Publicado el: dom, Sep 30th, 2018

Vadim Rogovin y la sociología del estalinismo


Por Andrea Peters

29 de septiembre de 2018. El 18 de septiembre se conmemoraron los 20 años de la muerte del historiador y sociólogo marxista soviético Vadim Zakharovich Rogovin. Si todavía estuviera vivo, tendría 81 años.

A partir de 1990, Rogovin comenzó a publicar la que se convertiría en una serie de siete volúmenes sobre el estalinismo y la oposición socialista dirigida por León Trotsky a la degeneración burocrática de la URSS. Llevaba el título, ¿Hubo una alternativa? Esta serie es una obra de insuperable erudición en historia, y una gran contribución a la lucha contra la falsificación de la historia. Mucho de esto fue escrito cuando Rogovin estaba luchando contra un cáncer terminal.

¿Hubo una alternativa?, con dos volúmenes disponibles en inglés publicados por Mehring Books (con otro que se publicará en breve), demuestra que las Grandes Purgas de 1933-1938 fueron una forma de genocidio político, cuyo objetivo principal era exterminar a Trotsky, el trotskismo y todas esas figuras políticas, intelectuales y trabajadores con vínculos con el legado socialista del país. Contrariamente a la erudición prevaleciente tanto en la Unión Soviética como en Occidente, Rogovin demostró que las purgas de Stalin no eran el funcionamiento de un loco o el resultado inevitable de la revolución, sino la reacción sangrienta de la burocracia ante una poderosa oposición marxista.

Rogovin insistió en que sin comprender el Terror –sus orígenes y sus consecuencias— era imposible dar sentido a la naturaleza de la sociedad soviética y a la disolución final de la URSS a manos del Partido Comunista durante la última década del siglo XX. Para él, 1936-1938 y 1989-1991 fueron períodos indisolublemente conectados de la historia soviética. La restauración del capitalismo exigió nuevas falsificaciones de la historia soviética.

Durante la implementación de la perestroika, se afirmó ampliamente que el mercado representaba una forma superior de socialismo, que era intrínsecamente democrática, antiburocrática y antiestalinista. Esta mentira era necesaria porque no había una base de apoyo masivo para las reformas procapitalistas dentro de la URSS. Por el contrario, como señalaron los investigadores Peter Reddaway y Dmitri Glinski, en el período previo a la perestroika “la disidencia era generalizada, se refería sobre todo a la brecha entre gobernantes y gobernados, y a la obtención de justicia social más que a la contención y menos aún al desmantelamiento de la economía socialista”.

En la introducción al segundo volumen de su serie, El Estado y la Oposición, Rogovin señaló:

Una peculiaridad de la contrarrevolución realizada por Stalin y sus cómplices fue que tuvo lugar bajo la cubierta ideológica de una fraseología marxista e interminables declaraciones de lealtad a la Revolución de Octubre … Naturalmente, tal contrarrevolución exigía conglomeraciones de mentiras y falsificaciones históricamente sin precedentes, la fabricación de mitos cada vez más nuevos…

Al igual que los estalinistas, los anticomunistas modernos usan dos tipos de mitos: a saber, ideológicos e históricos. Bajo los mitos ideológicos tenemos en mente ideas falsas, orientadas hacia el futuro, es decir, pronósticos y promesas ilusorios. Este tipo de productos de falsa conciencia revelan su carácter mitológico a través de su realización práctica. Los mitos que no apelan al futuro sino al pasado son otro asunto. En principio, es más fácil exponer estos mitos que los pronósticos anticientíficos y los proyectos reaccionarios. Como los ideológicos, los mitos históricos son producto de intereses de clase inmediatos… productos de la ignorancia histórica o de la falsificación deliberada, es decir, el ocultamiento de algunos hechos históricos, la exageración tendenciosa y la interpretación distorsionada de otros. La refutación de estos mitos solo es posible mediante la rehabilitación de la verdad histórica: la representación honesta de hechos y tendencias reales del pasado.

¿Cómo llegó Rogovin a escribir esta obra? Una respuesta completa a esta pregunta debe esperar la primera biografía intelectual seria de Rogovin. Tal esfuerzo, sin duda, daría vida a las conexiones entre el difunto erudito soviético y la revolución rusa, que defendió hasta el final. Este artículo examina el desarrollo de Rogovin en el campo de la sociología soviética y, en última instancia, su lucha contra ésta.

