Publicado el: Lun, Abr 21st, 2014

El movimiento estudiantil: memoria y promesa

Universidad Central de Venezuela

Por: Estudiantes universitarios

¿Sabes tú qué es la memoria?
Estómago del alma, dijo erróneamente alguien.
Aunque en el nombrar las cosas nunca hay un primero.
No hay más que infinidad de repetidores.
Sólo se inventan nuevos errores.
Memoria de uno solo no sirve para nada.

Augusto Roa Bastos en Yo, el Supremo.

1. A manera de introducción…

Desde marzo del año pasado los venezolanos vivimos a un ritmo tan acelerado de eventos que da la sensación de no poder procesar todo lo que ocurre. La memoria de uno solo no sirve para nada; la memoria sirve en la medida en que es colectiva porque se construyó en el debate, y no se quedó en el ensimismamiento. Tenemos una realidad muy compleja, es esencial escuchar las miradas que tiene cada uno de nosotros para construir un análisis más completo y, a partir de allí, pasar a la acción; se trata de hacer un ejercicio como ese al que nos invita Akira Kurosawa en su célebre película Rashomón: un mismo evento contado desde cuatro ópticas para que así el espectador recree qué fue lo que realmente ocurrió.

Va siendo evidente que la exacerbación de lo emocional tiene cada vez más peso en la política venezolana. Entonces muchos asumen la memoria como estómago del alma; es decir, se acuerdan de lo que sus sentimientos le permiten. No estamos diciendo que haya que ubicarse en el lugar de una racionalidad fría, cartesiana. Pero en ese sentimentalismo dominante hemos vivido durante este año cosas que no pueden verse como normales: comparaciones entre Chávez y Jesucristo, rosarios con la cara de Chávez, “el flaco” que nos viene a redimir del oscurantismo, el callejón sin salida de “La salida”, gatillos alegres de la adjetivación en ambos bandos. El sentimiento sirve así para la estupidización política, para una enajenación que ni Elías Canetti en Masa y Poder podría haber anunciado.

Los jóvenes ubicados en cada polo terminan por ser como barras extremas de fútbol de esas que le gritan negro, macaco, sudaka a un jugador de otro equipo y no se detienen a ubicar que en su equipo también hay negros o sudakas. Todo podría entenderse desde el principio del doblepensar orwelliano tan bien descrito en 1984. Se dicen fascistas unos a otros y ni pueden escribir bien la palabra; ¿saben qué es el fascismo? Y pese a la trivialización del término, vemos que en el “Manifiesto de Mérida”, publicado hace pocos días, al lado de las firmas de los dirigentes estudiantiles de los partidos de la MUD aparece la firma de un Lorent Saleh, cuya filiación fascista es pública y notoria luego de que asistiera el año pasado al acto de lanzamiento de un partido nazi. ¿Puede ese manifiesto ser representativo del movimiento estudiantil? ¿Pueden formas de lucha como las que hemos visto en el último mes, aisladas de las luchas sociales, realmente dar una respuesta a la crisis que vive el país?

2. Breve contextualización histórica…

Pasemos brevemente a mencionar algunos elementos sobre la historia del movimiento estudiantil. Aunque parezca mentira, han pasado 95 años de la Reforma de Córdoba. No cabe duda de que las universidades en Latinoamérica siguen en gran medida bajo “la antigua dominación monárquica y monástica” (Manifiesto de Córdoba, 1918). Impera en ellas un pensamiento elitista que mira con desdén cualquier intento de democratización. Es en aquel Manifiesto donde muchos leímos por primera vez un término que describe muy bien ese elitismo: castas profesorales. Por supuesto, no ubicamos que todo profesor sea parte de una en estos tiempos en los que son de los profesionales peor pagados en nuestro país, en estos tiempos en los que incluso muchos de ellos están en situación de tercerizados.

Si la Reforma de Córdoba representa un ícono de lo que implica cuestionar las estructuras medievales de una universidad, el Mayo Francés en 1968 representa un ícono con respecto a la conexión que debe tener un movimiento estudiantil con las luchas de la clase trabajadora. El espíritu de lucha de ambos momentos nos da una perspectiva de por dónde transitar.

Evidentemente, también nos la dan momentos y dirigentes clave del movimiento estudiantil venezolano por su fiel intención de no plegarse a ninguna instancia de poder, sea esta el gobierno de turno, grupos económicos o una autoridad universitaria y los intereses que están detrás de ellos. Podemos recordar, por ejemplo, a la generación de 1928, un movimiento insigne que se atrevió a enfrentar al gobierno de Juan Vicente Gómez y terminó convirtiéndose en una vanguardia; también los estudiantes que aquel 21 de noviembre de 1957 salieron a protestar contra la dictadura de Marcos Pérez Jiménez y fueron un elemento esencial para lograr la salida del dictador; o aquellos que, en 1969, participaron en la Renovación Universitaria y lucharon contra sectores afectos al primer gobierno de Rafael Caldera que se negaban a un cambio, quienes apelaron a la intervención universitaria con tanques incluidos; por último recordamos al movimiento de los azules que inició con la Marcha de Desnudos en el 1998 como forma de hacer resistencia a la aprobación del famoso PLES (Proyecto de Ley de Educación Superior) que, al final del segundo gobierno de Caldera, se quería aprobar en plenas vacaciones de agosto.

