Personalismo y revolución: Una vieja discusión

En este momento de la historia política venezolana la creciente personalización del “proceso revolucionario”, ha degenerado nuevamente en Venezuela en el culto a la personalidad. Todo depende de un sólo hombre, viejo legado del caudillismo histórico y el presidencialismo republicano tan arraigados en la mentalidad colectiva del venezolano. Como consecuencia de la repetición de tal tendencia, pensamos que si ese hombre o mujer desaparece, entonces desaparece también la revolución, es el caos, la guerra civil, la desestabilización, tal como han declarado recientemente connotados dirigentes chavistas, en una especie de crónica de una derrota anunciada.

En este momento de la historia política venezolana la creciente personalización del “proceso revolucionario”, ha degenerado nuevamente en Venezuela en el culto a la personalidad. Todo depende de un sólo hombre, viejo legado del caudillismo histórico y el presidencialismo republicano tan arraigados en la mentalidad colectiva del venezolano. Como consecuencia de la repetición de tal tendencia, pensamos que si ese hombre o mujer desaparece, entonces desaparece también la revolución, es el caos, la guerra civil, la desestabilización, tal como han declarado recientemente connotados dirigentes chavistas, en una especie de crónica de una derrota anunciada.

Aquí el pueblo es sólo un espectador, no el protagonista. Hasta Simón Bolívar, el Libertador, Padre de la Patria, Brigadier de los ejércitos de la Unión, Jefe Supremo del Ejército Libertador, Dictador del Perú, y demás títulos dignatarios, sentenció lo siguiente Si un hombre fuera necesario para sostener el Estado, ese Estado no debería existir, y al fin no existiría. Podríamos parafrasear entonces al Libertador diciendo: Si un hombre fuese necesario para sostener una revolución, tal revolución no debería existir, y al fin no existiría.

Es decir, el pueblo termina siendo un convidado, más no el artífice de su propio destino, porque su destino depende de un sólo hombre. En este caso, el pueblo como construcción histórico social, no hace la revolución, no construye su historia, pues su existencia misma depende de la existencia de una personalidad. La personalización del proceso revolucionario, como hecho de construcción colectiva, sólo ha parido despotismo, caudillismo y populismo.

Pero como la historia no se repite, pero sí es recurrente, entonces se continuará dando el esquema personalista impuesto desde Napoleón Bonaparte hasta Fidel Castro y ahora Hugo Chávez como última versión del Gendarme Necesario del XXI, único, imprescindible, insustituible, auténtico y supremo líder de la revolución. En esos términos, el personalismo se convierte en el primer enemigo de la revolución como proceso histórico, pues es la negación del hecho colectivo por el sujeto individual.

La historia de las revoluciones contemporáneas ha sido la historia de las reformas del Estado liberal, impulsadas por “grandes personalidades” que han sido instrumento para la afirmación del poder y el Estado monárquico-burgués, así como de soporte para los grandes intereses del capital trasnacional. Pero el personalismo en política está condicionado por la propia estructura piramidal del poder, la cual puede ser presidencialista o monarquista. Ello, además, es parte de una preexistente y omnipresente y todopoderosa Comunidad Internacional, controlada por los grandes capitales, la cual no admite otro orden político distinto.

Cuando el fracaso o éxito de una revolución depende de una personalidad y no del esfuerzo colectivo, entonces esta destinada a desaparecer. Cuando una revolución requiere de un comicio electoral para sobrevivir, está destinada al fracaso. Las verdaderas revoluciones trascienden la vida biológica de sus progenitores, se desarrollan en procesos de larga duración y no en una determinada coyuntura histórica. Por ejemplo, la llamada revolución industrial y tecnológica es la acumulación de conocimientos y prácticas de siglos de aprendizaje y ensayo. Por tanto, la revolución social planteada en el mundo es también la acumulación de contradicciones, conflictos, desigualdades, confrontación, acaecidas durante siglos de lucha social, lo cual trasciende a cada generación histórica, así como a toda personalidad relevante. En verdad, una revolución auténtica no sería la reencarnación de las grandes personalidades del pasado, sino más bien la concreción de las grandes ideas en el presente.

Históricamente, la tendencia a reducir un determinado proceso histórico a una personalidad ha llevado a fracasar a verdaderos procesos de revolución social encaminados a satisfacer las necesidades espirituales y materiales de la sociedad. Los pueblos fabrican sus propios líderes, pero también sus propios Frankestein. Pero son las élites (política-militar-religiosa-económica), quienes diseñan sus propias estrategias para defender sus intereses imponiendo sus grandes personalidades, sus propios personalismos, al resto de la sociedad.

En América Latina, sólo el movimiento zapatista en Chiapas (México), muestra síntomas de intentar superar al personalismo revolucionario, a pesar de los intentos de convertir al sub-comandante Marcos en el símbolo del movimiento o un objeto más de mercancía capitalista. A pesar de ello, el movimiento expresa rasgos de una corriente histórica de larga duración, basada en la comunidad de saberes y en la búsqueda de sociedades integradas en liderazgos colectivos, destinadas a pasar del YO al NOSOTROS.

Es probable que en Venezuela, como centro del próximo teatro de guerra continental, se esté ensayando el sofisticado experimento aplicado recientemente en Egipto, pero desde finales del siglo XX en Iraq, el cual consiste en convertir a un determinado líder en blanco de ataque para justificar luego intervenciones militares que frenen los cambios planteados en el mundo. Chávez, al igual que muchos otros líderes políticos del pasado siglo, han sido sujeto y objeto de manipulación mediática, siendo la expresión más emblemática del caudillismo decimonónico, sobreviviente en el personalismo militarista del siglo XXI. Desde 1992, el ahora Comandante-Presidente, se ha convertido tanto en la mejor garantía de cierta “paz social”, como el mejor expediente para justificar una intervención extranjera. Un doble condición necesaria para comprender el porqué los procesos históricos se encuentran atrapados en medio del personalismo y el reformismo, entre el nacionalismo disgregativo y el imperialismo hegemónico.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *