De un país continental a un paisito así

Caribana: 1.000-1700

Hombres teñidos de rojo onoto derriban un inmenso árbol. El tronco cae hendiendo la selva. Lo desbastan, lo ahuecan con fuego, alistan una enorme canoa. En ella reman cincuenta guerreros. Su pueblo se llama a sí mismo los kariña, la Gente. La piragua surca el río más grande de la tierra. En todo el curso saludan pueblos de su misma nación. La esbelta nave llega al delta, irrumpe en el mar, desafía invicta las poderosas olas. En las cargadas nubes fulgura amoco, el rayo. Por las noches los guía el refulgente racimo de Maraguaray, las Pléyades.

Caribana: 1.000-1700

Hombres teñidos de rojo onoto derriban un inmenso árbol. El tronco cae hendiendo la selva. Lo desbastan, lo ahuecan con fuego, alistan una enorme canoa. En ella reman cincuenta guerreros. Su pueblo se llama a sí mismo los kariña, la Gente. La piragua surca el río más grande de la tierra. En todo el curso saludan pueblos de su misma nación. La esbelta nave llega al delta, irrumpe en el mar, desafía invicta las poderosas olas. En las cargadas nubes fulgura amoco, el rayo. Por las noches los guía el refulgente racimo de Maraguaray, las Pléyades.

Desde el Pomeroon, el Wiapoco, el Orinoco, desde todos los ríos de Poniente surgen piraguas similares que se unen en nutridas flotillas. Todas confluyen en Uriaparia, el gran centro de intercambios rituales. Allí se reúnen con las delegaciones de caracas, tamanacos, guarinos, kirikires, aliles, tomusas, mariches, zapoaras, meregotos, chacaragotos, characuares, topocuares, cumanagotos, chaimas y yekuanas: con las incontables familias de la nación kariña que habitan los llanos, las selvas y la Costa de las Perlas. Del mar arriban las flotillas de los kalinagoum, los caribes insulares que pueblan el arco de las antillas menores hasta Borinquen y las Bahamas. Se inicia la fiesta sagrada, el areíto. Uno tras otro los puidei, los hombres sabios, entonan aremis, canciones sagradas que son a la vez historia, sapiencia, moral, ley, trascendencia. Intercambian sal, hayo, tintes, ornamentos, cestería, herramientas, medicinas, conjuros, mitos, dioses, palabras.

Al igual que los griegos de los tiempos clásicos, los incontables pueblos de la vasta comunidad desdeñan convertirse en Estado. Como los de la Edad de Oro, no tienen clases sociales ni acumulan posesiones. No aceptan jefes, salvo los que transitoriamente eligen para las expediciones o las guerras rituales. Desprecian ser un imperio. Son mucho más que eso: son la gran nación de Caribana, que habla idiomas de la misma familia y vive de igual manera. No expanden fronteras: difunden una cultura. Su ámbito se extiende desde el macizo Amazónico hasta las costas de América del Norte pasando por las grandes llanuras y mesetas septentrionales de Suramérica, y tiene como Mediterráneo un mar al cual darán su nombre. Concluye la gran fiesta colectiva. Se trenzan alianzas familiares y estratégicas, amistades, amores. Las flotillas retornan a los distintos ámbitos de su inmenso hogar.

Caribana no es desmesurada sólo en su extensión geográfica, que abarca desde el Trópico de Cáncer al de Capricornio. Su cronología ocupa un milenio, la mitad de él como triunfante expansión que no perturba la ecología, la otra como principal resistencia en el área a la Primera Conquista. Caribana subsiste en las naciones kariñas del macizo amazónico, de las Guayanas y del Oriente y Occidente venezolanos; en los garifunas, la nueva nación que produjo su mestizaje con los esclavos escapados y que pobló las Antillas y las costas centroamericanas. Caribana pervive en nosotros como una cultura. No sólo en la red de toponimias que define la mayoría de nuestros espacios: si hoy sobrevivimos, es porque durante siglos adoptamos sus técnicas agrícolas, pesqueras, venatorias, arquitectónicas, medicinales. Ignoramos cuánto de nuestro igualitarismo, de nuestra solidaridad familiar y grupal son herencia suya. No sabemos cuándo tendremos que volver sobre sus huellas para sobrevivir o resistir a la Segunda Conquista.

La Monarquía Universal: 1519-1810

En 1519 un mozo de 19 años recibe sobre sus sienes la pesada corona del orbe. El consejero Mercurino de Gattinara musita a los oídos de quien desde ese momento será llamado el Emperador Carlos v: «Dios el Creador os ha conferido la gracia de elevaros en dignidad por sobre todos los reyes y príncipes cristianos constituyéndoos como el más grande Emperador y Rey que haya existido desde la división de Europa hecha en persona de vuestro predecesor Carlomagno y dirigiéndoos al recto camino de la Monarquía para reducir al mundo universal bajo un pastor».
Para comprar el venal voto de los Kurfurtemprinze, los príncipes electores, Carlos v cede a los banqueros Fuggers el Perú, y a los Welzers la provincia de Venezuela. El joven Emperador necesita oro desesperadamente. El mismo año de su coronación, Hernán Cortés conquista México. En Venezuela sigue la lucha emprendida hace dos décadas para vencer a los irreductibles caribes.

El único proyecto capaz de enfrentárseles es otro de magnitud todavía más colosal. El Emperador es Defensor de la Fe: de una Fe que a lo largo de un milenio se ha convertido en sinónimo de Occidente. Este credo europeo y católico tiene pretensión ecuménica, vale decir, universal. Europa unida bajo la cruz de la Fe y la espada del Imperio será árbitro del mundo.

En América, como en todas partes, el proyecto ecuménico avanza por la sangre, el fuego y la catequesis. Un siglo de conquista nos contagia los males de la sociedad clasista, pero nos lega los instrumentos de una cultura y dos lenguas comunes. Con ellas viene un lugar en este designio planetario. Historiadores como Guillermo Morón han demostrado que tras la Conquista no éramos colonos, sino españoles: nacionales de una magna España que abrazaba el orbe. Tampoco éramos la ínfima capitanía cuya miseria y aislamiento exageraron y en parte inventaron los historiadores positivistas. A principios del siglo xviii teníamos la flota propia más importante de las colonias americanas. Con dieciocho buques exportábamos cacao a México. Desde 1739 hasta 1777 estuvimos unidos al virreinato de la Nueva Granada.

Formábamos parte de una comunidad planetaria uncida a un proyecto que no era el plan de un instante, ni de una vida. Tampoco el de un Emperador, ni el de una dinastía; ni siquiera el de un Siglo, aunque éste fuera de Oro. Tal proyecto declinó por su propia talla colosal. Durante dos siglos España se batió con todos los aspirantes a sustituirla en la preponderancia europea: Inglaterra apoyó a todos y cada uno de estos rivales. Y sin embargo, Felipe ii salvó en Lepanto la supervivencia de un Occidente que de otro modo habría sido mahometano, o quizá no habría sido en absoluto; aunque el sueño de la unidad europea tuvo que ser aplazado hasta que una Inglaterra exhausta fue incapaz de impedirlo. Mas que Madre Patria de América, España lo es de la Europa Unida. Mientras tanto, los americanos utilizábamos los instrumentos impuestos de la lengua y la cultura comunes para emprender el camino hacia nuestra propia grandeza.

Colombia: 1781-1816

Un joven capitán del regimiento Aragón acompaña en 1781 al general Juan Manuel Cagigal en la dirección de las tropas españolas que estrechan el dificultoso sitio sobre Pensacola. La situación militar se presta a la perplejidad. Francia y España, monarquías absolutistas, ayudan la causa de los rebeldes norteamericanos. Se trata de fastidiar al común enemigo monárquico inglés. En esta reyerta entre coronas, avatar del secular pleito por la hegemonía europea, el capitán Francisco de Miranda no sólo gana su ascenso a teniente coronel del ejército español. Está de corazón con los insurrectos de Nueva Inglaterra. Algún día, piensa, la América ibérica seguirá igual camino. Sólo que en vez de recorrerlo sobre un estrecho cinturón de colonias atlánticas, dispondrá para ello del territorio del imperio ibérico en el Nuevo Mundo.

