Nigale
En un tiempo lejano, cuando el Coquivacoa era dulce y transparente, vírgenes el follaje y la desnudez, cuando los manatíes y las toninas se contaban por miles y las sirenas no eran leyenda sino mágica realidad; cuando las familias Onotos, Aliles y Zaparas de la nación Añú de origen Arawako no habían sido derrotadas por el estruendo del cañón y el arcabuz, vivió en estas orillas Nigale, el último cacique de la resistencia a la colonización española.
En un tiempo lejano, cuando el Coquivacoa era dulce y transparente, vírgenes el follaje y la desnudez, cuando los manatíes y las toninas se contaban por miles y las sirenas no eran leyenda sino mágica realidad; cuando las familias Onotos, Aliles y Zaparas de la nación Añú de origen Arawako no habían sido derrotadas por el estruendo del cañón y el arcabuz, vivió en estas orillas Nigale, el último cacique de la resistencia a la colonización española.
El día que él nació, vinieron canoas de La Laguna , El Moján, Maraca y Toas a concelebrar el parto de la liberación, porque ese día el sol incandescente desde el cenit meridiano, quemó las velas de unas embarcaciones españolas que se asomaban al horizonte con las proas apuntando al estrecho del lago.
Eran días de doble celebración, pues se cumplían trescientas sesenta lunas de la expulsión de los invasores alemanes y españoles del lugar de Maracaibo, donde se habían establecido a un cuarto de sol hacia el sur del caño donde habitaba el piache Mohán. Desde allí pretendían ampliar su siembra de saqueo y esclavitud. Pero el afán de los buscadores de riqueza, «los que siempre quieren más», cercenó tempranamente la feliz infancia del anunciado.
Hacia 1571 los de Alonso Pacheco, establecidos de nuevo en Maracaibo, que llamaron Ciudad Rodrigo, esclavizaron a los niños, mujeres y guerreros sobrevivientes de la masacre. Les obligaron a olvidar su idioma y costumbres y a obedecer a los señores bajo la más oprobiosa servidumbre. Sólo en las cortas horas de descanso nocturno, los zaparas prisioneros se susurraban al oído las historias ancestrales, los lamentos y la indignación. Los que lograron guarecerse entre las aguas y manglares, se reagruparon y enguerrillaron para asediar la existencia del invasor. La necesaria conspiración interna convirtió a los más pequeños en precoces espías y correajes del alzamiento inevitable.
Nigale, el zapara de mirada melancólica y profunda, con sólo nueve años, se destacó por su disciplina y lealtad para cumplir las peligrosas misiones que se le encomendaban en medio de la jauría de conquistadores en que se hallaba. Su joven madre, vejada más de una vez por la barbarie invasora, alentaba y apoyaba con resignación, el riesgo a que se atrevía su infante libertador.
La noche anterior al despoblamiento de Ciudad Rodrigo, unos ochenta añú de diferentes familias, aprovechando el cansancio de las huestes de Pacheco se arrastraron sigilosos hasta la playa y nadaron como un marullo de esperanza hasta el centro del estuario, donde aguardaban sus fugitivos hermanos en unas veinte canoas previamente pintadas con mene, con las que huyeron al encuentro de la vida, entre caños, monos y manglar. Era la noche del 24 de diciembre de 1573.
Idos los españoles a Trujillo, la etnia «paraujana» dispuso de algunos meses para reorganizar su vida en comunidad. Se hizo el trabajo colectivo de corte de mangle y enea para la reconstrucció n de viviendas. Se tejieron las redes para la pesca y las hamacas para el descanso. Con la caída del sol venía la noche de conversa, para rehacer en versos los hechos buenos y malos ocurridos. Los más ancianos se ubicaban al centro de la comuna que escuchaba atenta, a veces conmovida, a veces sonriente. Los añú, como la mayoría de los originarios habitantes de estos lares, tenían un gran sentido del compartir en comunidad.
La noción de pertenencia, el espíritu gregario era muy marcado. Una forma quizá de garantizarse la supervivencia en medio de tantas asechanzas. Su concepto de la vida y de la muerte, les llevaba a asumir con extraño estoicismo los sucesos terribles de un destino, cuyo desenlace no tuvieron tiempo de advertir.
Tal vez por eso fueron fieros en la autodefensa, pero excesivamente confiados y generosos en los días de victoria cuando reinaba una paz aparente.
Ya en 1574 los conquistadores vuelven por sus fueros con Pedro Maldonado al frente. Fundan, en el mismo lugar donde estuvo la Ciudad Rodrigo de Pacheco, la Nueva Zamora de la Laguna de Maracaibo. El entusiasmo pronto se apoderó de los colonos al descubrir la ruta fluvial hacia Pamplona, que abría vías al comercio y a las comunicaciones en los predios del proyectado dominio hispano en la zona.
La sublevación de los zaparas que llevaba treinta y seis años en vigencia y que se proyectaría hasta entrado el siglo XVII, tuvo como su último y más querido líder al cacique Nigale. Convertido en tal por su gallardía y por el conocimiento exacto que tenía de las intenciones del invasor. Nigale logró unificar en un solo ejército a todos los grupos familiares y clanes de las riberas del Coquivacoa, teniendo su base de operaciones en Zapara, desde donde dominaba con estratégica visión la entrada del lago.
Hubo de venir el hijo del esclavista Alonso Pacheco, el capitán Juan Pacheco Maldonado, quien prácticamente compartió su infancia con el entonces «indiecito esclavo», a tenderle la celada traicionera que lo sacaría de en medio. Y Nigale cayó en la trampa. Lamentablemente. El 23 de junio de 1607 lo hicieron preso y luego de exhibirlo tres días como trofeo a la traición, lo ahorcaron el día 26 en la plaza mayor de Maracaibo.