Antes de escribir ¿Hubo una alternativa?, Rogovin trabajó durante muchos años, aunque en circunstancias muy difíciles, en el análisis sociológico del estalinismo. En 1977 se convirtió en investigador en el prestigioso Instituto de Sociología en Moscú, después de haber estudiado y enseñado estética durante las dos primeras décadas de su carrera. Rogovin ingresó al campo de la sociología para encontrar un entorno en el que pudiera investigar el problema de la desigualdad social.

Su interés en esta cuestión surgió a partir de las conclusiones que extrajo después de la revelación oficial de los crímenes de Stalin en un discurso pronunciado por Nikita Jruschov en 1956, en el 20º Congreso del partido “Sobre el culto a la personalidad y sus consecuencias”. Rogovin, cuyo propio abuelo murió en las purgas, quería entender los fundamentos sociales y políticos del baño de sangre de Stalin. Después de la muerte de Stalin en 1953, logró acceder a viejos números de Pravda, el periódico oficial del Partido Comunista, conservados en una sección muy restringida de la biblioteca. Ahí estaban documentados los debates políticos de la década de 1920, y la amarga lucha de Trotsky y la Oposición de Izquierda contra Stalin.

Trotsky insistió en que Stalin estaba a la cabeza de una reacción nacionalista y burocrática contra la revolución de octubre. Al comprender los esfuerzos igualitarios y revolucionarios de la clase obrera internacional como una amenaza mortal, el régimen estalinista emergente luchó por asegurar su propia posición privilegiada, reprimió la democracia interna del partido y traicionó las luchas revolucionarias en todo el mundo. Trotsky advirtió que a menos que la clase obrera derrocara a la burocracia, el capitalismo sería restaurado y las conquistas de la Revolución de Octubre liquidadas.

Esta crítica convenció a Rogovin de que la desigualdad era clave para comprender la naturaleza de la burocracia soviética. Por lo tanto, centró su investigación sociológica en la estratificación de los estilos de vida y el consumo, en un esfuerzo por establecer la relación entre la política gubernamental y la diferenciación social. Creía que esto revelaría la forma en que la defensa de la burocracia de su propia posición deformó a la sociedad soviética.

Rogovin trabajó en condiciones extremadamente difíciles. La definición oficial de la estructura social soviética negaba la existencia misma de la élite del Partido Comunista. Además de ser objeto de censura, la sociología soviética estaba dominada por una combinación de empirismo y varias líneas de antimarxismo teórico. En la década de 1970, el movimiento disidente soviético, que surgió durante el deshielo de Jruschov, se había desplazado bruscamente hacia la derecha y se había vuelto cada vez más anticomunista. Tales posiciones repelieron a Rogovin.

Lo más significativo es que el régimen estalinista había exterminado físicamente a Trotsky y la Oposición de Izquierda. Asesinó a los viejos bolcheviques y reprimió violentamente a todos los que tenían una conexión con el legado socialista revolucionario del país. Las dificultades de Rogovin estaban enraizadas en la historia. Era imposible declararse abiertamente simpatizante con el trotskismo, y mucho menos declarar que la agenda de investigación de uno estaba enraizada en el análisis de la URSS desarrollado por Trotsky.

Además, la capacidad de la Cuarta Internacional (CI), el movimiento trotskista mundial fundado en 1938, para establecer contacto con Rogovin u otros como él, se vio profundamente socavada por el impacto perjudicial del pablismo. Esta tendencia revisionista, desarrollada bajo la influencia de Michel Pablo y Ernest Mandel, rechazó la perspectiva de un movimiento revolucionario e independiente de la clase obrera en la URSS o en cualquier otro lugar. Los pablistas argumentaron que los trotskistas tenían que dedicarse a reformar la burocracia del Partido Comunista. Por todo el mundo, los pablistas liquidaron secciones de la CI e instruyeron a sus cuadros a que trabajasen dentro de los movimientos estalinistas, socialdemócratas y sindicalistas existentes. Rechazaron cualquier esfuerzo por revivir el trotskismo genuino en el bloque soviético. Durante los períodos de crisis revolucionaria en la URSS y Europa del Este, prestaron apoyo a sectores de la burocracia del Partido Comunista, así como a fuerzas nacionalistas e incluso de derecha. Por lo tanto, Rogovin trabajó en gran medida de forma aislada.