Francisco de Miranda vislumbra con la lucidez del trance una potencia latinoamericana establecida desde el Mississippi hasta el Cabo de Hornos, con capital en el centro geográfico y estratégico de Panamá. No se trata de banal complacencia en la extensión geográfica. Colombia, como ya bautiza a su ciclópeo proyecto, no sólo implicará un vuelco geopolítico: también supone un giro político de magnitud equiparable. Enarbola una ecumenicidad todavía más universal que la católica: la de la Razón. No se limita a desligar un mundo de las cadenas que lo atan a las antiguas coronas: osa aniquilar el concepto mismo de monarquía; cambia al súbdito en ciudadano y transmuta a éste en soberano. Tanto el poder Ejecutivo de la Colombia mirandina, integrado por dos Incas, como su cuerpo legislativo compuesto de representantes nombrados por Asambleas Provinciales o Amautas, serán alternativos y electivos. Es la fuerza del ideal grecorromano de la República, restaurado cuando todavía se ignora el destino de las colonias sublevadas y Europa es un amasijo de monarquías decadentes.

Todavía faltan ocho años para que la burguesía francesa ose apenas solicitar del Rey una ligera modificación en la composición de los Estados Generales que sancionan los impuestos, y ya Francisco de Miranda se dispone a ejecutar su designio titánico. Para ello, emprende la tarea no menos desmesurada de forjar al ser capaz de cumplirlo. Así, apunta que «La experiencia y conocimiento que el hombre adquiere, visitando y examinando personalmente, con inteligencia prolija el gran libro del universo, las sociedades más sabias y virtuosas que lo componen, sus leyes, gobierno, agricultura, policía, comercio, arte militar, navegación, ciencias, artes, etc., es lo que únicamente puede sazonar el fruto y completar en algún modo la obra magna de formar un hombre sólido».
El aguerrido oficial llega a dominar todas y cada una de estas disciplinas; fulgura en las cortes, los campos de batalla y los escenarios políticos de tres continentes. Se convierte en un hombre universal, o —lo que en su proyecto es lo mismo— colombiano. Su infatigable acción inclina a varias potencias europeas a favor de la Independencia. A partir de 1806 combate por ella. En 1816 le entrega la vida, prisionero en la Carraca de Cádiz. No es una muerte inútil, sino prematura. Antes de tres lustros, lo que fueron las colonias hispanoamericanas son una franja de gobiernos independientes del Mississippi a la Patagonia. Les falta sólo la unidad política. A pesar de todas las adversidades, el colosal proyecto está medio cumplido, o a medio cumplir.

1815-1830: La Gran Colombia

Un año antes de la muerte de Miranda, un exiliado a quien consumen la miseria pecuniaria y la fisiológica garrapatea una carta en Jamaica. Lo persiguen con igual saña acreedores y asesinos: uno de éstos se confunde de víctima y apuñala en lugar suyo a su amigo Amestoy. Y sin embargo Simón Bolívar redacta, imperturbable: «Yo deseo más que otro alguno ver formar en América la más grande nación del mundo, menos por su extensión y riquezas que por su libertad y gloria».

Parecen fanfarronadas de exiliado. Poco más tarde el desterrado trajina Tierra Firme, domina Guayana y sigue fanáticamente fiel a su plan estratégico: la Independencia americana sólo triunfará cuando sea asumida como proyecto continental. El 15 de febrero de 1819 reúne un precario Congreso en la calurosa Angostura. En el indisciplinado ejército cunden planes separatistas o secesionistas. Bolívar, tesonero, insiste: «La reunión de la Nueva Granada y Venezuela en un grande Estado, ha sido el voto uniforme de los pueblos y gobiernos de estas Repúblicas». El 17 de diciembre de ese año el Congreso de Angostura sanciona la Ley Fundamental de la República de Colombia, cuyo primer artículo pauta que «las repúblicas de Venezuela y la Nueva Granada quedan desde este día reunidas en una sola baxo el título glorioso de República de Colombia». El territorio es el que ocuparon antes la capitanía general de Venezuela y el virreinato del Nuevo Reino de Granada; se divide en los departamentos de Venezuela, Quito y Cundinamarca.
De nuevo, parece una utopía. Pero con esta utopía en las alforjas el ejército independentista cruza los Andes, fulmina los ejércitos de los virreyes, consolida el territorio de la Gran Colombia y domina lo que fuera el virreinato del Perú y luego serán las repúblicas de Perú y Bolivia. El antiguo exiliado quizá cree por momentos que delira, como en su ascensión al Chimborazo. Bajo su conducción se está consolidando acaso «la más grande nación del mundo», tanto por su extensión y riquezas como por su libertad y gloria. No es sólo que un poder homogéneo domina una vastedad desmesurada: la gran nación es revolucionariamente republicana, mientras Europa se hunde en la charca bufa de las restauraciones.

