El Nobel a María Corina Machado: la paz al servicio de la burguesía y el imperialismo
Promover la intervención militar no es un acto de valentía democrática, es una invitación a la guerra. Y premiar con el Nobel de la Paz a quien promueve la guerra es una contradicción tan obscena como insostenible.
María Corina Machado | Foto: Getty Images
Por Partido Socialismo y Libertad
Caracas, 19 de octubre de 2025.- El anuncio del otorgamiento del Premio Nobel de la Paz a María Corina Machado ha desatado no solo controversia, sino profundas interrogantes sobre la naturaleza y los propósitos de un galardón que, en teoría, debería honrar a quienes dedican su vida a la construcción de paz, justicia y vigencia de los derechos humanos.
En el actual contexto nacional, caracterizado por la aplicación de un brutal ajuste capitalista para que la crisis descanse sobre los hombros del pueblo trabajador, el gobierno dictatorial de Nicolás Maduro impone una política de terror contra el pueblo pobre. Ante esta ofensiva, es importante recalcar que solo los trabajadores y el pueblo venezolano están llamados a organizar la movilización popular para derrotar al gobierno y restablecer sus derechos y conquistas, sin que haya injerencia de ninguna potencia imperialista.
Sin embargo, al examinar la trayectoria política de Machado —su respaldo incondicional a las sanciones imperialistas, su promoción de la intervención militar extranjera y su apoyo al gobierno criminal y genocida de Israel— resulta evidente que estamos ante una de las decisiones más contradictorias en la historia reciente del comité noruego.
Los principios universales que sustentan el citado premio son: el derecho a la autodeterminación de los pueblos, el rechazo a la intervención militar y la solidaridad con las víctimas de la violencia sistémica. Estos principios ponen al descubierto que el Nobel a Machado no solo los contradice, sino que perpetúa una lógica en la que la paz se convierte en instrumento de legitimación del poder hegemónico imperialista.
Uno de los pilares de la estrategia política de María Corina Machado ha sido su respaldo abierto y entusiasta a las sanciones imperialistas impuestas por Estados Unidos y la Unión Europea contra Venezuela. Estas medidas, presentadas como mecanismos para presionar al gobierno de Nicolás Maduro, han tenido consecuencias devastadoras para la población civil, afectando de manera directa el acceso de la población a alimentos, medicinas y servicios básicos, sin lograr ningún cambio político en el país.
El informe de la relatora especial de la ONU, Alena Douhan, publicado en 2024 tras su misión en Venezuela, es contundente: las sanciones unilaterales han tenido «efectos catastróficos» sobre los derechos humanos fundamentales. Douhan documentó cómo estas medidas coercitivas han colapsado sectores vitales como la salud, la alimentación, el acceso a medicamentos y la infraestructura básica. Según el informe, las sanciones han impedido a Venezuela adquirir insumos médicos, repuestos para hospitales y alimentos, afectando desproporcionadamente a los más vulnerables: niños, ancianos y personas con enfermedades crónicas.
Las cifras hablan por sí mismas: entre 2017 y 2020, más de 40.000 personas habrían fallecido como consecuencia indirecta del bloqueo económico, según estimaciones del economista Jeffrey Sachs y del Centro de Investigación Económica y Política (CEPR) de Washington. Estas no son simples estadísticas, sino vidas humanas concretas, sacrificadas en nombre de una estrategia política que Machado ha defendido con vehemencia en foros internacionales.
¿Cómo puede el Nobel de la Paz premiar a una figura que ha promovido medidas que castigan colectivamente a toda una población? ¿Dónde está la paz en el sufrimiento de familias que no pueden acceder a diálisis, insulina o tratamientos oncológicos porque las empresas farmacéuticas no pueden comerciar con Venezuela por miedo a represalias estadounidenses?
Más allá de las sanciones, María Corina Machado ha ido un paso más lejos al solicitar repetidamente la intervención militar extranjera en Venezuela. Sus declaraciones públicas no dejan lugar a ambigüedades. Su manifiesto apoyo a las políticas de Trump —con el cual se disputaba el galardón— llegó al punto de que Donald Trump declaró que era él quien merecía el premio Nobel de la Paz por su esfuerzo para la resolución de conflictos armados como los de Palestina y Ucrania, una muestra de hasta dónde puede llegar el ego y el delirio de grandeza del líder del imperialismo más criminal de la historia.
En la Cumbre Concordia de 2014, Machado afirmó: «Necesitamos una coalición internacional que apoye el cambio en Venezuela». En 2019, en medio de la crisis política que siguió al reconocimiento internacional de Juan Guaidó como «presidente encargado», Machado declaró en entrevistas que «todas las opciones deben estar sobre la mesa», una fórmula que en el lenguaje diplomático estadounidense es sinónimo de intervención militar.
Esta postura no solo es profundamente antidemocrática, sino que se contrapone a los principios de soberanía del pueblo venezolano: la no intervención en los asuntos internos de los Estados y el respeto a la autodeterminación de los pueblos. Al apelar a potencias extranjeras imperialistas para resolver conflictos políticos internos, Machado reproduce las lógicas intervencionistas que devastaron América Latina durante el siglo XX: desde la invasión estadounidense a República Dominicana en 1965 pasando por el golpe contra Salvador Allende en Chile en 1973, y la invasión a Panamá en 1989.