A fines de los años setenta y principios de los ochenta, él y otros sociólogos llevaron a cabo una serie de estudios sobre las condiciones de vida en el país que revelaron profundas contradicciones dentro de la estructura socioeconómica de la URSS. En un aspecto, la desigualdad había disminuido en la Unión Soviética; la llamada nivelación salarial restringía la diferenciación en los ingresos oficiales –particularmente en comparación con el alto nivel que había alcanzado durante los años treinta y cuarenta bajo Stalin— para la mayoría de la población. Al mismo tiempo, sin embargo, un vasto sistema secundario de distribución legal, semilegal e ilegal de bienes, servicios y riqueza estaba creando una serie de desigualdades entre ocupaciones, industrias, afiliación partidista, ubicaciones geográficas, grupos de edad, etc. Porciones significativas de la población sufrían de abyecta necesidad. En 1983, una encuesta representativa a nivel nacional con un tamaño de muestra de 10,000 descubrió que un tercio de los encuestados carecían de acceso a al menos uno, y en muchos casos a todos, los servicios básicos. Los datos sobre los ingresos de la burocracia del Partido Comunista no fueron publicados.

En su trabajo, Rogovin insistió en que la manera irracional e injusta en que los recursos eran asignados a las distintas capas sociales estaba alimentando los esfuerzos individuales para mejorar los niveles de vida a través de otros medios, es decir, la economía clandestina, los sobornos y la corrupción. Esto causó una mayor diferenciación social y crecientes resentimientos sociales.

En 1983, Rogovin escribió un informe que terminó en manos del Partido Comunista de Moscú. No todas las investigaciones en el Instituto de Sociología eran enviadas a las autoridades locales. Alguien donde Rogovin trabajaba quería que su análisis recibiera la atención de los superiores.

En este trabajo, Rogovin argumentó que el problema fundamental que enfrentaba la URSS era “una profundización de la diferenciación social injustificada de los ingresos y las comodidades de la vida”. “Los trabajadores encuentran regularmente casos de enriquecimiento no devengado a través del engaño y la estafa del estado y la gente. […] Ciertos grupos de la población tienen los medios para satisfacer sus necesidades a una escala que va más allá de cualquier norma razonable y fuera de su relación con la producción social. […] No existe un control sistemático de las fuentes de ingresos y la adquisición de bienes valiosos”, escribió.

En una notable afirmación, la desigualdad, insistió, no en la nivelación salarial, expresada “en esencia, en la estructura social de la sociedad [soviética]”.

Rogovin pidió la implementación de declaraciones de ingresos, por lo que las personas deberían informar el volumen de sus ingresos totales, no solo de salarios oficiales, para que el gobierno y los investigadores puedan conocer la distribución real de las ganancias. Abogó por el establecimiento de un “ingreso máximo garantizado socialmente” para combatir la “desigualdad injustificada”.

En otros lugares, Rogovin argumentó además que la desigualdad estaba en el centro de la caída de la productividad laboral de la URSS. En una obra en coautoría con Nina Naumova, Desarrollo social y moral social, sostuvo que la crisis socioeconómica que enfrentaba la URSS se derivaba del hecho de que la desigualdad estaba creciendo en la sociedad soviética; la gente trabajaba mal en la Unión Soviética, noporque su trabajo fuera remunerado inadecuadamente en relación con otros, sino porque su compromiso con la producción social se había erosionado al intensificarse la estratificación social que no estaba registrada en las estadísticas oficiales.

En 1983, el mismo año en que Rogovin escribió su informe crítico sobre el estado de la desigualdad en la URSS que terminó en manos de las autoridades de Moscú, otra socióloga, Tatyana Zaslavskaya, emitió un informe, mantenido en secreto al principio, pero luego filtrado a la prensa occidental, abogando por una transición hacia “métodos de gestión económica”, en otras palabras, reformas basadas en el mercado. Un aspecto central de esto fue la política enfocada en el aumento de la desigualdad en la compensación laboral para estimular la producción. Zaslavskaya señaló en su momento que tales reformas se verían contrarrestadas por lo que describió como “los grupos de trabajadores más apáticos, más ancianos y menos calificados”.

En unos pocos años, Zaslavskaya se convertiría en una asesora líder de Mijaíl Gorbachov y en una de las principales arquitectas de las reformas promercado de la perestroika. En 1986, fue nombrada directora de la Asociación Sociológica soviética. Sus posiciones fueron ampliamente aceptadas por la disciplina.