A esta colosal permutación política debe corresponder otra en el modo de vida y los valores. En medio de los enrevesados trajines de la lucha contra realistas y conspiradores, encuentra tiempo Simón Bolívar para proteger al pedagogo Lancaster y sobre todo a Simón Rodríguez, empeñado en un nuevo plan de educación para formar ciudadanos libres, útiles y productivos para esta nueva nación americana. Sería interesante, piensan quizá los dos simones, verla poblada de visionarios indomables e irreductibles como el que educó el Maestro del Libertador. Miranda comenzó forjando un hombre para que fuera merecedor de una patria; Bolívar ha forjado una patria y exige a su preceptor educar hombres que la merezcan. Para ellos habrá libertad: Bolívar decreta la de los esclavos que se incorporan al ejército, la de los indígenas sometidos a servidumbre. También habrá tierras: los servicios de los independentistas son remunerados con títulos para la repartición de fundos, que presuponen una verdadera reforma de la propiedad agraria.

Todavía hay más. Como si presintiera que se le acaba el tiempo, el Libertador trabaja afiebradamente en la culminación del plan maestro. Cuba, Santo Domingo y Puerto Rico siguen bajo dominio español: el mejor empleo que puede darse al ahora ocioso ejército patriota es llevar la libertad a las Antillas. Ello permitiría proteger esa suerte de Mediterráneo de América contra injerencias extranjeras. Caribana resurge, en manos del «nuevo género humano» que según el Libertador son los americanos de su tiempo. Y todavía Bolívar procura infatigable la consolidación internacional de esta vasta obra. El 15 de julio de 1826 plenipotenciarios americanos celebran en Panamá —la capital del imperio soñado por Miranda— un Tratado de unión, liga y confederación perpetuas, cuyo primer artículo pauta que «las repúblicas de Colombia, Centro América, Perú y Estados Unidos Mejicanos se ligan y confederan mutuamente en paz y en guerra, y contraen para ello un pacto perpetuo de amistad firme e inviolable, y de unión íntima y estrecha con todas y cada una de las dichas partes». De nuevo el sueño es continental; abarca el espacio entre los trópicos y echa por tierra la constitución monárquica de la Primera Conquista.

La Venecia Pequeña: 1830-1899

En 1826, mientras Bolívar trata de consolidar los vínculos de este inconmensurable poder en el Congreso de Panamá, sus coterráneos trabajan para minarlo. El mismo año se urde en el Departamento de Venezuela una conspiración que a falta de nombre digno se menciona de manera vergonzante con el rótulo inventado por un actor cómico:»la cosa» o «la Cosiata». La Cosiata consiste en desmembrar la Gran Colombia. Ahorremos detalles mezquinos. Aunque Bolívar derrota los primeros intentos separatistas, Venezuela se desgaja de la Gran Colombia el 13 de enero de 1830. «Ahora la Patria soy Yo», proclama José Antonio Páez. Once meses después fallece Bolívar, consumido por la tisis y la convicción de haber arado en el mar. «Cuando yo deje de existir, esos demagogos se devorarán entre sí, como lo hacen los lobos, y el edificio que construí con esfuerzos sobrehumanos se desmoronará en el fango de las revoluciones» predice al representante diplomático de Francia, monsieur Moyne. Su última proclama es un llamamiento a la vulnerada Unión. «No aspiro a otra gloria que a la consolidación de Colombia».

Así pasamos de la Gran Colombia a la Venecia Pequeña. Mínima si se la contrasta con el sueño de Bolívar; gigantesca, en comparación con lo que hoy resta de ella. Pues la Venezuela que hereda Páez todavía tiene la península de La Guajira, los vastísimos llanos de Casanare hasta el río Vaupes, la Guayana Esequiba. En el curso de siglo y medio perderá la tercera parte de su territorio sin disparar un tiro. (Earle Herrera: ¿Por qué se ha reducido el territorio venezolano? Caracas: Ediciones de la Facultad de Humanidades y Educación, 1978)

Lo menos inquietante de esa vertiginosa implosión sociopolítica es la disminución territorial. Antes que consolidar la más grande nación de la tierra, poderosa y autónoma por la multiplicidad de sus productos, sus oligarquías recaen en el modelo de ganadería extensiva y agricultura monoproductora de plantación para satisfacer a las nuevas metrópolis. De nada ha servido la Independencia política. En lo económico seremos globalizados, es decir, apéndice de los mercados foráneos, y dependientes de las ventajas comparativas: desarrollaremos sólo los potenciales creativos que interesen a aquéllos.

