Rusia: un país capitalista imperialista con un régimen represor y asesino

0

Por José Castillo (dirigente de Izquierda Socialista-Argentina/UIT-CI)

La invasión de Putin a Ucrania ha vuelto a tornar indispensable precisar la caracterización de qué es actualmente Rusia y su régimen político. Nuestra definición es categórica: Rusia es un país capitalista imperialista con un régimen político bonapartista, ejercido autoritariamente por Vladimir Putin, represivo y opresor hacia todo tipo de oposición política y social, hacia las mujeres, las minorías étnicas y las disidencias sexo-genéricas. Sangriento interno y externamente, como ya se había visto en su rol con los bombardeos sobre Siria, en apoyo al dictador Al-Assad. No cumple ningún rol “progresivo” ni “antiimperialista”.

Hay sectores de la izquierda mundial (ex stalinistas, castristas, chavistas) que ven aspectos progresivos en la actual Rusia de Putin; fundamentalmente tienden a ubicarlo como un país “agredido” política, económica y hasta militarmente por el imperialismo yanqui, y en segundo lugar por el europeo. Esto también se repite, más matizadamente sin duda, en el trotskismo, donde llega a haber corrientes que incluso insisten en que no se ha culminado el proceso de restauración capitalista (como el Partido Obrero de Argentina).

Para nosotros, la definición es tajante: Rusia es un país capitalista imperialista. La restauración se completó a comienzos de 1992, luego de la disolución de la URSS en diciembre de 1991. Tras un proceso complejo y cruzado por crisis de todo tipo, Rusia terminó consolidándose como una potencia imperialista a comienzos del siglo XXI (menor por supuesto que los Estados Unidos, las principales potencias de la Unión Europea y China).

En el proceso de restauración de la década del 90, habían surgido los primeros grandes capitalistas (conocidos como “los oligarcas”) que se hicieron de la propiedad de las más grandes empresas de la ex URSS. La crisis económica de 1998 marcó el final de esta primera etapa, de “acumulación originaria” del nuevo capitalismo ruso, cuando el país entró en default de su deuda externa. Señaló también el fin de la era de Boris Yeltsin, el primer mandatario que surgió tras la restauración, que terminó renunciando en 1999.

El segundo momento comenzó a partir del ascenso de su sucesor, Vladimir Putin. Ahí se produjo un fuerte disciplinamiento de los viejos oligarcas (varios de ellos terminaron en prisión o fueron obligados a vender sus empresas, siendo los casos más paradigmáticos los de Mijail Khodorkovsky y Boris Berezowsky ex dueños respectivamente de las empresas de energía  Yukos y Sibneft). En ese comienzo del siglo XXI se reconstituyeron algunos fuertes conglomerados del estado (el más importante Gazprom), y los oligarcas que sobrevivieron se disciplinaron al poder político, viéndose obligados a compartir el poder económico con los burócratas políticos (los llamados “silovarcas”, que provenían de la elite militar y de los servicios de seguridad).

Putin, que logró consolidar su liderazgo en base a una política fuertemente represiva, cuya máxima expresión fue la segunda guerra de Chechenia, a los pocos años de comenzar su mandato coincidió con una importante estabilización y recomposición económica. Si en la década del 90 la economía rusa había caído fuertemente, en el siglo XXI se dio un proceso de ascenso, basado en el ciclo de altos precios del petróleo y el gas. Y también, aunque con menos impacto, de las commodities alimenticias. Desde 1999 en adelante el comercio exterior y la cuenta corriente de la balanza de pagos fueron holgadamente superavitarios todos los años, permitiendo una acumulación astronómica de reservas en las arcas del Banco Central de Rusia. De acuerdo al Banco Mundial, las reservas pasaron de 12,3 mil millones de dólares en 1999, a 479 mil millones en 2007. Luego siguieron aumentando, aunque a un menor ritmo. Así, antes de la guerra de Ucrania alcanzaron un máximo de 633 mil millones de dólares (casi la mitad de las cuáles fueron congeladas por Estados Unidos como represalia a la invasión).

Todo este fortalecimiento llevó a Rusia a lograr recobrar un cierto espacio en las relaciones económicas y políticas internacionales, en particular a partir de la conformación del bloque BRIC (Brasil, Rusia, India y China). Sin embargo, hay que aclarar que todos estos logros no lograron revertir la fuerte caída en el nivel de vida de la clase trabajadora rusa que se dio con la restauración.

En la segunda década de este siglo, los resultados económicos ya no fueron los mismos. El crecimiento económico se hizo más lento y luego se estancó. Esto tuvo sus consecuencias sobre el propio debilitamiento que se fue dando en el gobierno de Putin. Pero de ninguna manera quita que Rusia se ha reconstituido luego de los primeros años de la restauración y sigue siendo a la fecha un importante país capitalista imperialista.

El carácter de potencia regional del capitalismo imperialista ruso

 Precisemos que entendemos por país imperialista, a partir de las propias características que precisa al respecto Lenin[1]: la existencia de grandes monopolios capitalistas; la presencia del capital financiero; el desarrollo de transnacionales; el despliegue de esos monopolios transnacionales en la economía internacional y el reparto territorial o “zonas de influencia” por parte de las potencias imperialistas.

