la amenaza de autoridades tras de las cuales se halla la masa entera de la clase trabajadora… Destrucción de la influencia de la democracia burguesa sobre los trabajadores; inmediata, independiente y armada organización de los obreros, y la exigencia de las más molestas y comprometedoras concesiones de la burguesía democrática, cuyo triunfo es por ahora inevitable, son los principales puntos que el proletariado, y por tanto la Liga, tienen que mantener en primer término… No deben desorientarse y abandonar su trabajo por la consideración de que dividiendo los votos demócratas ayudan a los partidos reaccionarios. Tal argumento se aduce para engañar al proletariado. El avance que el partido proletario puede hacer con su actitud independiente es infinitamente más importante que la desventaja que resulta de tener unos reaccionarios más en la representación nacional… (los trabajadores) necesitarán ser conscientes de sus intereses de clase y adoptar la posición de un partido independiente. No deben ser apartados de su línea de independencia proletaria por la hipocresía de la pequeña burguesía democrática. Su grito de guerra debe ser: La Revolución permanente.”

Este método de enfrentamiento permanente, incluso durante la unidad de acción, con aliados coyunturales de una clase antagónica, no guarda la menor relación con la tradición de la mayoría de los partidos autodenominados de izquierda, muchos de los cuales incluso se reclaman “marxistas”, que han elevado al rango de estrategia los bloques y alianzas de largo plazo con sectores de la burguesía, e incluso el apoyo a gobiernos burgueses “progresistas”. ¡Cuántas veces a nombre del “marxismo” no se chantajea a los trabajadores con que deben posponer sus luchas y apoyar gobiernos burgueses o votar por el “mal menor” burgués!

Nada de esto es nuevo. La socialdemocracia europea tuvo una larga historia de degradación e involución política que la llevó desde sus orígenes obreros hasta la adaptación total al régimen capitalista e incluso al apoyo a guerras e invasiones imperialistas. En la década de 1930 se consolida en la Unión Soviética una corriente reformista que apuesta a una revolución por etapas, esquema según el cual la clase trabajadora debe apoyar durante décadas a gobiernos burgueses para que desarrollen el capitalismo hasta alcanzar la “madurez” necesaria para poder vislumbrar tareas socialistas. Hoy en Latinoamérica las organizaciones que reivindican esa tradición estalinista siguen recetando los mismos “frentes populares” permanentes con partidos burgueses y brindan su apoyo a ideologías como el llamado “socialismo del siglo XXI” chavista, un pseudosocialismo burgués en el que las transnacionales como Chevron y Barrick Gold saquean el petróleo y los minerales de Venezuela pagando salarios de semiesclavitud de menos de 5 dólares mensuales, en condiciones laborales aberrantes que han sido posibilitadas por una brutal represión contra la clase trabajadora. Resulta insólito que semejante régimen que asesina obreros, desaparece luchadores de izquierda y entrega tierras indígenas a las transnacionales imperialistas, tenga apoyo entre sectores que se reclaman marxistas.

Muchas veces estas posiciones oportunistas y reformistas se intentan justificar desde un profundo escepticismo hacia las posibilidades de desarrollo político independiente de la clase trabajadora. Los pronósticos más sombríos se autorrealizan cuando la clase trabajadora es llevada a remolque de esos proyectos burgueses falsamente progresistas, que no solo conducen a fracasos rotundos sino que al hundirse enlodan la causa del socialismo. Lo cierto es que hay un amplio espacio para la reconstrucción de alternativas revolucionarias, si es sobre los cimientos de la independencia política de la clase trabajadora. Estamos en un mundo capitalista que no supera sus crisis cíclicas, que es incapaz de ofrecer perspectivas alentadoras a la enorme mayoría de explotados y oprimidos, donde la polarización y desigualdad social es cada vez mayor y donde las catástrofes ambientales, las guerras de tierra arrasada como la que lleva a cabo la dictadura siria, el ascenso de gobiernos violentamente racistas y xenófobos en Europa y EE.UU., desmienten la noción de que el capitalismo se desarrolla de forma estable e incontestada. Creemos que el optimismo militante de las nuevas generaciones pondrá en movimiento a las organizaciones y los programas revolucionarios que permitan concretar esa vieja aspiración de que la clase trabajadora sea artífice de su propia emancipación.

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