Ello requiere el latifundio y éste presupone la esclavitud. Para consolidar el primero los próceres roban a sus soldados las tierras que les ha conferido la República; para trabajarlas reimplantan la esclavitud de los negros y someten a los demás peones a la servidumbre de la deuda en las pulperías de las haciendas. Estos terratenientes neoesclavistas son a su vez devorados por una oligarquía de comerciantes y usureros que en nombre del liberalismo económico y en complicidad con el conservadurismo político los arruinan con intereses leoninos.
La sentencia del modelo está inscrita en sus elementos constitutivos. La dependencia de uno o dos productos lo sujeta a los precios que imponen los mercados foráneos: sale a flote con el auge cafetalero de 1825, y naufraga a mediados de siglo cuando la baja en las exportaciones de café y cueros lo libra a la tormenta social de la Guerra Federal y del centenar de alzamientos armados que la preludian y la siguen. Todo proyecto que nace gracias a la miseria del esclavo, del peón y del productor arruinados muere por la rebelión de éstos.

Cada rencilla intestina es pretexto para intentar otra secesión, un nuevo coloniaje. Así como son refractarios a la autoridad de cualquier compatriota, los caudillejos locales resultan inverosímilmente serviles para implorar la protección o la dominación extranjeras. José Antonio Páez mediante su secretario Hermenegildo García al gobernador colonial de Puerto Rico Juan Pezuela y Ceballos una intervención de la misma corona española contra la cual combatió la guerra de Independencia (Parra Pérez: Mariño y las guerras civiles, Tomo iii, pp. 280-281, cit. por Simón Sáez Mérida: La cara oculta de Rómulo Betancourt. Caracas: Fondo Editorial Al margen, 1998, p. 54). La oligarquía suplica en 1861 la ocupación británica (Federico Brito Figueroa: Tiempo de Ezequiel Zamora; Caracas: José Agustín Catalá, 1975, pp. 462-465). En 1900 el banquero Manuel Antonio Matos coliga los intereses extranjeros de las compañías asfalteras y los caudillos locales en una revuelta que lleva el paradójico título de Revolución Libertadora: ésta propicia el bloqueo que contra Venezuela ejecutan entre 1902 y 1903 Inglaterra, Prusia e Italia. No sólo los demagogos se devoran entre sí como lobos: en sus fauces está a punto de perderse la Independencia, que el Libertador llamó «el único bien que hemos adquirido a costa de los demás».

El semifeudalismo productivo se traduce en medievo político. Las ocho provincias históricas se desintegran en más de veinte estados, que cambian de nombre y de fronteras con volubilidad prodigiosa. A falta de educación, salubridad, justicia social y caminos, cada uno tiene su reyezuelo, con su ejército privado, su constitución, su papel sellado, sus alcabalas. Pues la principal industria de los señores de horca y cuchillo es anular mediante infinidad de peajes las escasas vías de comunicación. En correspondencia fechada en La Victoria en 1858, testimonia el hacendado Antonio Sosa que no se podía transitar por los «caminos reales y vecinales» por temor a los «grupos de malhechores» que los recorrían de modo permanente, armados con «lanzas, machetes, cuchillos, trabucos, tercerolas y garrotes (…) obligando a pagar peaje a las personas decentes, que para su desgracia tuvieran necesidad de trasladarse de la ciudad a sus propiedades o a la capital de la República para huir de ese vandalaje» (*).(Federico Brito Figueroa: Tiempo de Ezequiel Zamora. Caracas: José Agustín Catalá, 1975, p. 273).

La única industria de los reyezuelos aldeanos más productiva que la de incomunicar el país mediante peajes consiste en arruinarlo contrayendo deuda a su nombre. Según Rafael María Baralt, el débito originario de 4.750.000 libras esterlinas de la Gran Colombia se dilapida en gastos inútiles que lo incrementan a 6.750.000 para 1830. Páez paga millones anticipados a los usureros ingleses; José Tadeo Monagas quiebra el Tesoro para cancelar indemnizaciones a los dueños de los esclavos liberados; Antonio Guzmán Blanco adeuda 2.702.000 de libras esterlinas en 1880 gracias a leoninos contratos para crear ferrocarriles que acarrean las mercancías hasta los puertos que unen con las metrópolis, pero que no comunican los Estados entre sí. El proyecto que reduce al país a suplir café para la metrópoli de turno colapsa bruscamente con el descenso de las exportaciones que se inicia en 1887.