El espíritu crítico estudiantil se ha visto diezmado en estos últimos años, sin embargo es innegable que hoy el estudiantado demuestra una gran disposición de salir a enfrentar una agobiante crisis económica y una limitada democracia capitalista que, pese a autodefinirse como socialista, en los hechos niega la posibilidad de que las mayorías tomen las riendas de su propio destino. Lo dramático de la situación actual es que, debido a que la mayor parte de la izquierda universitaria se plegó al proyecto nacionalista burgués del chavismo y se tornó conservadora, este ímpetu de la juventud que quiere cambiar su situación es capitalizado y metabolizado por una dirigencia estudiantil plegada a los enemigos históricos del movimiento, los mismos partidos puntofijistas y sus derivaciones, quienes cuando gobernaron reprimieron con saña a los estudiantes, cerraban las escuelas técnicas, y hasta intervinieron la UCV. La confusión es grande, muchos estudiantes salen a pelear y creen combatir al socialismo, sin intentar identificar el origen estructural de los problemas sociales, económicos y políticos que atravesamos como país. ¿Es posible construir un movimiento que construya su propia agenda y no termine siendo funcional al Estado, al poder económico o a los partidos del statu quo? No solo estamos convencidos de que así es, sino que además consideramos que la única salida a la crisis del país es la construcción de un programa político propio de los sectores populares y obreros y la movilización en pos de los objetivos en él trazados.

3. Romper la camisa de fuerza de la burocracia estudiantil

La superficialidad del discurso de ambos bandos (MUD y gobierno) termina dominando también al movimiento estudiantil. Por más de una década, la polarización ha llevado a ver la realidad de una forma sesgada, desquiciada… se critica un autoritarismo, pero se callan otros. En las universidades autónomas, si se protesta contra alguna decisión de las autoridades, sectores reaccionarios dirán “le estás haciendo el juego al chavismo”. En las universidades experimentales, la situación es la misma: los grupos estudiantiles deben funcionar como unos gestores de las autoridades dedocráticas de turno, que se dicen de izquierda, pero que en las acciones resultan tan o más reaccionarias que las autoridades de las universidades autónomas. En consecuencia, denunciar alguna irregularidad en una universidad experimental es considerado “hacerle el juego a la derecha”; la mayoría de esos grupos solo sirve para mantener el actual estado de relaciones.

Así vemos cómo en el movimiento estudiantil venezolano predominan grupos que no defienden los intereses del estudiantado, sino que se pliegan a los de arriba y olvidan su rol primigenio: pasan a ser representantes de las autoridades o del gobierno ante los estudiantes en lugar de ser representantes de los estudiantes. Es una inaudita inversión de roles que ha traído numerosas derrotas, y entonces se asumen como normales cosas que de principio no lo son: defender una ley antiestudiantil, ser vocero de la propuesta de una autoridad que menoscaba los derechos de los estudiantes, prohibirle la entrada a una asamblea a un estudiante solo porque se sabe que es de una postura contraria, decir que algo no se puede cambiar porque “está así en la ley”, aceptar inscripciones por promedio y hasta defenderlas, usar elementos símbolos de la Policía Metropolitana puntofijista (gases lacrimógenos) o de los nazis (brazaletes) para intimidar y hacer callar, ponerse del lado del patrono Estado y no de la clase trabajadora cuando hay una huelga, bajo el argumento de que “no podemos perder clases”.

Acciones de ese tipo las vemos en el chavismo y en las juventudes de los partidos tradicionales de derecha. Habría que preguntarle a unos cuantos grupos oficialistas en qué momento de la historia acciones que eran típicas de las derechas en el puntofijismo pasaron a ser revolucionarias. A fin de cuentas, se trata de dos posturas entre las que no vemos mayor diferencia, y con las que resulta debatir sobre los problemas de fondo.

Franquear un debate se vuelve un calvario porque surgen etiquetas basadas en esa emocionalidad; se supone ahora que todo venezolano que se reivindique de izquierda debe ser chavista o madurista, como si acaso aquel que no haya creído en el proyecto político de Chávez y que se supone continúa Maduro tiene que ser obligatoriamente de derecha, como si acaso no pudiera haber puntos de coincidencia entre estudiantes que votaron por Maduro, estudiantes que votaron por Capriles y estudiantes que se abstuvieron o votaron nulo. ¿No pueden coincidir en reivindicaciones y derechos, por ejemplos? Hay quienes intentan hacer ver que no es así. Son chantajes baratos de los que ya nos cansamos, chantajes que responden a esa forma desquiciada, sesgada y reduccionista de ver la realidad que tanto favorece a que no se atiendan las reivindicaciones, a que se abandonen las luchas, y que el actual estado de cosas se sostenga.
No es de sorprender entonces que año tras año acudamos a un espectáculo lamentable en las universidades donde aún se hacen elecciones (porque hay casos como el de la ULA en el que no se hacen elecciones de la FCU desde hace 6 años): las elecciones estudiantiles se han convertido en una escuela de grandes macollas a las que no les interesa discutir sobre lo cualitativo de la política universitaria. Se caracterizan por un vacío de ideas impresionante, sin grandes debates ni análisis universitarios. Lo fundamental es quién tiene más votos, qué se obtiene a cambio de apoyarlo. ¿De qué ha servido que se siga haciendo énfasis en la fuerza cuantitativa, esa en la que se va a un cargo porque se pertenece a un partido más grande o a una facultad con más votos? ¿Qué ha generado asumir este tipo de prácticas?: pues tener a dirigentes con pocas herramientas y/o intereses para defender lo justo en los diferentes espacios de decisión de la universidad (Consejos de Escuela, Facultad y Universitario); son “dirigentes” incapaces de defender las conquistas del gremio o ampliarlas.

Se pelean por estar en un Consejo Universitario o en una Federación de Estudiantes porque interesa estar cerca de autoridades universitarias para negociar prebendas. Hay universidades en las que vemos arepresentantes estudiantiles organizando cursos en los que les cobran a los estudiantes; en otras,el dirigente estudiantil se concibe como un gestor medio mafioso, medio farandulero: consigue cupos, becas, regala refrigerios y uniformes que sobren de los Juegos Interescuelas, organiza cervezadas y elecciones de reinas. Y si se trata de militantes de algún partido tradicional de derecha o del PSUV, por lo general les interesa más hacer plataforma en sus partidos políticos y salir a la calle a ser candidatos a diputados, alcaldes o gobernadores que defender a los estudiantes, transformar las obsoletas instancias de cogobierno o gremio, o ligarse a las luchas sociales.

