El bonapartismo, régimen de crisis
El problema que en su debido tiempo planteamos ante el lector: ¿Cómo es posible que el grupo dirigente [estalinista], a pesar de sus innumerables errores, haya podido adquirir un poder ilimitado?, o, en otras palabras, ¿cómo explicar el contraste entre la mediocridad ideológica de los termidorianos y su poderío material?, permite, ahora, que le demos una respuesta más concreta y categórica. La sociedad soviética no es armoniosa. Lo que es pecado para una clase o capa social, es virtud para la otra. Si, desde el punto de vista de las formas socialistas de la sociedad, la política de la burocracia asombra por sus contradicciones y sus discordancias, aparece muy consecuente desde el punto de vista de la consolidación de los nuevos dirigentes.
El problema que en su debido tiempo planteamos ante el lector: ¿Cómo es posible que el grupo dirigente [estalinista], a pesar de sus innumerables errores, haya podido adquirir un poder ilimitado?, o, en otras palabras, ¿cómo explicar el contraste entre la mediocridad ideológica de los termidorianos y su poderío material?, permite, ahora, que le demos una respuesta más concreta y categórica. La sociedad soviética no es armoniosa. Lo que es pecado para una clase o capa social, es virtud para la otra. Si, desde el punto de vista de las formas socialistas de la sociedad, la política de la burocracia asombra por sus contradicciones y sus discordancias, aparece muy consecuente desde el punto de vista de la consolidación de los nuevos dirigentes.
El apoyo del Estado al kulak [campesino rico] (1923-1928) implicaba un peligro mortal para el porvenir del socialismo. En revancha, la burocracia, ayudada por la pequeña burguesía, logró maniatar a la vanguardia proletaria y aplastar la oposición bolchevique. Lo que era un «error» desde el punto de vista socialista, era un claro beneficio desde el punto de vista de los intereses de la burocracia. Pero, cuando el kulak empezó a amenazar directamente a la propia burocracia, ésta volvió sus armas contra el kulak. El pánico de la agresión contra los kulaks, extendida también a los campesinos medios, no costó menos cara al país que una invasión extranjera. Pero la burocracia defendía sus posiciones. Una vez derrotado el aliado de ayer, se dedicó a formar con toda energía una nueva aristocracia. ¿Sabotaje del socialismo? Evidentemente; pero también consolidación de la casta gobernante. La burocracia se parece a todas las castas dirigentes en que está dispuesta a cerrar los ojos ante los errores más burdos de sus jefes en la política general, si, a cambio, le son absolutamente fieles en la defensa de sus privilegios. Cuanto más inquietos están los nuevos amos, más aprecian la represión sin piedad de la menor amenaza a sus recién adquiridos derechos. Esto es lo que una casta de advenedizos toma en cuenta para elegir a sus jefes. Y ese es el secreto del éxito de Stalin.
Pero el poderío y la independencia de la burocracia no pueden crecer indefinidamente. Hay factores históricos más fuertes que los mariscales, y aun que los secretarios generales. Una racionalización de la economía no se concibe sin una contabilidad precisa; y ésta es incompatible con los caprichos burocráticos. La preocupación por la restauración de un rublo estable, es decir, independiente de los «jefes», se la inspira a la burocracia la contradicción cada vez más acentuada entre el poder absoluto de la misma y el desarrollo de las fuerzas productivas del país. Del mismo modo, la monarquía absoluta llegó a ser incompatible con el desarrollo del mercado burgués. El cálculo monetario tiene que dar una forma más abierta a la lucha de las diversas capas de la población por el reparto de la renta nacional. La cuestión de la escala salarial, casi algo indiferente durante la época del sistema de las cartillas de racionamiento, es ahora decisiva para los trabajadores, y con ella la cuestión de los sindicatos. La designación de los funcionarios sindicales, hecha desde arriba, tropezará con una resistencia cada vez más tenaz. En fin, el trabajo a destajo hace que el obrero se interese por la buena dirección de las fábricas. Los estajanovistas [trabajadores a destajo] se quejan cada vez más de los defectos de la organización y de la producción. El nepotismo burocrático en la designación de los directores, de los ingenieros y del personal industrial en general, se hace cada vez menos tolerable. Las cooperativas y el comercio estatal están dependiendo mucho más que antes del consumidor. Los koljoses [granjas colectivas] y sus miembros aprenden a traducir sus relaciones con el Estado en el idioma de las cifras y no siempre sufrirán que se les designe administradores cuyo único mérito es, con frecuencia, convenir a los burócratas locales. El rublo promete llevar la luz al dominio más secreto: el de los ingresos lícitos e ilícitos de la burocracia. Así la circulación monetaria, en un país políticamente ahogado, se convierte en una importante palanca de la movilización de las fuerzas de oposición, y anuncia el principio del fin del absolutismo «ilustrado».
Mientras que el crecimiento de la industria y la entrada de la agricultura en la esfera del plan complican extremadamente la tarea de la dirección al poner en primer plano el problema de la calidad, la burocracia mata la iniciativa creadora y el sentimiento de responsabilidad, sin los cuales no hay, y no puede haber, progreso cualitativo. Las llagas del sistema son, probablemente, menos visibles en la industria pesada, pero la roen al mismo tiempo que a las cooperativas, a la industria ligera y alimenticia, a los koljoses, a las industrias locales, es decir, a todas las ramas de la producción próximas al consumidor.