En contraste, los puntos de vista de Rogovin fueron con frecuencia, y cada vez más, el objeto de una aguda crítica. En 1985, se produjo una discusión en el Instituto de Sociología sobre un informe producido por Rogovin y su equipo de investigación sobre los estilos de vida soviéticos. En él, Rogovin hizo comentarios abiertamente críticos sobre el impacto antiigualitario de la economía clandestina y la transferencia de riqueza a través de la herencia. Fue criticado fuertemente por algunos de los principales académicos del Instituto, quienes no estaban de acuerdo con su contenido y estaban nerviosos por la respuesta que recibiría de las autoridades. En la discusión, uno de esos individuos comentó:

El informe del autor presentado aquí tiene dos fallas básicas: 1) es inadecuadamente autocrítico; 2) los autores, y en particular, el propio Rogovin, no están pensando apropiadamente en el destinatario al que se dirige este informe. El informe va dirigido a los más altos cargos [del Partido Comunista] y la emoción superflua no es necesaria. La siguiente crítica que [tengo] se trata de la “desigualdad injustificada”. En principio, no puede haber tal cosa.

[…] en la nota al TsK KPSS [Comité Central del Partido Comunista] […] las recomendaciones [que usted hace] exigen el máximo cuidado en la forma de abordarlas, particularmente aquellas relacionadas con la “tercera economía” y los impuestos a la herencia. [Debe haber] un mínimo de afirmaciones categóricas y un máximo de conciliabilidad.

A medida que transcurría la década, Rogovin comenzó a adoptar una postura cada vez más crítica sobre la perestroika, cuyas devastadoras consecuencias económicas se mostraban cada vez más. En lugar de traer prosperidad a las masas, las reformas de Gorbachov crearon una crisis total en el sector estatal de la economía, exacerbando la escasez generalizada de alimentos, ropa y otras necesidades básicas. El crecimiento económico disminuyó desde 1986 en adelante. En 1989, la inflación alcanzó el 19 por ciento, erosionando las ganancias que la población había obtenido en ingresos durante los años anteriores. Como señaló el académico John Elliot, “cuando se toman en cuenta los costos adicionales, es probable que disminuyeran el ingreso real per cápita y los salarios reales, en particular para la mitad más pobre de la población. Estos costos incluyeron: el deterioro de la calidad de bienes y su falta de disponibilidad; la proliferación de canales de distribución especiales; líneas más largas y más lentas; un racionamiento prolongado; precios más altos y mayores tasas de inflación en tiendas no estatales (por ejemplo, los precios del mercado agrícola colectivo eran casi tres veces mayores que en las tiendas estatales en 1989); un virtual estancamiento en la provisión de salud y educación; y la expansión del trueque, la autarquía regional y el proteccionismo local”.

Las empresas privadas recientemente establecidas tenían un gran margen de maniobra para fijar los precios porque enfrentaban poca o ninguna competencia del sector estatal. Cobraban lo que creían que soportaría el mercado, lo que llevó a aumentos sustanciales en la desigualdad de ingresos y la pobreza, con los estratos más vulnerables de la población viéndose más afectados. Los cambios fueron tan severos que Elliot insiste en que “las desigualdades de ingresos en realidad se volvieron mayores en la URSS que en los EUA”. A fines de la década de 1980, dos tercios de la población soviética tenían un ingreso inferior al recomendado oficialmente como “un nivel decente”, de 100 a 150 rublos por mes. Al mismo tiempo, se estima que solo la economía clandestina produjo entre 100,000 y 150,000 millonarios a fines de la década de 1980. A principios de la década de 1990, una cuarta parte de la población o 70 millones de personas eran indigentes según las estimaciones oficiales soviéticas. Las huelgas de los mineros y otros signos de descontento social estallaron en todo el país.

Los sociólogos estaban íntimamente conscientes del creciente descontento popular. La burocracia del Partido Comunista los llamó a ayudar a manejar la situación. En 1989, el director del Instituto de Sociología recibió una solicitud de las capas más altas del Partido Comunista. Se le pidió que respondiera a una carta de un miembro del partido de base que expresaba extrema hostilidad hacia las “élites” del país. El escritor de la carta describía el partido como una organización dominada por un “núcleo oportunista” y pedía que se llevara a cabo una “guerra de clases” por parte de las masas trabajadoras contra sus políticas. La división de ideología del Comité Central del Partido Comunista quería que el director del Instituto respondiera a la carta porque los sentimientos expresados en ella eran “generalizados (representativos) [sic] en la clase trabajadora”.

