La Gata de Estambul
Allí está. Por ella el Creador imaginó los océanos y discurrió los peces y concibió este paso entre mares por el que durante eternidades pelearon hititas y sumerios y tirios y troyanos y griegos y frigios y persas y romanos y anatolios y cristianos y creyentes y traficantes de seda y contrabandistas de pimienta y clasificadores de ángeles y fraguadores de mosaicos y alarifes de murallas y custodios de harenes y forjadores de imperios y destructores de teogonías, allá en el dédalo de callejuelas cerca del celeste Topkapi, en el callejón de los restoranes al aire libre donde tantos tontos se sientan en almohadones a chupar sus narguiles, la gata de Estambul goza de sí misma sobre una rejilla a ras de suelo de la cual dimana un delicioso aire cálido de sala de máquinas o cocina que incluso en la fresca noche le esponja frescamente el pelo: el enclave que sirve de centro al mundo fue dispuesto por el Creador para que de él zarparan las barcas que largan redes y las redes que se tejieron para que fueran atrapados los peces y los peces que fueron originados para que los cocineros los abran y las olivas para que su aceite los fría y el restaurante para que la delicia nos impida pensar y el pensamiento para comprender que lo único más perfecto que la gata es la muchacha que le ofrece un trozo de pescado sazonado con especias: para esto fue la Creación: si la gata fuera agradecida, prorrumpiría como los almuecines en la infatigable loa de la perfección de lo creado; pero en lugar de eso ni siquiera maúlla.
Allí está. Por ella el Creador imaginó los océanos y discurrió los peces y concibió este paso entre mares por el que durante eternidades pelearon hititas y sumerios y tirios y troyanos y griegos y frigios y persas y romanos y anatolios y cristianos y creyentes y traficantes de seda y contrabandistas de pimienta y clasificadores de ángeles y fraguadores de mosaicos y alarifes de murallas y custodios de harenes y forjadores de imperios y destructores de teogonías, allá en el dédalo de callejuelas cerca del celeste Topkapi, en el callejón de los restoranes al aire libre donde tantos tontos se sientan en almohadones a chupar sus narguiles, la gata de Estambul goza de sí misma sobre una rejilla a ras de suelo de la cual dimana un delicioso aire cálido de sala de máquinas o cocina que incluso en la fresca noche le esponja frescamente el pelo: el enclave que sirve de centro al mundo fue dispuesto por el Creador para que de él zarparan las barcas que largan redes y las redes que se tejieron para que fueran atrapados los peces y los peces que fueron originados para que los cocineros los abran y las olivas para que su aceite los fría y el restaurante para que la delicia nos impida pensar y el pensamiento para comprender que lo único más perfecto que la gata es la muchacha que le ofrece un trozo de pescado sazonado con especias: para esto fue la Creación: si la gata fuera agradecida, prorrumpiría como los almuecines en la infatigable loa de la perfección de lo creado; pero en lugar de eso ni siquiera maúlla.
YIPSOR
Los derviches sufíes giran como peonzas creando casi perfectas ruedas de arrobamiento y el objetivo es distraernos: Estambul ha sobrevivido a tantos cambios e intercambios desde la más remota antigüedad engendrando a Yipsor, la moneda que compra todas las cosas sin excepción –no hay lealtad, fidelidad ni intimidad que le resista –como el hipotético solvente universal que no puede ser contenido por ningún recipiente, Yipsor diluye cualquier cosa de no ser porque el giro de peonzas de los derviches nos distrae de él y nos hace pensar en otra cosa –para quien posea a Yipsor no hay límite, pero tampoco ningún límite impide que disuelva a quien lo posea o piense en poseerlo o lo piense.
LOS HOMBRECITOS DEL SEMÁFORO
Nadie sabe cómo quedaron prisioneros dentro del semáforo esos hombrecitos luminosos que indican que se puede avanzar o hay que detenerse. Dentro de cada semáforo se desangra el hombrecito rojo, que para mayor irrisión ordena a todo el mundo detenerse, como queriendo consolarse de su encierro al tener a los peatones prisioneros en las aceras. El hombrecito rojo se desangra porque lo asesina el hombrecito verde que camina. Pero el gesto del hombrecito verde deja dudas, porque por más que aparezca en actitud de huir no va a ninguna parte. Los más lastimosos son los hombrecitos verdes de los semáforos de Estambul, que están animados y tratan de correr sin salir jamás de su oscuro redondel, y que al igual que nosotros corren cada vez más rápidamente sin avanzar a medida que su tiempo efímero se agota. A medianoche suena el canto de un almuecín que los libera, y todos los laberintos de las callejuelas relampaguean de hombrecitos verdes que corren y corren queriendo ser césped antes de que llegue el sol y de nuevo los encierre.
