17 abril, 2026

Edward Halleat Carr, comenta «El profeta desterrado»

El tercer y último volumen de la biografía de Deutscher sobre Trotsky, The Prophet Outcast, remata el notable monumento de una de las más notables figuras históricas del presente siglo. Trotsky fue un hombre de enorme vitalidad y muy versátil. Fue pensador y hombre de acción, orador y hombre de letras, en cuyas actividades sobresalió.

El tercer y último volumen de la biografía de Deutscher sobre Trotsky, The Prophet Outcast, remata el notable monumento de una de las más notables figuras históricas del presente siglo. Trotsky fue un hombre de enorme vitalidad y muy versátil. Fue pensador y hombre de acción, orador y hombre de letras, en cuyas actividades sobresalió.

También fue un hombre temperamental. Podía ser romántico y melodramático; realista y duro. Hacer justicia a un personaje tan polifacético constituía una difícil y comprometida tarea para un biógrafo. A estas alturas apenas es necesario señalar que Deutscher la ha llevado felizmente a término. El último volumen confirma y aumenta la fama que le proporcionaron los dos volúmenes anteriores.

El tema del tercer volumen, que se inicia con la expulsión de Trotsky de la Unión Soviética a comienzos de 1929, difiere forzosamente un tanto de los dos primeros El primer volumen presentó a Trotsky en la cumbre de su triunfo y en la cima de su carrera. El segundo fue una crónica de una lucha febril y constante y —cabría decir— de una gloriosa derrota. En el tercer volumen el hombre de acción se ve reducido a una impotencia desafiante y ocasionalmente quejumbrosa Conforme va discurriendo la última década de su vida, se va aislando cada vez más. Ya no es, como en sus días de gloria, el blanco exclusivo de sus enemigos declarados, de las fuerzas del mundo capitalista y de las estalinistas patrias dispuestas para la lucha. Sus partidarios empezaron a claudicar —unos volviendo al redil estalinista, otros renunciando a su pasado marxista y haciendo las paces con los poderes de los países occidentales El final acabó en tragedia, no tanto por la forma de su muerte a manos de un asesino, como por la situación a la que se había visto forzado a llevar. Pero como en toda tragedia verdadera, el final luyo un elemento de nobleza que combinaba la piedad y el terror.

Un rasgo distintivo del tercer volumen es la utilización por Deutscher de la así llamada «sección secreta» de los Archivos Trotsky. Cuando los Archivos quedaron a disposición de los estudiosos en la Houghton Library de Harvard a finales de los años 1940, se reservó una importante sección de correspondencia con sus partidarios y de la correspondencia y documentos familiares y referentes a sus actividades, todo perteneciente al período del exilio, aparentemente como resultado de una petición del propio Trotsky, basándose en la suposición de que su publicidad podía comprometer, o crear dificultades a cuantos con ella estaban relacionados, sección a la que no se tendría acceso hasta 1980. Afortunadamente Deutscher pudo obtener la autorización de la viuda de Trotsky para inspeccionar aquellos documentos. Con su muerte, acaecida mientras se estaba escribiendo este volumen, desapareció la última persona interesada en la correspondencia puramente familiar. Por otra parte, la situación ha cambiado tan radical y rápidamente desde la segunda guerra mundial, que los documentos políticos no contienen nada —acaso con una o dos excepciones— que no pueda ser divulgado sin plantear problemas ni disgustos.

El resultado es una biografía de excepción y, que sepamos, completa, publicada en un plazo de tiempo desacostumbradamente corto tras el fallecimiento del protagonista.

Las relaciones de Trotsky con su segunda mujer, que le acompañó durante todo su exilio y fue su devota compañera hasta el fin, fueron casi uniformemente armoniosas. Apenas hay que mencionar nada de su vida privada, salvo la trágica suerte de sus hijos, que de una u otra forma se vieron envueltos en la persecución contra él y contra aquellos que llevaban su nombre: todos murieron antes que él. Sus documentos, revelados ahora por primera vez ponen de relieve pocos nuevos hechos de importancia —excepto quizás el circunstancialmente tempestuoso carácter de las relaciones con su hijo Lyova, que defendió la causa de su padre y figuró al frente de sus intereses en París durante todo el período de exilio hasta su muerte acaecida en 1938 en extrañas circunstancias. Trotsky cuya natural impaciencia e impetuosidad de carácter habían ido agudizándose con su terrible sensación de aislamiento, reaccionaba con aspereza ante cualquier muestra de retraso o deficiencia en la ejecución de sus órdenes, y prorrumpió en reproches que parecen haber sido totalmente infundados. Estos le causaron luego grandes remordimientos, aunque según todas las apariencias sólo constituyeron una sombra pasajera en medio de la natural devoción que unía a padre e hijo.