 Por supuesto que la Rusia actual está muy lejos de la “superpotencia” que era la URSS. Se trata hoy de una potencia imperialista, aunque sin duda de un menor tamaño e influencia que los Estados Unidos o las principales de la Unión Europea (Alemania, Gran Bretaña, Francia). También es visiblemente más pequeña que China. Su economía está en el puesto número 12 del mundo, siendo, de hecho, similar en tamaño a la de Brasil. Para comparar: su PBI es equivalente al 7% del de Estados Unidos. El nivel de vida ruso es mucho más bajo: medido en términos de PBI per cápita, está en el puesto 69 de entre 196 países.

El poderío de Rusia se basa en su tamaño, con 17 millones de kilómetros cuadrados, lo que le da enormes márgenes de acción geopolítica y más de 150 millones de habitantes. Además, el hecho de que Rusia haya heredado al poderoso estado soviético, en lo militar y científico, posibilitó que, tras la restauración, pudo saltar etapas y convertirse en un lapso relativamente corto, tras la estabilización de fines de los 90 y luego de la crisis de 1997, de un estado obrero burocrático y superpotencia nuclear y militar en una metrópoli imperialista.[2]

Centrando en una de las características planteadas por Lenin (una potencia que participe del reparto del mundo, política y económicamente), el poderío ruso se expresa centralmente en su área de influencia: los propios países no rusos que pertenecen políticamente a la Federación Rusa, como los estados de la ex URSS de su frontera este (Bielorrusia, Ucrania y Moldavia), de la zona del Cáucaso (Armenia, Georgia y Azerbaiján) y de Asia Central (Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán, Turkmenistán y Uzbekistán). En Europa, la influencia rusa se hace sentir particularmente en Serbia.

En todos estos países tienen peso central las empresas transnacionales rusas (otra de las características requeridas por Lenin, que detallaremos más adelante). Pero además en muchas de ellas están también instaladas bases militares rusas, que también se han extendido a otras áreas geográficas, como las dos que existen actualmente en Siria (naval de Tartus y aérea de Jmeimim).

Rusia es una potencia militar y nuclear. Cuenta con un ejército de 900.000 efectivos y 300.000 reservistas. El de Rusia es el quinto presupuesto militar del mundo, ascendiendo a 61.000 millones de dólares, sólo superado por los de Estados Unidos, China, Gran Bretaña e India. Y posee 5.977 ojivas nucleares. Esto coloca a Rusia en el segundo lugar mundial de las exportaciones de armas, con el 23% del total (por detrás de Estados Unidos, que tiene el 36%, pero por delante de China, que posee el 5,2% de dicho mercado).

Rusia hizo uso de su poderío militar en sus operaciones contra Georgia en 2008, en 2014 cuando ocupó Crimea, en las operaciones en apoyo al dictador Bashar Al-Assad en Siria desde 2015 y nuevamente a partir de febrero de este año cuando lanzó la invasión a Ucrania.

La invasión a Ucrania mostró, por una parte, el poderío militar ruso, pero por otra también sus debilidades. Durante los meses del conflicto se ha comprobado que si bien el país sigue teniendo un arsenal militar infinitamente superior a Ucrania, este ha mostrado sus limitaciones, tecnológicas, logísticas e incluso de crisis internas en los altos mandos.

Una estructura económica liderada por el gas y el petróleo

Económicamente, Rusia es sin duda la mayor superpotencia energética, con presencia fundamental tanto en gas como en petróleo. Sus gasoductos (NordStream 1 y 2) resultan fundamentales para el abastecimiento europeo.

Rusia es, además, uno de los mayores productores de minerales del mundo. Es el tercer productor mundial de oro, el segundo de platino, el cuarto de plata, el tercero de Níquel, el segundo de cobalto, el quinto de mineral de hierro, el sexto de uranio y el tercero de azufre. Es el principal productor de diamantes del mundo, con el 25% del total. Posee además las mayores reservas de recursos forestales y la cuarta parte del agua dulce sin congelar del mundo.

Rusia también es una potencia en la exportación de alimentos de clima templado, destacándose en el trigo, donde competía con Ucrania el lugar de primer productor mundial al comienzo de la invasión.

Por otra parte, tiene una presencia importante en la industria del transporte ferroviario y la metalurgia en general. En lo bancario y financiero, si bien no se ha transnacionalizado por fuera de su área de influencia, mantiene una fuerte autonomía, como veremos cuando analicemos las consecuencias de las sanciones económicas tras la invasión a Ucrania.

Finalmente, Rusia conserva una presencia destacada en la ciencia y la técnica, en particular en lo nuclear y lo aeroespacial, producto de haber heredado estos activos de la ex URSS.