En medio de estas circunstancias, Rogovin fue criticado en uno de los medios de comunicación del país por artículos que estaba escribiendo contra la promoción de la desigualdad social. Desde mediados de la década de 1980, él había estado defendiendo la implementación de declaraciones de ingresos que reportaran las ganancias completas, además de la imposición de impuestos progresivos y un ingreso máximo declarado socialmente. Con base en la cantidad de correspondencia positiva que recibía de los lectores, era claro que sus puntos de vista tenían eco en la población, un hecho observado por los académicos occidentales en ese momento. En un debate de la prensa pública con el economista Gennady Lisichkin, este último acusó a Rogovin de querer fortalecer la mano de la burocracia y sugirió que era un estalinista. Supuestamente era culpable de “ludismo”, predicación religiosa, citar erróneamente a Marx para encontrar apoyo para sus argumentos, querer que el Estado tuviera el poder de mover a la gente “como ganado”, defendiendo un sistema de distribución deficitario basado en “cartas de raciones”… “sufriendo de infantilismo de izquierda”, y siendo un “demagogo” y una “comunista de guerra”. Intentó vincular a Rogovin con la fuerza a la que era más hostil: el estalinismo. El jefe de la Asociación sociológica soviética, Tatiana Zaslavskaya, apoyó abiertamente las posiciones de Lisichkin.

Los desacuerdos entre Rogovin y otros investigadores sobre la perestroika se convirtieron en una disputa feroz sobre la historia soviética y la naturaleza del estalinismo. Rogovin identificó una relación entre los fanáticos de las reformas promercado y las falsificaciones históricas. Hubo un esfuerzo cada vez más extendido para vincular el igualitarismo con el estalinismo, la lucha por la igualdad con la represión política. En ¿Hubo una alternativa?, Rogovin frecuentemente mencionó el hecho de que el avance hacia una economía de mercado fue acompañado por la propagación de mitos sobre la historia soviética. Este fue uno de esos mitos.

En 1991, Zaslavskaya fue coautora de un libro que afirmaba que los problemas de la Unión Soviética radicaban en el hecho de que a fines de la década de 1920 abandonó la Nueva Política Económica (NEP, por sus siglas en ruso), según la cual el Gobierno había aflojado el control estatal de la economía y restablecido las relaciones de mercado, en cierta medida, en un esfuerzo por revitalizar la economía en condiciones de aislamiento, atraso y casi colapso económico debido a años de guerra. Siendo una descripción unilateral e históricamente deshonesta de la NEP, este trabajo no contenía ninguna discusión sobre la lucha política que tuvo lugar durante la NEP entre Stalin y la Oposición de Izquierda sobre el crecimiento maligno de la desigualdad, la burocratización del Estado y la economía, y el aplastamiento de la democracia interna del partido. El libro omitió esta historia porque habría contrarrestado uno de los argumentos centrales hechos en su momento a favor de la perestroika: que las relaciones de mercado eran inherentemente contrarias a los intereses de la burocracia del Partido Comunista. La descripción de la política laboral bajo Stalin también era fraudulenta. Insistió en que durante la década de 1930 el entusiasmo revolucionario fue el principal método utilizado para estimular a las personas a trabajar, ignorando el hecho de que la desigualdad de ingresos aumentó sustancialmente en este momento. Como señaló el investigador Murray Yanowitch, bajo Stalin, la “promoción de la igualdad” fue etiquetada como una creación de los “trotskistas, zinovievistas, bujarinistas y otros enemigos del pueblo”.

En la década de 1980, los sociólogos y otros académicos que promovían la perestroika intentaron imbuir estas políticas con una misión humanitaria, insistiendo en que las reformas de mercado permitirían que “el factor humano”, que había sido aplastado por el peso del estancamiento burocrático, volviera a surgir. El “factor humano” se definió como el deseo del hombre de reconocimiento personal a través de una recompensa diferenciada y material. Supuestamente este era el principal impulsor de la actividad humana. En la medida en que la política salarial oficial en la URSS condujera a una distribución relativamente igualitaria de los recursos sociales con salarios nivelados entre mano de obra calificada y no calificada, chocaba con el deseo del hombre de reconocer su propia contribución individual. El aumento de la desigualdad en el ingreso, algo supuestamente necesario para las demandas del desarrollo socioeconómico, era parte del proceso de “humanización del socialismo”.