Las sucesivas etapas del peregrinaje de Trotsky durante los años de exilio —Prinkipo, Francia, Noruega, Méjico— quedan detalladamente reseñadas por Deutscher, y distinguidas adecuadamente. Paradójicamente, fue en los países democráticos de Europa occidental en donde estuvo expuesto a una persecución más directa y pertinaz mostrándose Turquía y Méjico en cambio, los anfitriones más tolerantes e indulgentes. Durante los tres años y medio de estancia en Prinkipo, aislado del mundo pero con relativa tranquilidad, escribió sus dos obras más extensas, cuidadosamente ponderadas y perfiladas: su autobiografía y la Historia de la Revolución Rusa. En Francia fue acosado por todas partes, y el trato de sus reticentes anfitriones dependía de cualquier indicio, de rumor, opinión política o presión, procedentes de Moscú. En Noruega se repitió la misma experiencia a escala más reducida. Trotsky no desaprovechó ninguna oportunidad, y en aquellos años hubo muchas de exhibir su mordaz elocuencia contra las fa- laces hipocresías de la libertad y la democracia burguesas.

La otra cara no era sin embargo totalmente despejada ni oportuna. El período que Trotsky pasó en Prinkipo era el de la gran depresión económica del mundo capitalista, y el de la colectivización e industrialización acelerada de la Unión Soviética. Muy pronto densos nubarrones comenzaron a oscurecer el horizonte; pero ni la tensión política ni las potencialidades revolucionarias llegaron a materializar todavía. Los años de 1933 a 1936—, los que Trotsky pasó en la Europa occidental— fueron tiempos en que todas las metas políticas acariciadas corrían peligro de ser barridas por la corriente. Hitler estaba asestando golpes demoledores a los cimientos de la democracia occidental. Francia se veía amenazada por el fascismo. La Unión Soviética iniciaba el período de las grandes purgas del país, a la vez que tendía desesperadamente las manos hacia el Oeste mediante la política del frente unido.
En medio de esta zozobra, Trotsky aparecía como un personaje aislado, enigmático y amenazador. En cualquier plano y nivel Trotsky era el enemigo declarado del hitlerismo y de Hitler. Nadie denunció más clara e incondicionalmente la toma del poder por los nazis, ni su régimen; nadie predijo tan penetrante y exactamente como Trotsky adónde llevaría la situación. Más Trotsky era también el demonio de la mitología estalinista. Stalin representaba el blanco más formidable de las denodadas invectivas de Trotsky, si bien éste seguía proclamando su solidaridad con la revolución y con el «Estado obrero» en el terreno internacional. Su hostilidad hacia las democracias y el capitalismo occidentales era irremisible; su postura no encajaba en ninguna de las categorías del pensamiento político occidental. No era fruto del azar el que continuase siendo un desarraigado, ajeno al mundo occidental. Gran Bretaña y los Estados Unidos fueron al menos consecuentes y mantuvieron con firmeza su decisión de no dejarle entrar en el país.

Tampoco es menos cierto que desde el momento de la subida de Hitler al poder —aproximadamente las fechas del paso de Trotsky a Europa occidental— y, sobre todo, desde el instante en que se iniciaron en Moscú las purgas, Trotsky no sólo consideró intolerable el silencio sino, incluso, la no intervención, por lo que se adentró nuevamente en la refriega política, publicando manifiestos, reagrupando a sus adeptos y finalmente, fundando la Cuarta Internacional. Éste parecía un paso lógico. Así como el hundimiento de la Segunda Internacional en 1919 impelió a Lenin a promover la creación de la Tercera, de la misma forma, en los años 1930, el todavía más evidente fracaso de la Tercera Internacional parecía pedir con urgencia la constitución de una Cuarta. No es preciso señalar las múltiples diferencias entre ambas situaciones. Por entonces, Deutscher pertenecía a un grupo de trotskistas polacos que se oponían al movimiento. Torna Deutscher a censurarlo y apenas si aprueba los intentos de Trotsky de organizar políticamente a sus seguidores. Aunque, repetimos, las situaciones no tenían posible comparación, ello lleva a demostrar que, incluso en una fase más temprana de su trayectoria, faltaban a Trotsky las dotes para la acción política, en la acepción más estricta del término; el sentido de la oportunidad, la visión de lo posible. Su diagnóstico de las situaciones políticas era soberbio. Los pasos con los que fijaba su posición y proclamaba sus principios, magníficos. Allá donde hubiese un cometido que realizar, si lo sentía realmente, lo llevaba a término con sin igual energía, valor y eficacia organizativa. Su talón de Aquiles seguía siendo la falta de visión para el inicio de la acción política en el momento adecuado.

