24 julio, 2024

capitalismo explotador

Por: Antonio Farés*

En el mes de enero de 1920 se puso en práctica la prohibición de fabricar y distribuir bebidas alcohólicas en todo el territorio de Estados Unidos. Fue un completo fracaso con nefastas consecuencias.En el mes de enero de 1920 se puso en práctica la prohibición de fabricar y distribuir bebidas alcohólicas en todo el territorio de Estados Unidos. Fue un completo fracaso con nefastas consecuencias. Las conclusiones de esta experiencia son útiles en la actualidad para comprender por qué prohibir las drogas o el alcohol agrava el problema en lugar de solucionarlo y cómo se combate el narcotráfico.

“Esta noche, un minuto después de las doce, nacerá una nueva nación. El demonio de la bebida hace testamento. Se inicia una era de ideas claras y limpios modales. Los barrios bajos serán pronto cosa del pasado. Las cárceles y correccionales quedarán vacíos; los transformaremos en graneros y fábricas. Todos los hombres volverán a caminar erguidos, sonreirán todas las mujeres y reirán todos los niños. Se cerraron para siempre las puertas del infierno.” Así anunciaba por cadena radial, el 19 de enero de 1920, el presidente del Comité Judicial de la Casa Blanca, Andrew Volstead, la entrada en vigencia de la “National Prohibition Act”, o 18° Enmienda de la Constitución, recordada como “Ley Seca”. El acta, votada el 28 de octubre de 1919, especificaba que “ninguna persona fabricará, venderá, cambiará, transportará, importará, exportará o entregará cualquier licor embriagador “, considerando como tal a las bebidas con más de 0,5° de graduación alcohólica. Para hacer cumplir dicha ley se creó el Bureau of Prohibition, cuyos agentes federales eran llamados los “prohibis”, entre quienes se destacaron Eliot Ness y sus “Intocables”, así llamados por su fama de incorruptibles.

No fue una medida aislada. Finalizada la Primera Guerra Mundial, Estados Unidos comenzaba a perfilarse como la gran potencia económica e imperialista mundial, y en consecuencia, a recibir a millones de inmigrantes europeos que habían sufrido la guerra y buscaban una vida mejor. Llegaban trayendo costumbres diferentes, lo que irritaba a los más moralistas, sectarios y retrógrados. Liderados por las iglesias protestante y católica, iniciaron campañas patrioteras de propaganda en defensa de su “estilo de vida americano”. Algunas de esas campañas culpaban al consumo de alcohol en los hogares -habitual durante las comidas entre los inmigrantes, mientras que los nativos anglosajones lo hacían en los bares- como una de las principales causas del ausentismo laboral y de problemas familiares que ocasionaba a los trabajadores, que les impedía cumplir con el régimen (explotador) que había llegado a hacer de Estados Unidos una potencia industrial. Su prédica pretendía combatir uno de los males que el propio capitalismo engendraba imponiendo por ley la abstinencia.

Seguir bebiendo, pero peor

Ocurrió lo contrario. El consumo, aunque al principio decayó, luego ascendió al nivel anterior a la prohibición, con el agravante que dejó de beberse alcohol y comenzó a ingerirse “mal alcohol”. Cientos de miles de personas se dedicaron a fabricar bebidas alcohólicas artesanalmente, con otras sustitutas adulteradas o altamente tóxicas. El mercado negro creció, se encareció su precio y se incrementó la demanda de drogas como la cocaína, hasta entonces poco consumidas. La actividad resultó atrayente para algunos grupos minoritarios de inmigrantes que antes se dedicaban a negocios informales de menor cuantía. Las mafias se multiplicaron y extendieron su poder, con la complicidad de funcionarios gubernamentales, policías, agentes federales y capitalistas. Se adueñaron de las destilerías, monopolizaron el contrabando y los centros nocturnos clandestinos. Las “puertas del infierno” fueron abiertas de par en par dando paso a todo tipo de actos de corrupción y violencia. El país se llenó de bares clandestinos que, además, explotaban mujeres obligándolas a ejercer la prostitución. Se multiplicaron los asaltos y robos y el contrabando de armas. Se inventaron los cocktails, dentro de los cuales disimulaban el alcohol de mala calidad y se popularizó el uso de pequeñas y discretas botellas: las “petacas”. Mientras tanto, los grandes burgueses, empresarios y políticos siguieron bebiendo whisky de buena calidad y enriqueciéndose con el contrabando. John Kennedy, padre de John Fitzgerald y sus dos hermanos, fue uno de los famosos que se enriquecieron con este negocio.