El Gendarme Necesario: 1899-1935

A la cabeza de uno de los alzamientos rurales que propicia la crisis económica, el atrabiliario Cipriano Castro ocupa Caracas en 1899. Su primer cuidado es arbitrar fondos para armar una milicia imbatible. Comandado por Juan Vicente Gómez, el nuevo ejército nacional destroza a los caudillos locales en Ciudad Bolívar en 1902. Ese año Castro desafía el bloqueo conjunto de Prusia, Inglaterra e Italia que cobran una inflada deuda de 186.558.150 bolívares, y logra reducirla a 40.379.225. La presión internacional favorece la sustitución del irreductible Castro por el acomodaticio Gómez. Las oligarquías siguen pensándonos como un enclave cafetalero, ahora uncido a los mercados globales por un despotismo cuasi absoluto.
Los positivistas resumen este proyecto racista, oligárquico y autoritario en la pomposa antítesis Civilización contra Barbarie. Barbarie es el pueblo venezolano esclavo de las tiendas de raya o «reclutado» para trabajos forzados. Laureano Vallenilla Lanz lo califica de «semibárbaro y militarizado»; P.M. Arcaya lo denosta como «carente de la más mínima iniciativa»; Gil Fortoul detecta en él «debilidad orgánica, debilidad intelectual». Para la mayoría de los positivistas, estos supuestos defectos son heredados genéticamente. Civilización es Europa: «nuestro remedio sería Europa», predica Rómulo Gallegos. Civilización son los Gendarmes Necesarios: déspotas que conocen y aprovechan la idiosincrasia del pueblo para conducirlo a la solución final: cederle el paso a los capitales y las migraciones europeas.

Los Gendarmes Necesarios se apuntan algunos éxitos en convertir al país en un enclave practicable para la inversión extranjera: lo unifican bajo la égida de un ejército nacional centralizado, inician obras de vialidad para que éste pueda desplazarse velozmente, pagan la Deuda Externa. La irrupción del petróleo no cambia esta mentalidad de enclave, sino que la consolida. La oligarquía que utilizó el poder político para acaparar improductivamente la tierra, lo aprovecha para repartirse concesiones de hidrocarburos que revende de inmediato a las empresas extranjeras. Las masas huyen de la esclavitud de las tiendas de raya de los latifundios hacia los campos petroleros y las ciudades importadoras. A la muerte de Juan Vicente Gómez, protagonizan revueltas urbanas, huelgas petroleras que hacen temer a los monopolios por sus intereses. Hace falta un nuevo mecanismo para controlarlas.

El Demócrata Necesario: 1945-1948, 1958-1989

Al igual que el Gendarme Necesario, el Demócrata Necesario convoca a la colaboración de clases mediante la simbología nacional popular. Como las dictaduras positivistas, controla por la dádiva o la violencia a las masas para que no estorben la entrada de capitales y torrentes migratorios extranjeros.
Idéntica trama ideológica positivista subyace en los discursos de regímenes tan diferentes en lo formal como el primer trienio adeco (1945-1948), el interregno de dictaduras neopositivistas (1948-1958) y la alternación de populismos que culmina en la Gran Venezuela y se desploma en el Viernes Negro (1958-1983). Todos califican al pueblo como ente bárbaro y definido por sus carencias; todos abogan por la anulación de los supuestos defectos de la venezolanidad mediante la inmigración europea y la inversión estadounidense. Todos categorizan lo nacional como mera antítesis del comunismo y el proyecto político como salvaguarda contra la explosión social. Ninguno excede de la condición de fórmula para estabilizar a las masas urbanas en torno al nuevo modelo de enclave petrolero y minero. Ninguno escapa de la vulnerabilidad a la fluctuación de las exportaciones monoproductoras.

Así, tras instalarse en el poder con el golpe militar de 1945, los acciondemocratistas obtienen mediante la política de dádivas un apoyo popular que se traduce en masivo respaldo electoral, al tiempo que otorgan concesiones a las compañías petroleras estadounidenses hasta hacerlas preponderar sobre las inglesas.