LA VÍCTIMA DEL BAZAR
Allá va una vez más víctima de sí mismo el incapaz de decir no a las mujeres y a los bazares. Casi cierra los ojos para mejor oler las cargas de especias que ondulan colgando de sus hombros: camina torpemente calzado con babuchas consteladas de espejitos; su tocado es estrafalario fez donde centellean felices el oropel y las cuentas de vidrio; ostenta chaleco de brocado, bufanda multicolor y camisa alucinante; tintinean sus bolsillos con cajitas de música; se tambalea casi doblado por el peso de abigarradas alfombras y variopintas fundas de cojines; escamado va de amuletos del ojo contra el mal que repiquetean entrechocándose; al cinto porta daga de latón y cimitarra de aluminio y pareciera tener mil manos que se esfuerzan para que no se le escapen tantas bolsas con diademas, camisas bordadas, cajitas estrelladas y estampados pañuelos y dijes, broches, plumas y dulces que exudan miel y dicha; bajo el brazo intenta retener el aparatoso narguile cuyo tubo parece una serpiente; en los bazares sólo se compra para regalar y sólo se regala para comprar; quizá derribado por tanta pacotilla se adose a la pared y se convierta en bazar él mismo, pero ya sólo venderá superfluidades a cambio de vacuidades hasta hacer el flujo de los resplandores, como el de la gloria, infinito: casi no puede moverse y en realidad no importa pues no tiene dónde ir: su perdición o su salvación es que ha gastado cuanto tenía en lo inútil: en todo lo que no hace falta para la vida y sin lo cual la vida no hace falta.
LA PALABRA
Cinco veces al día la barahúnda se transfigura en la palabra. El lamento del almuecín nos alcanza donde estemos. La oración es un intento de organizar el tumulto. Si todas las voces fueran una. Si la palabra fuera una. Temor y exaltación de la palabra: cinco veces al día todas las palabras son una; todos los que la pronuncian son uno; una sílaba que se prolonga promete el infinito. Así se podrían ir dilatando los instantes. La expansión de la mente tras la mezquita y los bazares, como llevada por un soplo luminoso. Pues no se puede estar en Estambul –sino en medio de una alucinada fiebre –girando sobre la peonza del Ser, perfectamente –en la crispación del reflejo –ninguna distancia nos evitará ser invadidos –peligroso centro, tentación inatentada –podría ser que caduquen los siglos –y todas las barcas atraquen al mismo instante –las gaviotas desde el comienzo del mundo graznan advirtiendo el peligro.
CALIGRAFÍA
Batalla de alfanjes de la caligrafía islámica –se debate el sentido trizándose a sí mismo- Kemal Ataturk cambió el alfabeto árabe por el occidental porque temía la mortífera esgrima de las cimitarras caligráficas -en un momento dado la selva intrincada del sentido será desbastada por el mandoble de la purificación –y la figuración por la abstracción del arabesco –hasta no ser las cosas más que lo que son –puras geometrías.
LA ESTRELLA LA LUNA
No es poca cosa escoger como símbolo uno de los grandes motores de los cielos, significante que eternamente nos ocultará el significado sólo para hacerlo desear con su presencia esquiva. Mientras que el abrumador sol nos acosa y nos invade, en misterio surge el símbolo de la noche; envuelto en noche el símbolo del misterio. Su cuarto alude al tiempo. Los relojes musulmanes deberían ser lunas crecientes o menguantes; como un corazón su silencioso esponjamiento superior al mandoble del instante. La luna, una uña en el cielo, un ojo que se abre y se cierra justamente en la tiniebla, la suspensión del tiempo en la diafanidad. A diferencia del clavo de la estrella, la luna está a sus anchas y por eso vaga por la noche. Nadie en verdad puede abordarla. Nadie entiende su gesto de crecer y menguar: ni ella misma. Es un signo que escapa. En las mezquitas la cúpula femenil y el minarete fálico disputan sobre los principios del mundo. Mas en la noche todo es femenino. La luna parece que fuera a decir un misterio y siempre calla.
LOS PASOS
Caminamos todos los pasos de la ciudad al desierto y de los desiertos a las ciudades. Entramos y nos devolvimos en todos los callejones sin salida antes de peregrinar a la Meca y fuimos dejados en el umbral de todas las mezquitas mientras nuestro dueño entraba a humillar la frente en el suelo, apuntando en la dirección del Pensamiento que no tiene necesidad de pensarse. Entramos en la Sala de Prensa, volamos por los aires, estuvimos a pocos centímetros de golpear la frente del Perro, pero aún fallando lo golpeamo para la eternidad de la infamia, el infierno que no cesa. Mientras a nuestro dueño lo muelen a golpes a nosotros nos envuelven en plástico y nos guardan como evidencia. Somos una evidencia y una prueba. Irrefutables.