En resumidas cuentas, detrás de la polarización que ha venido copando la escena nacional se esconden liderazgos corrompidos que reclaman el apoyo incondicional de sectores descontentos bajo el chantaje de “no dividir para combatir al autoritarismo del gobierno”, o “no hacerle el juego a la derecha”. Es un perverso proceso en el que el movimiento estudiantil y demás sectores universitarios vienen perdiendo importantes reivindicaciones y la democracia de sus organizaciones.

Describimos aquí una dinámica cuyo ejemplo más patético lo tenemos con los seudodirigentes que se pusieron de moda con la no renovación de la concesión de RCTV en 2007. Varios de ellos fueron candidatos a cargos importantes en elecciones regionales y de diputados, mientras que su desempeño en las instancias de cogobierno a las que pertenecieron fue deplorable.

La situación de los estudiantes empeora. Las universidades autónomas tienen una democracia sumamente limitada; en la UBV y la Unefa no se permite la organización autónoma de los estudiantes, en las universidades privadas aumentan la matrícula todos los semestres y tampoco se permiten centros de estudiantes; los jóvenes de educación media y diversificada son cada vez más desatendidos y subestimados; hay una juventud que está fuera del sistema educativo por razones sociales insoslayables como el embarazo temprano.

Los jóvenes y los estudiantes, que ven con ímpetu rebelde cómo este lamentable estado de cosas amenaza su presente y su futuro, deben colocar sus luchas al lado de los trabajadores y del pueblo por la superación de la crisis en una perspectiva realmente revolucionaria. También hay otros escenarios en los que los jóvenes tienden a accionar hoy, en parte porque ya el sistema universitario no es lo que era en cuanto a beligerancia: colectivos ecológicos, en defensa de la diversidad sexual, por la igualdad de género, por los derechos de los pueblos indígenas, por la defensa animal. Son espacios en los que la presencia de una juventud realmente revolucionaria es fundamental para que esas luchas se fortalezcan y no se desvíen por la cooptación de dirigentes burocratizados, bien sea por el gobierno o por la MUD.

4. La polarización nacional expresada en el paro profesoral de 2013

No podemos dejar de tratar con detenimiento el tema del paro universitario de 2013, acaso porque terminó siendo un reflejo del estado actual de la comunidad universitaria.
Lo primero que debe considerarse es el contexto nacional en el que se da el paro universitario; forma parte de un proceso social más amplio en el cual muchos sectores de los asalariados también están en conflicto. Hay una crisis nacional, una inflación que no se puede ocultar; los aumentos de salario se los come enseguida algunas de las devaluaciones disfrazadas que decreta el gobierno.

Por supuesto, la polarización termina desviando muchas de esas luchas porque tanto los intereses de la burocracia del gobierno como los de la MUD tienen fuerza a nivel de las direcciones gremiales y sindicales. Sabemos que si nuestro discurso no trasciende de ese maniqueísmo polarizado, no podremos abordar las expresiones de la crisis nacional en el ámbito universitario.

Todos los sectores de la comunidad universitaria tenían importantes reivindicaciones que plantearle al gobierno: los obreros, empleados y profesionales demandando un aumento salarial y respeto a las condiciones contractuales; los estudiantes con servicios cada vez más depauperados y becas simbólicas; los profesores demandando un aumento acorde con la inflación, contemplado en las normas de homologación, y el reconocimiento de su gremio. Sin embargo, se impuso una lucha compartimentada, en parte debido al éxito de la política gubernamental de sembrar la división en la comunidad universitaria, y en parte debido al sectarismo arrogante y antidemocrático de la dirección gremial profesoral, hipotecada a la MUD.

Vimos casos como el de la dirigencia gremial acusando a todo profesor que se atreviera a dar clases, a reunirse en el aula con los estudiantes de ser un “chavista que no apoya la lucha”. ¿Todo profesor que decida dar clases es porque no está con la lucha?, ¿o es que acaso las únicas formas académicas de estar con el paro es dando “clases magistrales” y aplicando las lucrativas Pruebas Internas? Para esto último sí que no estuvieron de paro… hecho que pareciera a nadie le llamó la atención.

A pesar de las diferencias con la dirigencia antidemocrática del gremio profesoral, con su negativa a mantener asambleas abiertas a todos los sectores para levantar un pliego unitario de exigencias al gobierno, apoyamos la huelga en la medida en que apoyamos un aumento salarial de uno de los sectores más menospreciados a la hora de decretar aumentos; apoyamos el respeto a las Normas de Homologación, el no retroceso ante derechos ya adquiridos. Aquí es donde nos etiquetarían de “escuálidos”, incluso hay quien nos ha dicho que fuimos ambiguos por cuestionar a las autoridades universitarias y a la dirigencia gremial profesoral y al mismo tiempo apoyar el paro.

En realidad, hemos sido consecuentes. Apoyamos las justas exigencias de profesores, obreros y empleados, mientras que los activistas del Psuv y la MUD acomodan de manera oportunista sus argumentos a favor o en contra de las huelgas, dependiendo de cuál gremio o sindicato es el que lo encabeza. Que en el caso de la dirigencia estudiantil chavista, llega al extremo de cumplir el rol de rompehuelgas.