Sin embargo, aun cuando sería absurdo negar a Trotsky sus cualidades de hombre de acción, el presente volumen y la última fase de su carrera le presentan forzosamente y ante todo como pensador y escritor. La última cuestión que resta al examinar la revolución rusa y sus consecuencias, es la del papel que en ella desempeñó Trotsky. Sobre este extremo Deutscher y su personaje están en completo acuerdo, y la respuesta a esta cuestión constituye también la declaración del credo político del autor. Trotsky aparece ante nosotros como el paladín del «marxismo clásico», inspirador y fuerza impulsadora de la revolución de octubre de tiempos de Lenin, pero de la que la revolución, bajo Stalin, se apartó desgraciadamente. Trotsky, casi en solitario, mantuvo en pie el modelo del marxismo clásico en el período de su eclipse. Lo sucedido desde la muerte de Stalin supone un intento parcial, confuso y equívoco de contrarrestar el pasado estalinista y volver a la buena senda. Pero la tentativa dista mucho de ser completa. Un día, «aunque quizás no antes de que los envejecidos epígonos de Stalin hayan desaparecido de escena», se rehabilitará la memoria de Trotsky en la Unión Soviética. Éste será el símbolo decisivo: «Con ello, el Estado obrero anunciará que por fin ha llegado a su madurez, roto sus trabas burocráticas y vuelto a abrazar el marxismo clásico que había sido proscrito juntamente con Trotsky».

Los dos postulados del marxismo clásico a los que Trotsky se aferró con tenacidad indesmayable fueron los de que la consecución de la revolución que derrocase al capitalismo sería la obra del proletariado y que la revolución alcanzaría dimensiones internacionales y no quedaría limitada a un solo país. Durante todos los años de exilio continuó aduciendo que, a pesar de todos los abusos y desviaciones, había que considerar a la Unión Soviética como un «Estado obrero». La polémica contra el «socialismo en un solo país» de Stalin, quedó aún más profundamente arraigada en su mente, y cuando en la década de 1930 previó con gran intuición una segunda guerra mundial en la que la Unión Soviética se vería inevitablemente envuelta, predijo una derrota segura del ejército soviético salvo que la guerra provocara la revolución en Europa y «el régimen soviético estuviera dotado de mayor estabilidad que el régimen de sus probables enemigos».

Los resultados inmediatos de la contienda, tal como dice Deutscher, poca satisfacción hubieran dado a las ideas de Trotsky de haber vivido éste para verlo. La revolución extendió en verdad su ámbito a Europa oriental, pero en calidad de «revolución desde arriba» impuesta por la fuerza de las armas. La revolución china, si bien llevada a término en forma espontánea y sin aportar Moscú más que la inspiración ideológica, era una revolución campesina erigida sobre las ruinas del movimiento revolucionario proletario de una generación anterior. Nada de esto abona una defensa del marxismo clásico en el sentido trotskista; e incluso en Italia y Francia, los débiles coletazos revolucionarios pronto se aquietaron. Nada de ello apaga necesariamente la fe de Trotsky en el futuro. «Cuando lo que está en juego son los más profundos cambios de los sistemas económicos y culturales, veinticinco años pesan menos en la historia que una hora en la vida de un hombre»; y el mandato de Stalin puede quizás antojarse lo que Trotsky denomina una «abjuración episódica». Más asegurar esto es un acto de fe. La reacción contra el estalinismo de los diez años últimos es, sin género de duda, significativa. Pero sus rasgos pueden interpretarse de muchas maneras. Lo mismo cabe afirmar del actual enfrentamiento entre Pekín y Moscú.

El que todos estos problemas hayan podido ser planteados por la trayectoria y los escritos de Trotsky en forma imposible de eludir, constituye un tributo a su grandeza. Incluso desde nuestra incompleta perspectiva actual sería imprudente negar que el curso de los acontecimientos a que la revolución de 1917 dio lugar (y hasta el punto en que en historia puede señalarse una fecha precisa a cualquier origen), haya establecido la pauta histórica decisiva del presente siglo. No obstante, el historiador imparcial y con sentido crítico todavía puede querer reconsiderar más a fondo el concepto de «marxismo clásico», y, aun admitiendo plenamente la validez de gran parte del análisis marxista y el papel fundamental que desempeñó en la revolución rusa, inquirir hasta qué punto el episodio estalinista puede ser justamente interpretado como una «abjuración» de esta idea, o por qué hay que considerar que el porvenir de la revolución se halla en la vuelta a tal concepción.