El papel progresista de la burocracia soviética coincide con el periodo dedicado a introducir en la Unión Soviética los elementos más importantes de la técnica capitalista. El trabajo de imitación, de injerto, de transferencia, de aclimataciones, se ha hecho en el terreno preparado por la revolución. Hasta ahora, no se ha tratado de innovar en el dominio de las ciencias, de la técnica o del arte. Se pueden construir fábricas gigantes según modelos importados del extranjero por mandato burocrático, y pagándolas, es cierto, al triple de su precio. Ahora bien, cuanto más lejos se vaya, más se tropezará con el problema de la calidad, que escapa a la burocracia como una sombra. Parece que la producción está marcada con el sello gris de la indiferencia. En la economía nacionalizada, la calidad supone la democracia de los productores y de los consumidores, la libertad de crítica y de iniciativa, cosas incompatibles con el régimen totalitario del miedo, de la mentira y de la adulación.
Tras el problema de la calidad se plantean otros, más grandiosos y complejos, que se pueden abarcar bajo la rúbrica de la acción creadora técnica, cultural e independiente. Un filósofo antiguo sostuvo que la discusión era la madre de todas las cosas. En donde el choque de las ideas es imposible, no pueden crearse nuevos valores. La dictadura revolucionaria, lo admitimos, constituye en sí misma una severa limitación a la libertad. Justamente por eso, las épocas revolucionarias jamás han sido propicias a la creación cultural para la que preparan el terreno. La dictadura del proletariado abre al genio humano un horizonte tanto más vasto cuanto más deje de ser una dictadura. La civilización socialista no se desarrollará más que con la agonía del Estado. En esta simple e inflexible ley histórica se contiene la condena de muerte del actual régimen político de la URSS. La democracia soviética no es una reivindicación política abstracta o moral. Ha llegado a ser un asunto de vida o muerte para el país.
Si el nuevo Estado no tuviera otros intereses que los de la sociedad, la agonía de sus funciones de coerción sería gradual e indolora. Pero el Estado no es un espíritu puro. Las funciones específicas se han creado sus órganos. La burocracia, considerada en su conjunto, se preocupa menos de la función que del tributo que ésta le proporciona. La casta gobernante trata de perpetuar y de fortalecer los órganos de coerción; no respeta nada ni a nadie para mantenerse en el poder y conservar sus ingresos. Cuanto más adverso le es el curso de las cosas, más implacable es con los elementos avanzados de la población. Como la Iglesia Católica, la burocracia ha formulado su dogma de infalibilidad después de que comenzó su decadencia, pero enseguida lo ha colocado a una altura en la que el Papa no puede soñar.
La divinización cada vez más imprudente de Stalin es, a pesar de lo que tiene de caricaturesco, necesaria para el régimen. La burocracia necesita un árbitro supremo inviolable, primer cónsul a falta de emperador, y eleva sobre sus hombros al hombre que responde mejor a sus pretensiones de dominación. La «firmeza» del jefe, tan admirada por los diletantes literarios de Occidente, no es más que la resultante de la presión colectiva de una casta dispuesta a todo para defenderse. Cada funcionario profesa que «el Estado es él». Cada sitio se refleja fácilmente en Stalin. Stalin descubre en cada uno el soplo de su espíritu. Stalin es la personificación de la burocracia. Esa es la sustancia de su personalidad política.
El cesarismo o su forma burguesa, el bonapartismo, entra en escena en la historia cuando la áspera lucha de dos adversarios parece elevar el poder sobre la nación, y asegura a los gobernantes una independencia aparente con relación a las clases; cuando en realidad no les deja más que la libertad que necesitan para defender a los privilegiados. Elevándose sobre una sociedad políticamente atomizada, apoyado sobre la policía y el cuerpo de oficiales, sin tolerar ningún control, el régimen estalinista constituye una variedad manifiesta del bonapartismo, de un tipo nuevo, sin semejanza hasta ahora. El cesarismo nació en una sociedad fundada sobre la esclavitud y trastornada por las luchas intestinas. El bonapartismo fue uno de los instrumentos del régimen capitalista en sus periodos críticos. El estalinismo es una de sus variedades, pero sobre las bases del Estado obrero, desgarrado por el antagonismo entre la burocracia soviética organizada y armada y las masas trabajadoras desarmadas.
Como la historia atestigua, el bonapartismo se acomoda muy bien con el sufragio universal y aun con el voto secreto. El plebiscito es uno de sus atributos democráticos. Los ciudadanos son invitados de vez en cuando a pronunciarse por o contra el jefe; y los votantes sienten en las sienes el ligero frío de un cañón de revólver. Desde Napoleón III, que hoy parece un diletante provinciano, la técnica plebiscitaria ha alcanzado un desarrollo extraordinario. La nueva Constitución soviética, al instituir un bonapartismo plebiscitario, es la coronación del sistema.
El bonapartismo soviético se debe, en última instancia, al retraso de la revolución mundial. La misma causa ha engendrado el fascismo en los países capitalistas. Llegamos a una conclusión a primera vista inesperada, pero en realidad irreprochable; que el estrangulamiento de la democracia soviética por la burocracia todopoderosa y las derrotas infligidas a la democracia en otros países, se deben a la lentitud con que el proletariado mundial cumple la misión que le ha asignado la historia. A pesar de la profunda diferencia de sus bases sociales, el estalinismo y el fascismo son fenómenos simétricos; en muchos de sus rasgos tienen una semejanza asombrosa. Un movimiento revolucionario victorioso, en Europa, quebrantaría al fascismo y al bonapartismo soviético. La burocracia estalinista tiene razón, desde su punto de vista, cuando vuelve la espalda a la revolución internacional; obedece, al hacerlo, al instinto de conservación.