La FAPUV es una entidad paquidérmica y desde hace muchos años buena parte de sus dirigentes están acomodados al statu quo universitario; es incapaz de impulsar la unidad con los demás sectores universitarios debido a sus inclinaciones pro-patronales con relación a las autoridades universitarias, quienes también aplican medidas contra la clase trabajadora. Por eso es incapaz de articular la unidad con los demás sectores universitarios o diseñar una política incluyente respecto a los profesores tercerizados: los tiempo convencional, los llamados “becados” (que no es más que pagar con horas de clases sus postgrados), etc.

Es innegable que la mayoría de la comunidad universitaria está exigiendo aumento presupuestario, aumentos salariales y aumentos en las becas, pero de manera aislada. Es necesario unificar las luchas y la movilización para alcanzar victorias resonantes y, al calor de la lucha, renovar las direcciones sindicales, gremiales y estudiantiles con dirigentes surgidos del propio proceso de movilización, comprometidos con la transformación universitaria y con métodos de conducción verdaderamente democráticos. Hablamos de liderazgos que planteen unaplataforma de lucha unitaria de todos los sectores y no que se limitan a pedir apoyo a los demás sectores, como hemos llegado a leer en comunicados profesorales.

Por eso somos partidarios de las Asambleas Generales. Claro, sabemos que algunos se niegan a esto porque implicaría validar el criterio del voto igualitario en las universidades.
Como en aquel paro universitario de cuatro meses de 1996, aquí la tendencia fue a dejar los espacios universitarios… esa es la eterna dinámica de los paros. Se supone que ocuparíamos los externos… que saldríamos a la calle, que era un paro activo indefinido. El de 1996 también lo era; ¿y qué ocurrió?: se luchó los primeros días y después se cayó en un punto muerto porque los gremios andaban negociando quién sabe qué y cómo.

La crisis universitaria no se resolverá únicamente con aumentos de salarios

Sería miopía política centrarse única y exclusivamente en lo económico. Dado el contexto en el que estamos hoy, el asunto explotó por lo económico, pero la crisis universitaria viene desde hace bastante tiempo y va más allá de ese aspecto.
Hemos leído pancartas de la dirigencia estudiantil proMUD con consignas huecas que solo consideran a los profesores: “sueldos mejores implicará mejores profesores”. ¿Acaso todo profesor pirata dejará de serlo por el hecho de que le dupliquen el sueldo? Tendrían que inscribirse en las universidades experimentales que no dependen del Ministerio de Educación Universitaria, sino del Ministerio del Interior y Justicia, como la Universidad Experimental de Seguridad y la Universidad Marítima; allí los profesores tienen sueldos muy superiores a los de las autónomas (porque al gobierno le interesa más formar a militares y policías que otros profesionales) y ello no exime a esas universidades de la piratería profesoral. Lo mismo ocurre en universidades privadas como la Universidad Metropolitana.
En aras de comprender mejor y debatir con más profundidad el tema de la crisis universitaria, quisimos incorporar cuatro preguntas:

a) ¿Cómo es la conformación de la planta profesoral hoy?

A la triste realidad de los sueldos hay que agregar que el porcentaje de profesores de escalafón Asistente, Agregado, Asociado o Titular disminuye año tras año. El mayor porcentaje es Instructor o contratado. Esto se debe a que ha habido una política sistemática de reponer pocos cargos; es decir, cuando un profesor se jubila, no se abre el Concurso de Oposición para que entre otro profesor. En consecuencia, la universidad debe “administrar la crisis”; entiéndase: recurrir a contrataciones en condiciones nada idóneas. Abundan así los Concursos de Credenciales y escasean los Concursos de Oposición, lo que a su vez generará que cada vez menos profesores tengan derecho a votar porque seguimos regidos por una Ley de Universidades según la cual solo votan los profesores de escalafón.

No reponer cargos del personal universitario en general fue un plan orquestado desde organismos multilaterales como el Fondo Monetario Internacional. Y, lamentablemente, ese plan fue seguido tanto por los últimos gobiernos del puntofijismo como por el chavismo.

b) ¿Cuáles son algunas consecuencias de que haya más profesores contratados que fijos?

El profesor contratado tiene menos derechos laborales y, por ende, menos deberes laborales. Eso explica por qué la universidad ha tenido que “administrar la crisis” con el tema de los TMT (Todo Menos Tesis), por ejemplo. Al no haber profesores fijos, la investigación disminuye, los profesores contratados no pueden asumir tantas tutorías porque deben buscar otros trabajos que complementen un sueldo que ni siquiera alcanza para cubrir la cesta básica. Al disminuir la investigación, entonces vemos a grupos estudiantiles proponiendo cosas absurdas como eliminar las tesis, como si la universidad ya no tuviera que producir conocimiento sino graduar empresarios.

Ese elemento es una pequeña muestra de cómo la situación laboral de los profesores termina afectando la calidad de la enseñanza. Resulta insólito que existan grupos estudiantiles para los cuales “no se debe luchar por la situación laboral de los docentes porque ese no es nuestro problema”.

c) ¿Son los profesores universitarios una clase social en sí misma?

El nivel del debate en torno a lo universitario es tan reduccionista que hay quienes reproducen una afirmación que pretende ser de izquierda: los profesores universitarios son burgueses. ¿Nunca leyeron a Marx?, ¿o solo repiten las categorías semánticas oportunistas que los de arriba les imponen? Para ser burgués hay que dejar de ser un asalariado, convertirse en un patrono, tener rentas de capital. Burgueses son los Mendoza, dueños de la Polar; burgués es Diosdado Cabello.

No negamos que haya profesores burgueses. Lo que decimos es que la condición de profesor no lo convierte en burgués. Sí hay profesores con ínfulas de mantuanos criollos de la Colonia, que aún creen que son habitantes de primera categoría de un señorío cuyos habitantes de segunda son obvios: estudiantes, empleados y obreros (los egresados ni siquiera entrarían en su visión de señorío). Confrontamos con ese pensamiento elitista que lleva a muchos profesores ligados a la MUD a tener posturas rancias como decir que no debe haber ingreso irrestricto a la universidad, o que no todos los miembros de la comunidad universitaria deben votar para elegir autoridades.