Las dictaduras instaladas entre 1948 y 1958 llevan al paroxismo los postulados seudocientíficos del positivismo. Bajo la consigna de Transformación del Medio Físico lanzan una política de concreto armado centrada en la supremacía del automóvil y las edificaciones monumentales, aunque también instalan una industria petroquímica y un inofensivo reactor atómico que nos confiere visos de potencia nuclear. Bajo el lema de Transformación del Medio Humano, convocan grandes torrentes migratorios desplazados por la postguerra, a los cuales emplean mediante la política de concreto armado. Con sus autopistas y rascacielos, al igual que los despotismos ilustrados del siglo XIX, constituyen patéticos esfuerzos por simular el progreso mimetizando sus apariencias.

El cierre del Canal de Suez provoca un incremento de la demanda del petróleo que apuntala la última etapa del despotismo neopositivista de Pérez Jiménez. El Canal se reabre, cae la demanda, y con ésta se desploma la dictadura. El modelo de enclave condesciende de nuevo a la legitimación electoral.
Al igual que los dictadores neopositivistas, los Demócratas Necesarios reinvierten el ingreso petrolero en grandes planes de obras públicas: algunas de ellas, como el puente sobre el Lago, completan la integración vial, mientras la represa del Guri une al país mediante una red de energía. Pero también incrementan el gasto social, que en sus mejores momentos alcanza cerca del 60% del egreso público. Parte de estos fondos se invierten en forma ineficaz o se malversan, pero hay adelantos sustanciales en asistencia social, salud y educación. De acuerdo con los modelos de la Cepal, los socialdemócratas inician la formación de un sector de empresas básicas bajo el control del Estado, al tiempo que favorecen la industrialización privada mediante créditos blandos, regímenes proteccionistas o subsidios.

Una vez más, los avatares de los precios de exportación deciden el destino de la economía de enclave. Su momento glorioso coincide con el alza de las cotizaciones petroleras de 1973. El ingreso cuadruplicado permite nacionalizar con indemnizaciones más que generosas la industria siderúrgica y la petrolera, cuya reversión gratuita estaba prevista por Ley para 1983. Por un instante, parece estar a la mano lo que la oposición radical calificó de imposible: lograr el desarrollo cediendo a las imposiciones del subdesarrollo.

Hacer la patria libre o morir por ella: 1960-1970

La crisis económica que provoca la caída de Pérez Jiménez en 1958 también desencadena masivas movilizaciones en pos de mejoras largamente negadas. El auge de masas es incontrolable en el plano social: Betancourt reprime policialmente a sus vanguardias, y convierte un problema político y social en otro de seguridad. Cuando las vanguardias responden a la violencia con la violencia, el problema queda reducido a una desigual confrontación militar.

Y sin embargo, una mínima avanzada de pocos centenares de intelectuales y guerrilleros bisoños mantiene en jaque durante una década a unos treinta mil efectivos entrenados y pertrechados. En más de una oportunidad, como el Porteñazo o el Carupanazo, se acerca a la toma del poder. Multiplica sus fuerzas la magnitud de su proyecto. En lo social, destruir el orden clasista que el país arrastra durante medio milenio. En lo económico, sustituir las relaciones de atraso y dependencia por otras de desarrollo y autonomía. En lo internacional, aliarse con las restantes insurrecciones y revoluciones latinoamericanas, participar en el plan tricontinental de insurgencia, realizar la estrategia de liberación que el Che Guevara sintetizó en la frase: crear uno, dos, tres Vietnam. En lo cultural, inventar un arte revolucionario, lo cual significaba el compromiso intelectual en lo ético, la interpretación materialista en las ciencias sociales, la subversión dadaísta en la poesía, la nueva figuración en la plástica, la violencia en la narrativa y la cinematografía.
Una generación se sacrifica en aras del proyecto revolucionario. Hacia mediados de los sesenta lo abandonan las masas, pacificadas por la mitigación de la crisis económica. A principios de los setenta lo desertan parte de las dirigencias, compradas por el baratillo de la Gran Venezuela. La única victoria definitiva de la insurgencia, la creación de la estética radical de los sesenta y los setenta, perdura como lo que quizá es el logro cultural más poderoso y original del siglo.