Al hacer este argumento, los académicos se basaron en la definición oficial soviética de socialismo, “de cada uno según su capacidad, a cada cual según su trabajo”, que estaba consagrado en la Constitución del país de 1936, también conocida como la Constitución de Stalin.

En 1988, Rogovin usó el concepto del “factor humano” para hacer un argumento muy diferente. En un ensayo intitulado “El factor humano y las lecciones del pasado”, insistió en que la defensa de la desigualdad social por parte de la elite soviética era una de las razones clave por las cuales el “factor humano” había se degenerado en la URSS. Los mejores elementos del “factor humano” habían sido aplastados por Stalin durante el Terror. La corrupción, la desilusión, el parasitismo, el arribismo y la autopromoción individual –las características más distintivas de la era Brezhnev— fueron el “factor humano” creado por el estalinismo. Al promover la desigualdad y el mercado, insistió Rogovin, la perestroika no marcó una ruptura con el estalinismo ni con el legado de la era Brezhnev, como se solía decir con frecuencia, sino más bien su posterior realización.

Un año más tarde escribió: “Los partidarios de las nuevas concepciones elitistas quieren ver a la sociedad soviética con un nivel de diferenciación social tal que existió bajo Stalin pero que se libró de la represión estalinista. Se olvida que el carácter libertino de estas represiones […] surgió del esfuerzo de no limitar simplemente, sino aniquilar físicamente sobre todas las fuerzas del partido y del país que, aunque silenciadas, rechazaron los fundamentos sociales del estalinismo”.

Después de años de estudiar estas preguntas en un aislamiento casi total, Rogovin finalmente pudo escribir abiertamente sobre este tema. Probó las aguas publicando primero “L.D. Trotsky sobre Arte “en agosto de 1989 en la revista Theatre. Poco después, fue seguido por un artículo titulado “Las luchas internas de los años 20: razones y lecciones”, también publicado en un diario fuera de su disciplina, Educación Política. Al acercarse a un foro que probablemente seguirán sus colegas en sociología, a principios de 1990 Rogovin publicó “L.D. Trotsky y el NEP “en Ciencias Económicas. Y finalmente, unos meses después, “L.D. Trotsky sobre las relaciones sociales en la URSS” salió en la revista principal de su disciplina, Sociological Research.

El primer artículo de Rogovin sobre el tema dentro de su disciplina repasó el papel de Trotsky en la historia soviética durante la década de 1920 y resumió su obra fundamental, La Revolución Traicionada. Dejó en claro a quién Rogovin debía fundamentalmente los puntos de vista que había estado avanzando a lo largo de la década anterior.

Trotsky, sin embargo, continuó siendo vilipendiado por la burocracia soviética. En 1987, en el 70° aniversario de la Revolución Rusa, Gorbachov describió a Trotsky como “el archihereje de la historia soviética y un político excesivamente seguro de sí mismo que siempre vacilaba y engañaba”.

Como resultado de las profundas simpatías de Rogovin por el trotskismo y los esfuerzos por colocar su trabajo en la tradición de la crítica de la Oposición de Izquierda al estalinismo, se aisló cada vez más de sus colegas, varios de los cuales ingresaron al Gobierno de Yeltsin y ayudaron a facilitar la implementación de la terapia de choque, un componente clave de la restauración capitalista en Rusia. Su campo de estudio nunca lo perdonó por su intransigencia y sus principios. Uno no encontrará casi ninguna mención de Rogovin o sus contribuciones en las numerosas monografías y otras publicaciones que han aparecido en los últimos 20 años sobre sociología en la URSS.

Pero el aislamiento de Rogovin de la sociología soviética no socavó su capacidad de trabajo. Más bien, coincidió con el comienzo de la publicación de ¿Hubo una alternativa? En 1992, Rogovin se reunió con el Comité Internacional de la Cuarta Internacional y estableció una estrecha relación política e intelectual con el movimiento trotskista mundial que se intensificaría a lo largo de los próximos años. Esta relación fue la base sobre la cual Rogovin hizo su inmensa contribución a la lucha por defender a Trotsky y la verdad histórica. Dos tributos recientemente republicados a Rogovin por David North repasan esta historia.

A pesar de su muerte hace veinte años, a través de su trabajo Rogovin continúa su lucha para armar a la clase trabajadora con conciencia histórica.

Tomado de Elporteño.cl

Archivo

Enlaces

Unidad Internacional de los Trabajadores (UIT-CI)
Izquierda Socialista
Flores en Daraya
Lucha Internacionalista
Observatorio Crítico (Cuba)