Pero hay una gran diferencia de allí a no entender que la mayoría de los profesores universitarios se han convertido en especies de indigentes académicos. Incluso muchos están bajo la figura de Tiempo Convencional seis horas, ganando por debajo del salario mínimo.

¿Es de una “clase privilegiada” quien gana ese sueldo miserable y debe esperar, como suele ocurrir en la UCV, más de un año para cobrar? ¿Es de una “clase privilegiada” el profesor que paga su postgrado dando clases en pregrado? Estos son los llamados “becados”, y resulta que son unos explotados porque jamás un postgrado costará lo mismo que el producto de su trabajo. ¿Qué burgueses van a ser, a fin de cuentas, unos profesores que, como muchos empleados y obreros, están en condición de tercerizados?

d) ¿Cuesta tanto reconocer responsabilidades de autoridades universitarias en la crisis actual?

No se puede ocultar que el hecho de que muchos profesores contratados pasen más de un año sin cobrar es responsabilidad de una burocracia kafkiana creada dentro de la propia universidad. ¿Y qué pasaría si se organizan pupitrazos contra la instancia universitaria responsable de que aún le deban su trabajo de un año o más? Eso sería un paro activo, ¿o no?
Una de las grandes responsabilidades de las autoridades universitarias, como hemos venido diciendo, es dedicarse a “administrar la crisis”. ¿Cuántas veces los Consejos Universitarios han aprobado presupuestos chucutos “bajo protesta”? ¿Por qué no se ha enfrentado firmemente la no reposición de cargos? ¿Cuáles son las partidas presupuestarias que se han visto más afectadas y por qué no se le rinde cuentas a la comunidad universitaria sobre cómo se distribuye el presupuesto?

Hablemos descarnadamente sobre los usos de los espacios deportivos y el papel de la Fundación UCV y la Fundación Andrés Bello, por ejemplo, o la creación de elefantes blancos como Corpoula. Queremos una asamblea general donde la Fundación UCV nos diga cómo distribuye la plata que percibe por concepto de temporada de beisbol, alquiler del Olímpico, etc. ¿Cuánta gente deposita en cuentas que dicen “Ingresos Propios UCV”? Las cuentas de cada facultad por concepto de ingresos propios terminan siendo una cosa muy oscura de la cual pocos tienen idea de cómo funciona. ¿Y todavía hay quien se atreve a decir que se tardan en pagarles a los empleados y profesores contratados “por ingresos propios” porque no está entrando dinero?

¿Para qué debe estar y para qué no debe estar una universidad?

La universidad venezolana refuerza en gran medida los vicios de nuestro sistema educativo, con regímenes castrantes, poco reflexivos. Se falsea la libertad de cátedra para imponer un modo de pensar, una ideología, inclusive una metodología.

Insólitamente, aún encontramos universidades con pupitres pegados unos de otros. Es común encontrar salones con tarimas en las que se ubica el profesor para desde allí hacer un depósito, como diría Freire cuando habló de “educación bancaria” en su Pedagogía del Oprimido. El lugar para hacer ese depósito no es otro que los cerebros de los estudiantes. Se sigue enseñando desde la “clase magistral”, con poca reflexión sobre el contexto, con un conocimiento fragmentado, con pocas oportunidades para la evaluación.

Así las cosas, no debe sorprendernos que muchos profesores decidan de forma arbitraria cuál autor resulta obsoleto y cuál no. Todo lo que implique una lectura crítica del sistema económico y político que nos oprime puede ser calificado de obsoleto. Por eso es que en carreras humanistas y de las ciencias sociales se lee cada vez menos a Marx, Sartre, Freire, etc. Por eso es que se insiste en impartir conocimiento desde el Positivismo más rancio, y se alega que “lo científico” es básicamente lo cuantitativo. Hay que ser demasiado ingenuo para no entender que esa postura responde a intereses de una institucionalidad que quiere mantenerse incólume, que está al servicio de una clase dominante. La universidad termina siendo un espacio que reproduce la lucha de clases toda vez que organiza el conocimiento en función de que no cambien las relaciones de poder entre quienes tienen los Medios de Producción y quienes debemos conformarnos con ser unos explotados que adquirimos unos “conocimientos” para luego entregar nuestra plusvalía como mano de obra calificada.

La universidad es encomendada por la clase dominante para fungir de especie de fábrica de robots: todos iguales, dispuestos a salir a aplastar, a consumir, a competir. Hay una palabra clave en ella: competencia. Si al menos se cumpliera el artículo 1 de la Ley de Universidades que nos dice que se trata de una comunidad de intereses espirituales que reúne a profesores y estudiantes en la tarea de buscar la verdad y afianzar los valores trascendentales del hombre, ya nos habríamos dado cuenta de que la búsqueda de esa verdad implica que a la universidad no la forman solamente profesores y estudiantes… es decir, ese primer artículo ya tendría que haber sido rescrito.

Debe existir un ejercicio de democracia y autonomía en el aula de clases que enseñe para la justicia y la independencia; enseñar significa aprender y viceversa. Lo importante es construir un diálogo que nos haga críticos, analíticos y reflexivos al contrastar la teoría con la realidad. Pero ello debe hacerse a través de estrategias didácticas junto con relaciones democráticas que permitan elevar nuestras potencialidades como futuros profesionales con sensibilidad social, comprometidos con dar respuesta a las demandas sociales del país.