La historia de nuestra región nos ha enseñado, con sangre y dolor, que ninguna intervención militar extranjera trae democracia ni paz. Lo que trae son bombardeos, desplazamientos masivos, violación de los derechos humanos, destrucción de la infraestructura y profundización de las heridas sociales. Basta con mirar los resultados de las intervenciones en Irak, Libia o Afganistán para comprender la magnitud del desastre.
Promover la intervención militar no es un acto de valentía democrática, es una invitación a la guerra. Y premiar con el Nobel de la Paz a quien promueve la guerra es una contradicción tan obscena como insostenible.
Genocidio en Palestina: el silencio cómplice
Otro aspecto inquietante de la trayectoria de María Corina Machado es su apoyo público y explícito al criminal primer ministro israelí Benjamin Netanyahu y al genocidio llevado a cabo en Gaza y Cisjordania. En un contexto en el que organismos internacionales de derechos humanos como Amnistía Internacional y Human Rights Watch han acusado a Israel de crímenes de guerra y apartheid, y en el que la Corte Internacional de Justicia (CIJ) analiza el caso presentado por Sudáfrica en 2024 por presunto genocidio contra el pueblo palestino, el respaldo de Machado a Netanyahu es éticamente inaceptable.
Las cifras de la violencia en Gaza desde el 7 de octubre de 2023 son escalofriantes: los bombardeos que Israel ha lanzado han provocado la muerte de al menos 67.967 personas, en su gran mayoría civiles, entre ellos unos 20.179 niños y más de 10.000 mujeres (en torno al 72%), a los que se suman más de 170.179 heridos (incluidos al menos 40.500 niños y 19.000 mujeres) y más de 14.400 desaparecidos, lo que elevaría la cifra de fallecidos aún más, entre ellos 4.400 mujeres y niños. Se trata de la mayor pérdida de vidas humanas desde que se tiene registro de conflictos entre Palestina e Israel, siendo las mujeres y los niños las principales víctimas de los ataques israelíes, según datos del Ministerio de Salud de Gaza.
El bloqueo total de alimentos, agua, electricidad y combustible impuesto sobre los dos millones de habitantes de Gaza ha sido calificado por expertos de la ONU como «castigo colectivo», una grave violación de los derechos humanos que constituyen delitos de lesa humanidad.
Amnistía Internacional, en su informe de 2022, concluyó que Israel mantiene un «sistema de apartheid» contra los palestinos, caracterizado por la dominación, la fragmentación territorial, la segregación y la opresión sistemática. Human Rights Watch llegó a conclusiones similares. Frente a este panorama, el respaldo de Machado a Netanyahu no solo es un gesto político cuestionable, sino una complicidad moral con políticas de exterminio.
¿Puede alguien que apoya públicamente a un gobierno acusado de genocidio ser reconocido como promotor de la paz? La respuesta es evidente. El Nobel a Machado no solo traiciona a las víctimas palestinas, sino que normaliza la violencia estatal y la ocupación militar como herramientas legítimas de las potencias imperialistas.
El Nobel como instrumento político al servicio del imperialismo
La historia del Premio Nobel de la Paz está plagada de decisiones polémicas que revelan su instrumentalización política. En 1973, el comité noruego otorgó el premio a Henry Kissinger, arquitecto del bombardeo de Camboya y cómplice del golpe de Estado en Chile, decisiones que causaron la muerte de cientos de miles de personas. En 2009, Barack Obama recibió el galardón apenas nueve meses después de asumir la presidencia de Estados Unidos, mientras continuaba las guerras en Irak y Afganistán y expandía el programa de asesinatos con drones.
El historiador noruego Fredrik Heffermehl, en su obra, La voluntad de Alfred Nobel: ¿Qué pretendía realmente el Premio Nobel de la Paz?, denunció que los comités del Nobel «han traicionado la voluntad pacifista de Alfred Nobel» al premiar figuras vinculadas al poder militar o económico global, en lugar de reconocer a quienes luchan contra el militarismo y por el desarme.
El caso de Machado se inscribe en esta tradición: premiar a una figura funcional a los intereses del imperialismo gringo, presentándola como «defensora de la democracia» mientras sus posiciones contradicen los principios elementales de la paz, la justicia social y la soberanía popular, es evidente que uno de los objetivos de entregar el premio a María Corina Machado es reactivar un liderazgo que se ha venido debilitando últimamente, cómo consecuencia de su negativa e incapacidad para movilizar a sus bases, tanto el gobierno como la oposición patronal le temen a la movilización, porque saben que los pueden desbordar.
El Nobel de la Paz a María Corina Machado representa la pérdida de legitimidad de un premio que, en su origen, debía honrar a quienes dedicaban su vida a la construcción de paz y justicia. La verdadera paz no se construye con sanciones que matan de hambre a los pueblos, ni con llamamientos a la intervención militar, ni con el respaldo a gobiernos que cometen genocidios. La paz se construye desde abajo, desde la resistencia cotidiana de quienes luchan contra el bloqueo, la ocupación, la desigualdad y por mejores condiciones de vida para las grandes mayorías sin recursos ni reconocimiento internacional.
Reivindicar la paz es reivindicar la memoria de los caídos en Palestina, de los venezolanos muertos por la falta de medicinas y en manos de la represión del gobierno dictatorial de Nicolás Maduro, de los pueblos que resisten al imperialismo sin aplausos ni estatuillas doradas. Esa es la paz que merece ser honrada. No la que premia a quienes la niegan. La paz verdadera sólo será posible terminando con el capitalismo imperialista