La solución final: 1983-1989-1998

El año de 1983 ó el de 1989 fechan indistintamente el inicio del plan de liquidación de Venezuela. En 1983 el populismo positivista quiebra al país más rico de América Latina; en 1989 abdica de la soberanía. Así como el peón fue siervo del fiado hereditario en la pulpería de la hacienda, la nación entera es esclava de la deuda externa contraída por sus dirigencias.
El plan liquidatorio abarca toda la vida nacional. En lo político se traduce en legislación hacendística, tributaria, educativa y judicial confesamente dictada por organismos financieros internacionales. La anarquía federal del siglo xix se multiplica en la incoordinación de los entes territoriales y la acracia de infinidad de corporaciones, institutos autónomos, compañías públicas y fundaciones. Unas y otros se consideran autónomos, rechazan toda coordinación, avanzan proyectos inconexos o contradictorios, generan infinidad de nuevas entidades y burocracias, gerencian presupuestos insaciables y contraen deudas públicas incontrolables que a la larga el Presupuesto de la Nación es incapaz de sufragar. Más de la mitad de la deuda que en 1983 quiebra a la República es contratada por estas entidades autónomas o territoriales, la mayor parte de ella sin respetar ni siquiera formulariamente la legalidad.

Atacados de delirio de insignificancias, los emperadores aldeanos contraen crédito público; celebran acuerdos internacionales; venden inconstitucionalmente bienes de la Nación y obstruyen el sistema de comunicaciones con una malla de 80 peajes cuyos fondos ingresan a incontrolables fundaciones privadas. La propia capital es anarquizada por seis alcaldías distintas; en realidad 22, si se tiene en cuenta la periferia inmediata. Su puerto se constituye en Estado, mientras pululan propuestas autonomistas en el Zulia, en Guayana y en Barlovento. Los reyezuelos pueblerinos movilizan milicias propias para conflictos privados. En lugar de devorarse entre sí, los demagogos devoran a Venezuela.

En lo económico, el proyecto liquidatorio desmantela el aparato productivo. El sector privado descapitaliza al país: exporta 90.000 millones de dólares al inicio de la crisis y en tres lustros duplica esa cifra; roba la mitad del circulante nacional durante la debacle bancaria, y es devorado por el capital externo. A fin de siglo, el 80% de la Banca es extranjera. El Estado subasta puertos, navieras, acueductos, aerolíneas, vías de comunicación, redes telefónicas, servicios públicos, siderúrgicas, industrias alimenticias: todo lo que posibilita la existencia y supervivencia de un país.

En lo social, el proyecto liquidatorio impone a la población un descenso del nivel de vida que la sitúa por debajo del de 1940. En 1987, 44% de los venezolanos están por debajo del nivel de la pobreza. Para 1989, un año después del programa de ajustes fondomonetarista, 60% son pobres. En 1998, ya lo es el 85% de los venezolanos. El sistema público de salud colapsa. El poder legislativo borra los derechos sociales a las prestaciones y a la estabilidad laboral para proporcionar la masa fisiológicamente pauperizada que reclama el nuevo modelo económico: fluidez laboral como eufemismo de despido masivo; maquila como eufemismo de esclavitud.

La esclavitud del cuerpo requiere la alienación de la conciencia. La gratuidad va esfumándose de todos los niveles de la enseñanza. Se planifica un país en el cual sólo quienes tienen conocimiento tendrán dinero, y sólo quienes tienen dinero tendrán conocimiento. Desaparecen materias que, como la Historia y la Geografía de Venezuela o la Formación Ciudadana, inculcan al educando el sentido de pertenencia a una comunidad. Venezuela es un concepto. Al desaparecer el uno, dejará de existir la otra.

¿Podemos pensar una alternativa? Todavía —pero no por mucho tiempo— disponemos de un territorio considerable unido por vías de comunicación practicables, de una situación estratégica envidiable, de tierras fértiles y recursos hídricos e hidroeléctricos, de casi la mitad de las reservas de hidrocarburos del hemisferio, de un respetable parque industrial, de una población en su mayoría joven y educada no dividida por divergencias culturales o religiosas insalvables. Una inconcebible aberración nos ordena conceptualizar todas esas fortalezas como debilidades, todas estas riquezas como miserias. Con menos que eso aborígenes desnudos, oficiales con vocación enciclopédica o exiliados acosados por los asesinos encontraron el camino hacia la grandeza. Les bastó para ello saber distinguir entre amigos y enemigos, y amalgamar todas sus desesperaciones en una sola voluntad: la de existir, sin la cual toda otra posibilidad o aspiración se extingue.

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