Lejos de ese escenario, el egresado suele salir convencido de que debe sobrevivir con un título; que eso del bien de la comunidad, de la transformación de la sociedad son utopías de románticos inmaduros. La mayoría de los egresados sale convencida de reproducir en sus espacios patrones que le impusieron: “la realidad no se puede cambiar”, “la investigación está para reproducir el sistema y no para su transformación”.

Como diría La Polla Records en su tema “Tan sometido”, dedicado a las universidades: el mercado laboral pronto va a necesitar gente con preparación, no pensar ni criticar, sumisión y adaptación (…) y llaman universidades a criaderos de mutantes.

¿No será porque el Artículo 4 de la actual Ley de Universidades es uno de los más violados?: La enseñanza universitaria se inspirará en un definido espíritu de democracia, de justicia social y de solidaridad humana, y estará abierta a todas las corrientes del pensamiento universal, las cuales se expondrán y analizarán de manera rigurosamente científica. ¿Cuál espíritu de democracia hay en una universidad en la que el voto de un estudiante no vale ni una décima con respecto al de un profesor?, ¿por qué la relación profesor- estudiante sigue siendo autoritaria en su didáctica y evaluación?

La universidad tiene que ser un espacio para despertar conciencias, para organizarse contra todo opresor dentro y fuera de ella, para producir conocimiento y no exponer conocimiento refrito, para cuestionar la forma en que funcionan las instituciones del Estado y la economía… y salir a cambiarlas, a humanizarlas, a destruirlas si es necesario y construir otra nuevas…

5. Perfilando a ese movimiento estudiantil

Con un panorama así, ¿cuál es el movimiento estudiantil que necesitamos construir? En principio, debemos entender que sus luchas no son aisladas, que lograr una transformación universitaria implica involucrar a toda su comunidad: empleados administrativos, obreros, profesores, egresados y estudiantes. Parafraseando aquella frase de Peter Tosh de que no todo hombre negro es tu amigo, ni todo hombre blanco es tu enemigo, para nosotros es claro que no todo profesor es un enemigo ni que todo estudiante es nuestro aliado. Es la lucha concreta la que va decantando campos.

Otro elemento esencial es que necesitamos combatir el apoliticismo en el movimiento estudiantil. Tenemos claro que desde los años ochenta ha venido calando en muchos jóvenes un discurso antipartido que es parte de la ideología de la postmodernidad: esa que con teóricos agentes de la CIA como Fukuyama nos habla del fin de la historia, de la muerte de los metarrelatos (que puede resumirse como la muerte de toda posibilidad de generar cambios profundos en la sociedad), de la muerte de los partidos políticos; esa que trasladó pintorescamente un planteamiento de Foucault sobre la microfísica del poder a lo universitario para que unos jóvenes ingenuos digan: “es que a mí solo me interesa mi escuela, no quiero saber nada de política ni ideologías”. Claro, no se percata de que su ideología es la postmodernidad. Una cosa es oponerse a los partidos burgueses que han corrompido al movimiento estudiantil, y otra muy distinta asumir que un partido es un mal per se llámese como se llame. Para nosotros, un partido es un instrumento, no es un fin en sí mismo.
Creemos también en la construcción de un movimiento amplio, que tenga un perfil democrático, que considere las opiniones de cada uno de sus integrantes, que asume para dentro y para afuera del movimiento aquella consigna del Mayo Francés: “El debate es nuestro penúltimo cartucho”. Y ese debate debe incluso incorporar la discusión de las fallas organizativas, de los errores que se cometan; es decir, no creemos en la infalibilidad de la que se jactan otros grupos estudiantiles, sí creemos en una autonomía creativa que dé un vuelco a la forma de emprender las luchas.

Es insoslayable disputar la conducción del movimiento estudiantil a los sectores que hoy lo vienen dirigiendo. Hay que sacarlo de la influencia de la oposición de derecha y del chavismo e inscribirlo en la articulación de la luchas de los trabajadores y sectores populares, en el torrente común por los verdaderos cambios que reclama el país.

Se trata de un gran reto, pero así como en el seno de los trabajadores existen importantes sectores que se vienen desprendiendo de la manipulación de un gobierno que cercena la autonomía de los sindicatos ejecutando una política capitalista, en el movimiento estudiantil hay sectores que se vienen levantando en contra de la manipulación de los medios de comunicación, partidos de derecha, empresarios y autoridades universitarias.

Queremos construir un movimiento estudiantil que no se quede sólo con lo que ocurre dentro de las universidades, como si esa realidad estuviera aislada del resto de la sociedad. Sabemos que la fragmentación ha sido otra de las tácticas de muchos teóricos de la postmodernidad y que hoy cierta izquierda opta por la vía de la fragmentación de las luchas. No estamos negando que existan particularidades, sino que vemos la necesidad de articular estos sujetos populares en lucha. Desde los discursos postmodernos, hay un interés muy grande en que se renuncie a sujetos históricos que impliquen hablar de clases sociales, como si se tratase de revanchismo y no de una realidad que origina la desigualdad ante la propiedad. Somos iguales ante la ley, pero desiguales ante la economía, y en la práctica, no tenemos los mismos derechos.

De lo anterior se deriva entonces que un movimiento estudiantil que no se vincule con las luchas encarnizadas que libran nuestros pueblos indígenas contra las transnacionales que tan contentas están con sus concesiones obtenidas en pleno “socialismo del siglo XXI”, que no se solidarice con una clase obrera cada vez más golpeada por la política económica del gobierno, con la exclusión por condición sexual o color de piel, que crea que los artistas son unos hippies a los que solo debe invitársele para tomas culturales, es un movimiento estudiantil atomizado, aletargado, postmoderno que nunca entenderá el potencial crítico y combativo de cada sector social. Necesitamos un movimiento estudiantil que ubique críticamente su propio rol en la sociedad de la que forma parte.