En la actualidad el marxismo clásico tiene tras de sí cien años de historia, y contaba sesenta o setenta cuando, en su encarnación leninista, sirvió para prender el fuego de la revolución en 1917. Pero la revolución acaeció en un país al que Marx nunca había atribuido el papel de jefatura revolucionaria, un país en el que la clase obrera era con mucho más débil y menos desarrollada que aquel género de «proletariado con conciencia de clase», cuya dictadura había previsto confiadamente, y en el que las condiciones económicas diferían ampliamente de la época dorada del capitalismo privado, bajo la cual Marx escribió. Tampoco se niega la validez de las previsiones de Marx sobre el proceso económico y político, ni su aplicabilidad a la revolución rusa. Pero hubiera sido una asombrosa anomalía que esa revolución tan lejana en el tiempo y el espacio de todo lo que Marx conoció se hubiese ajustado hasta en sus más mínimos detalles a las normas del marxismo clásico. Confesar que esto no fue así no supone rebajar a Marx. Pero achacar esta falta de conformación a su teoría a una «abjuración», que comenzó con Stalin y cabía esperar que acabase con I, parece un enfoque peligrosamente antihistórico difícil de conciliar con el propio marxismo.

Los historiadores que, cual Trotsky y Deutscher, se toman seriamente su labor, son los más llamados a verse envueltos en dificultades, si sucumben a la tentación de las suposiciones históricas. Deutscher censuraba a Trotsky por haber escrito en su Historia de la Revolución rusa (y repetido aún más categóricamente en otros lugares), que, si Lenin no hubiera conseguido volver a Rusia en 1917, la oportunidad dorada de la revolución puede que se hubiera perdido «durante muchos años». Deutscher, en vez de estimar insustancial y carente de sentido este obiter dictum se muestra impaciente al parecer por afirmar la proposición contraria, y cita aprobatoriamente la observación de Plejanov de que si a Robespierre, en enero de 1793, le hubiera caído un ladrillo en la cabeza y le hubiera matado, alguna otra persona habría ocupado su lugar, y el curso de los acontecimientos no se habría detenido. Pero, esto ¿no es tanto como decir que, si Stalin hubiera muerto accidentalmente o hubiese sido depuesto de su cargo de secretario general del partido tras la muerte de Lenin, con uno u otro dirigente habrían ocurrido casi las mismas cosas y que lo que conocemos con el nombre de «estalinismo» lo llevaba aparejado la propia situación histórica? Lo cual nos lleva verosímilmente a deducir que el estalinismo no fue algo puramente accidental ni un apartamiento episódico de la línea marxista, sino que el proceso histórico ha dado un mentís al «marxismo clásico».

El historiador puede muy bien prescindir de estas retorcidas disquisiciones que se promueven cuando uno se adentra en el campo de la fantasía. Las consecuencias de la revolución rusa fueron extraordinariamente complejas. Los motivos y propósitos de los dirigentes de procedencia marxista, la herencia del pasado ruso, las condiciones económicas del presente, todos fueron factores que intervinieron de manera destacada, y a veces en conflicto entre sí, en la configuración de las soluciones finalmente adoptadas. El historiador se esforzará por desenredar los diferentes cabos de la madeja y separar lo importante de lo secundario. Pero su importancia sólo puede surgir a la superficie durante el proceso analítico; no puede depender de posiciones dogmáticas derivadas de muy distintas condiciones del pasado. Por espacio de más de una generación de marxistas el término «revisionismo» ha sido una palabra insultante; muy a menudo ha servido de pantalla a quienes querían apartarse totalmente del marxismo, o de la acción real. Sin embargo, ya parece ser hora de emprender un replanteamiento a fondo de algunos de los postulados del marxismo a la luz de la experiencia del siglo veinte, no al objeto de abandonar las ideas ya consagradas por el tiempo sino para profundizar en ellas y desarrollarlas. Desde este prisma, la tragedia de Trotsky, es la tragedia de un marxista «clásico» a merced de las olas de un mundo que ya no era el del marxismo clásico.

Al libro de Deutscher corresponde el mérito de plantear esos problemas tan decisivos del mundo de hoy. Este último volumen de la trilogía muestra a su héroe privado de todo medio de acción eficaz: y su personaje refleja necesariamente el cambio. Cuando el tema lo permite (los sucesivos viajes de Trotsky como exilado perseguido que va de guarida en guarida, los complots contra su familia y sus partidarios, los preparativos para su asesinato) el estilo se torna intenso y dramático como nunca. Pero la impresión más acusada que deja este volumen final es el del enfrentamiento del autor, al igual como se enfrentó el mismo Trotsky, con los profundos problemas de la revolución rusa y de su destino: sus victorias y sus fracasos, sus proezas y sus excesos. Hay que felicitar a Deutscher por haber llevado a feliz término una empresa tan importante.

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