¡Adios, hasta siempre Negra querida!
Millones de argentinos y latinoamericanos sentimos su muerte como si se tratara de una amiga y compañera muy querida. Lo era.
Su voz poderosa que sabía volverse dulce como un arrullo, me acompañó desde muy joven. En aquella piecita de los veinte años, cuando con amigos, compañeros o novia, bajábamos el sonido al mínimo para que no escuchara el vecino: “Truena el cañón, préstame tu fusil. Que la revolución viene oliendo a jazmín”.
Millones de argentinos y latinoamericanos sentimos su muerte como si se tratara de una amiga y compañera muy querida. Lo era.
Su voz poderosa que sabía volverse dulce como un arrullo, me acompañó desde muy joven. En aquella piecita de los veinte años, cuando con amigos, compañeros o novia, bajábamos el sonido al mínimo para que no escuchara el vecino: “Truena el cañón, préstame tu fusil. Que la revolución viene oliendo a jazmín”.
Con ella conocimos a los más extraordinarios músicos y poetas latinoaméricanos como la inmensa chilena Violeta Parra, con la que aprendimos a dar “Gracias a la vida, que me ha dado tanto”, la peruana Chabuca Granda, el uruguayo Zitarrosa… El Tata Atahualpa se agiganta aún más en la voz de Mercedes.
Sentí, con ella, “toda la piel de América en mi piel” en Canción con Todos (Cesar Isella y Armando Tejada Gómez), el himno latinoamericano. Con ella cantamos: “cuando tenga la tierra la tendrán los que luchan los maestros, los hacheros, los obreros”.
En 1979, seguía cantando, pese a estar prohibidas sus canciones. En La Plata la policía de Videla la encarceló junto con todos los que asistían a su recital.
Fue obligada al exilio. También ahí me acompañó. Una noche caraqueña la fuimos a ver, miles de argentinos cantamos y lloramos, por los nuestros, por lo que habíamos perdido… por los compañeros asesinados. La Negra nos abrazó a todos con su maravilloso hechizo, y entendimos que la dictadura no podía durar…
Cuando nació mi hija, ella cantó su canción de cuna: “duerme negrito”…
La dictadura cayó. Volvimos un día invernal. La Negra y su canto me recibieron en el barrio de infancia, en la casa de mis viejos. Su voz estaba en la calesita a la que llevaba a mi hija.
Este último sábado, atardecía, bajando de La Paz en flota, medio dormido, contemplaba el imponente paisaje andino. Pensaba en la Negra agonizando. De pronto me parecía escuchar su voz brotando de la montaña: “Tierra del sol en el Alto Perú, El eco nombra aún a Tupac Amaru”… Pocas horas después me enteré de su muerte…
Pero, la voz de Mercedes seguirá sonando en nosotros, en cada rincón de nuestra Latinoamérica. Por eso: ¡hasta siempre Negra querida!