Por último, necesitamos una juventud que trascienda la coyuntura que le impone la polarización. Dejar que siempre uno de los dos polos imponga agenda es renunciar a ser vanguardia, vivir en la inmediatez y ser reactivos. Y así es difícil transformar. Es hora de que construyamos nuestra propia agenda y nos movilicemos en pos de ella.

6. ¿De qué transformación hablamos?

Las universidades deben transformarse en espacios más democráticos, espacios en los que se reconozca que hablar de comunidad universitaria implica hablar de empleados administrativos, obreros, profesores, egresados y estudiantes. Los tiempos en los que hay profesores de segunda, que no tienen ni siquiera derecho a votar, deben terminar. Queremos que se hagan evaluaciones profesorales y se publiquen los resultados (como son públicas las notas de los estudiantes), que se discuta de una buena vez y de forma democrática la situación curricular, las excluyentes políticas de admisión, las causas de los altos índices de repitencia, la actualización de nuestras bibliotecas y su apertura en horarios más amplios.

En el marco de nuestros planteamientos asumimos, pues, los siguientes postulados:

a) Democracia interna. Defendemos un régimen de democracia universitaria que garantice la igualdad de derechos políticos para profesores, estudiantes, empleados, obreros y egresados, que sostenga una planificación presupuestaria y un control del gasto democrático y transparente; así, se pondrían a disposición de la comunidad universitaria los documentos referidos a la ejecución del presupuesto para la observación y revisión permanente. En ese sentido, defendemos la asamblea universitaria como máxima instancia de decisión. Es allí donde podemos decidir cómo distribuir los ingresos propios de nuestras universidades.

No somos tontos como para no darnos cuenta de que el significado jurídico de la palabra experimental en el nombre de una universidad sigue siendo el mismo que el del puntofijismo: en una universidad experimental, su comunidad ni siquiera tiene derecho de elegir a sus autoridades. Además, ya no sólo se trata de que sean electas a dedo, sino de que esas autoridades conforman instancias de cogobierno con representantes escogidos por ellas mismas… ¿no era el dedocratismo de los decanos para imponer directores una de las cosas que más criticaron ex dirigentes estudiantiles que hoy son parte del gobierno?

b) Autonomía universitaria. Este es un punto fundamental. Estamos a favor de la inviolabilidad del recinto universitario, del autogobierno universitario, pero no quiere decir que apoyemos la corruptela y el autoritarismo imperantes en las universidades autónomas. La autonomía a defender no puede ser otra que la que permita hacer los cambios necesarios a lo interno para que su interacción para el bien común y el desarrollo del país; utilizar el saber para frenar las desigualdades sociales, salir de la dependencia tecnológica y rentística, ser crítico e independiente ante el poder económico, político y cultural.

Exigimos que se eleve al rango de universidades autónomas a todas las universidades experimentales, y que se reconozca el derecho a la organización estudiantil en la UBV, la Unefa y cada una de las universidades privadas en las que se prohíbe su existencia.

Rechazamos cualquier intento de imponer estructuras de gremio estudiantil que deban rendir cuentas al gobierno que sea, como lo dice la nefasta propuesta de Reglamento de los Consejos Estudiantiles. La autonomía de una universidad debe incluir incluso la libertad para que los estudiantes hagamos nuestros propios reglamentos de elecciones, sin nada impuesto. ¿Debe forzosamente una Universidad de las Artes tener la misma forma de elegir gremios y cogobiernos que una Universidad de Seguridad?

Abogamos por la necesidad de transformar la universidad desde adentro, sin imposiciones. Es esa la autonomía que defenderemos; no la de un statu quo cómplice de los sistemáticos atropellos de los que somos objeto los estudiantes. Hay que hacer un cuestionamiento frontal a aquellos que hablan de autonomía, pero que luego salen a negociarla por el simple hecho de que no se tocan sus intereses; de igual manera lo haremos con aquellos que fueron autonomistas ayer, pero que sumisamente hoy gritan “intervención”.

c) Ingreso irrestricto. La universidad debe permitir el ingreso irrestricto, sin otro requisito que el título de bachiller, aunque sabemos que ello implica un mayor presupuesto. Para viabilizar el derecho democrático al estudio universitario, las universidades deben implementar cursos preparatorios para que los bachilleres que lo requieran puedan contar con las herramientas mínimas para los estudios universitarios; en el mediano plazo, la universidad debe promover reformas en todo el sistema educativo tendientes a superar la crisis actual y garantizar que todos los bachilleres estén preparados para los estudios universitarios. Esto en el entendido de que la medida administrativa de suprimir las pruebas de ingreso no basta por sí sola para la superación de la crisis estructural del sistema educativo, a la cual se deben las más odiosas exclusiones. La irresponsabilidad cometida en el 2013 por el decanato de la Facultad de Humanidades y Educación de la UCV al excluir a personas con disfuncionalidad visual de la Prueba Interna y la consecuente intromisión del TSJ es una muestra de los disparates que se están cometiendo en materia de exclusión.

d) Presupuesto. Alguien que sea realmente de izquierda, no tendrá ningún problema en que se reduzca el sueldo de los diputados, que se reduzca el sueldo de nuestros militares, los dos sueldos de Rafael Ramírez, se eliminen las exenciones de impuestos a las transnacionales, y en su lugar se aumente el presupuesto de la Educación y se aumenten los salarios de los médicos y educadores. Sería justicia. ¿Para qué puede servir un conocimiento que no alcanza para dar de comer al que lo enseña? El desprestigio del conocimiento, de la cultura y de la salud es una marca de esta sociedad. Y eso hay que combatirlo.
El incremento del presupuesto universitario serviría para reoxigenar a la investigación y extensión, tan golpeadas en estos últimos años. Ya es raro que se hable de equipar los laboratorios de las universidades, financiar los trabajos de campo de muchas de nuestras carreras, tener becas contextualizadas con la realidad del estudiante, preparadurías y pasantías equivalentes al sueldo mínimo, incrementar el número de beneficiarios (deportistas, bomberos, estudiantes, investigadores); dotación permanente de nuestras bibliotecas (digitalización y actualización); mejora del funcionamiento de los comedores universitarios; mantenimiento y adquisición de nuevas unidades de transporte; optimización del funcionamiento de los servicios médicos; recuperación y mantenimiento de las canchas y los campos de las universidades; construcción de sedes a Escuelas o Facultades que aún no las tienen.