Consecuencias y enseñanzas

En vistas de su fracaso la Ley Seca fue perdiendo adherentes año tras año. En 1929, cuando asumió la presidencia Herbert Hoover, partidario de la prohibición y quien fuera apoyado por el Ku Klux Klan, el congreso acordó endurecer las medidas, aumentando las penas de prisión y las multas a los infractores primerizos. En febrero de 1933, el recientemente elegido presidente “revocacionista” Franklin Roosvelt, del Partido Demócrata, quien había incluido en los postulados de su campaña electoral sus intenciones de eliminar todas las leyes que imponían la Ley Seca, legalizó la venta de cervezas de hasta 3,2 grados como máximo y la venta de vino, con lo que logró que al día siguiente la bolsa subiera un 15%. Finalmente, el 5 de diciembre de ese año el Senado derogó definitivamente la prohibición, y se aprobó la Enmienda XXI a la Constitución que anulaba la Enmienda XVIII que, catorce años antes, había hecho constitucionalmente viable la prohibición. Fue la primera vez en la historia que una enmienda se creaba para revocar a otra. No lo hizo para devolverles la paz a sus ciudadanos. En plena crisis de los años 30, con el Estado sediento de fondos, vieron que la Ley Seca le había quitado al fisco alrededor de 500 millones de dólares anuales y no querían seguir perdiendo dinero.

Según el artículo “El noble experimento” de Francisco Moreno, durante los catorce años que estuvo en vigencia la Ley Seca, “30.000 personas murieron intoxicadas por ingerir alcohol metílico; 100.000 sufrieron lesiones permanentes como ceguera o parálisis, 270.000 fueron condenadas por delitos federales relacionados con el alcohol, de las cuales un cuarto fueron sentenciadas a prisión y el resto fueron multadas, los homicidios aumentaron un 49% y los robos un 83% con referencia a la década anterior; más de un 30% de los agentes encargados de hacer cumplir la ley fueron condenados o separados de su servicio por diversos delitos (extorsión, robo, falsificación de datos, tráfico o perjurio). La población reclusa en las cárceles federales se triplicó debido fundamentalmente a delitos ligados a infracciones a la “National Prohibition Act”.

A pesar del fracaso de la Ley Seca, desde entonces se utilizan los mismos argumentos que la engendraron para justificar la prohibición de las drogas, otro flagelo igual o peor. No es que no hayan aprendido la lección. Sucede que, ahora con las drogas, como entonces con el alcohol, muchos capitalistas sustentan sus descomunales ganancias con el “valor agregado” que otorga al negocio su desarrollo en la clandestinidad. Siendo el narcotráfico después del tráfico de armas el negocio capitalista más rentable del mundo, con la tremenda ola de violencia y de cientos de miles de muertos en el mundo. Pocas voces se alzan en el mundo a favor de la legalización de las drogas para combatir este tremendo flagelo. Y son menos aún quienes lo hacen claramente como nuestra corriente, rechazando a su vez el consumo de drogas, cigarrillos y el exceso de alcohol, por ser éstos también terribles males engendrados por el capitalismo.

A pesar de esta contundente experiencia, los partidarios de mantener la prohibición de las drogas esgrimen los mismos o similares argumentos que se utilizaron para promover la Ley Seca. Legalizar la producción y comercialización de las drogas no es para fomentar su consumo, por el contrario, los regímenes más estrictos como el yanqui son donde más se consume. Es para combatir a las mafias y a los crímenes del narcotráfico, reducir el consumo y disminuir las muertes y hospitalizaciones por las adicciones.

*El Socialista. Izquierda Socialista de Argentina

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