e) Reivindicaciones estudiantiles. Quisiéramos recordar acá unas palabras de un personaje de la novela 1984 de George Orwell: “Cada año habrá menos palabras y el radio de acción de la conciencia será cada vez más pequeño”.

Si hay algo de lo que debemos estar conscientes es de cuáles son los cercos de palabras que nos van imponiendo. Detengámonos a pensar en palabras que han caído en desuso en las universidades: reivindicaciones, providencias, pasantías (ahora se habla de ayudantía), gremio. Es común encontrar que quien es electo para el cargo de Secretario de Reivindicaciones de una Federación o de un centro de estudiantes no tiene una mínima idea de cuáles son sus funciones. El trabajo que tenemos por delante es arduo.
La movilización y la organización por la mejora de los servicios de comedor, transporte, residencias no son protestas trasnochadas, como podría derivarse de la composición social del estudiantado de algunas universidades. No… aún muchos estudiantes necesitamos de esos servicios, como también necesitamos reapropiarnos de los espacios deportivos y culturales, cuyos usos y/o desusos son fiel reflejo del estado de aletargamiento de los estudiantes.

¿Debemos soportar pasivamente que se sigan haciendo Concursos de la Reina en el marco de la Semana del Estudiante, que denigran a la mujer venezolana cual Miss Venezuela (evento que ahora hasta emisoras del gobierno promocionan dados los acuerdos con los Cisneros)? Creemos que el potencial artístico y creativo de los estudiantes es demasiado grande como para reducirlo a los típicos eventos institucionales. Ahora bien, salir de los lugares comunes “culturales” que impulsan las instancias universitarias pasa por entender que el perfil de nóveles artistas a proyectar es aquel del que nos habla César Vallejo:
El artista es, inevitablemente, un sujeto político. Su neutralidad, su carencia de sensibilidad política, probaría chatura espiritual, mediocridad humana, inferioridad estética. Pero ¿en qué esfera deberá actuar políticamente el artista?… el arte no es un medio de propaganda política, sino el resorte supremo de creación política.

7. A manera de corolario…

Nada de lo que se dice en estas líneas lo impulsarán las castas profesorales enquistadas desde hace años; tampoco creemos que ayude mucho el fanatismo político-religioso basado en el discurso del amor, corazones y cartas de amor incluidos, cual Gran Hermano en la ya mencionada novela 1984 de Orwell. Buscamos trascender el maniqueísmo tan favorable a los de arriba; ese que lleva a muchos estudiantes izquierdistas a apoyar viejas tácticas copeyanas como aprobar leyes sobre educación y paquetazos neoliberales en vacaciones. Es ese fanatismo político-religioso, mirando un momento al otro extremo, desde el que se nos dice que “cualquier protesta contra autoridades lleva a facilitar una intervención universitaria”.

Es impostergable disputarle la conducción del movimiento estudiantil a quienes hoy lo colocan al servicio del ala ultra de la MUD. Dotándonos de un cuerpo de definiciones políticas y de una ética distinta al abordar el ejercicio del liderazgo, para confluir en el torrente de las luchas de los trabajadores y de los sectores populares.

Si decidimos empezar estas líneas con una frase de Yo, el Supremo no es sólo porque se trate de una novela emblemática en torno a la crítica al caudillismo latinoamericano, que tanto daño nos ha hecho como pueblo. También es porque consideramos esencial el tema de la memoria. Queremos construir un movimiento estudiantil que no pierda la memoria, que no olvide quiénes fueron Noel Rodríguez, Belinda Álvarez, Richard López. Y nuestra memoria no debe depender únicamente de aspectos emocionales (estomacales, diría Roa Bastos). Con este autor paraguayo, reafirmamos que no somos los primeros en “nombrar las cosas”, que podemos errar de una forma nueva (pero que erramos para corregir), que nuestra memoria es colectiva y no individual. Y que en la consecuencia con nuestra historia está una de las claves para el rescate de las potencialidades creadoras y revolucionarias del estudiantado.

Es en un sentido colectivo que podemos entender otra frase literaria sobre el valor de la memoria, una frase con la que queremos cerrar como un humilde tributo a Sabino Romero, baluarte defensor de los derechos de los pueblos indígenas asesinado el 3 de marzo de 2013 por sicarios defensores de intereses del capital transnacional y de terratenientes en la Sierra de Perijá:

“La lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido.”
Milan Kundera en El libro de la risa y el olvido

Caracas, abril de 2014

Julio César Mancilla, consejero estudiantil de la Facultad de Humanidades de la ULA

Josver Barboza, estudiante de la Escuela de Derecho de la Universidad Rafael Belloso Chacín y directivo de Sintrabopsurz

Jesús Marcano, estudiante de la Escuela de Economía de la UCV

Carlos Parra, estudiante de la Escuela de Criminología de la ULA

Edson Rodríguez, estudiante de la Escuela de Medicina de la ULA

Jesús García Sayago, estudiante de la Escuela de Comunicación Social de la UCAB-Guayana.

Bárbara De Armstrong, estudiante de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Fermín Toro

Rafael Farrera, estudiante de la Escuela de Historia de la UCV

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