Los monopolios transnacionales rusos

Entre sus gigantescas empresas mixtas (con mayoría estatal, pero asociadas a las principales transnacionales del mundo) se encuentran las energéticas Gazprom (una de las principales empresas de energía del mundo, líder en gas, pero con presencia en todo el negocio de los hidrocarburos) ; Rosneft (petrolífero y gasífera); Novatek (primer productor de gas independiente del país, propiedad de Leonid Mikhelson, primera fortuna de Rusia, y de Gennady Timchenko, quinta fortuna del país); Lukoil (petrolera, propiedad de Vagit Alekperov, tercera fortuna de Rusia) y TNK-BP (exploración, refinación y comercialización de petróleo).

El sector energético, sin duda el más poderoso de la economía rusa, ha demostrado fortaleza y capacidad para resistir una buena parte de las sanciones que recibió tras la invasión a Ucrania. Lo hizo vendiendo a China e India el petróleo y el gas que dejaron de comprarle los países occidentales. Incluso logrando que sus ingresos se dupliquen en los últimos meses, según datos de la Agencia Internacional de Energía. De hecho, las importaciones marítimas de la India desde Rusia aumentaron más de un 1.700% durante este período. Rusia también ha incrementado las exportaciones de gas a China a través de un gasoducto siberiano.

En el área de transportes está Ferrocarriles de Rusia (RZhD, una de las más importantes empresas ferroviarias del mundo); AvtoVaz (productor de los automóviles Lada, en sociedad con Renault-Nissan, que tienen el 25% de las acciones); Kamaz (productor de camiones y motores diesel, donde la alemana Daimler posee el 11% de las acciones) y Aeroflot (línea aérea de bandera, miembro de la alianza internacional Sky Team).

En la minería se destacan Nornickel (Níquel en particular, propiedad de Vladimir Potanin, sexta fortuna rusa, controlando también Rosbank, uno de los principales bancos rusos);  Alrosa (primer productor mundial de diamantes) y Polyus (oro).

En la industria encontramos a Sibur (mayor petroquímica del país, también propiedad de Gennady Timchenko); Severstal (siderurgia, propiedad de Alexey Mordashov, cuarta fortuna del país); NLMK (Novolipetsk, metalurgia, propiedad de Vladimir Lisin, segunda fortuna de Rusia), y Metalloinvest (metalurgia).

Entre 2002 y 2013, el año de mayor flujo saliente de inversión extranjera generada por Rusia, esta se multiplicó por 20. Luego el número se mantuvo estable.

Las transnacionales rusas se encuentran extremadamente concentradas en los países de su periferia más cercana. Armenia, Uzbekistán, Bielorrusia, Moldavia, Kazajistán, suman tres cuartos del stock. Por fuera de esa área las inversiones rusas se dirigieron principalmente a Italia, Alemania, Gran Bretaña, Turquía, Suiza e Irak.

Por contraposición, la presencia del capital extranjero en la propia Rusia no es preponderante. En los últimos años se mantuvo estable en valores de 6,3%, 7,3% y 6,4%. E incluso una parte de estos valores provienen de paraísos fiscales como Chipre, Islas Vírgenes Británicas, Bahamas, Bermudas, lo que hace presuponer que en gran parte se trata de propios capitales rusos que hacen uso de la extraterritorialidad para minimizar el pago de impuestos, más que de auténtico capital extranjero.

Por último, el poderío económico ruso también se expresa en las fortunas personales. Según el índice que publica la revista Forbes, en 2001 había 8 multimillonarios, que acumulaban 12.400 millones de dólares. En 2021 el número ya había crecido a 101 personas, con un valor total de 432.700 millones de dólares en sus activos.

El capital financiero y comercial

Remitiéndonos ahora a la presencia del capital financiero (otra de las características planteadas por Lenin) el poder relativo de los bancos rusos se demostró a partir de las propias sanciones contra Rusia de este año, tras la invasión a Ucrania.

Si bien la presencia de bancos y otras entidades financieras rusas en la economía mundial era muy menor en comparación con las del complejo energético, varias entidades rusas tienen peso en los países de su área de influencia e incluso participaban hasta la invasión, aunque con una presencia no preponderante, en el sistema bancario de la Unión Europea.

Empresas rusas importantes y con algún grado de transnacionalización cubren el sistema financiero, de servicios y de nuevas tecnologías, tal los casos del Sberbank (primer banco de Rusia, tercer banco más grande de Europa y 33 a nivel mundial con anterioridad a la invasión de Ucrania); VTB (segundo banco en tamaño de Rusia); Gazprombank (tercero en tamaño, controlado por Gazprom), Alfa Bank (controlada por Alfa Group, propiedad de Mikhail Fridman, séptima fortuna rusa); la empresa de mensajería electrónica Telegram y la compañía de inversión Milhouse (propiedad de Abraham Abramovich, con participación en la minería y hasta hace poco dueño del club de fútbol inglés Chelsea).

Por contrapartida, la presencia del capital financiero internacional en la Rusia previa a la invasión a Ucrania, si bien existente, era claramente menor a otros países y no hegemónica en el propio sistema bancario del país. En octubre de 2018 estaban habilitados para operar en Rusia 150 bancos extranjeros, en un número que ha venido descendiendo constantemente a partir de 2014 desde el 23% al 13,4% del total del capital bancario total. Incluso cabe aclarar que el 11% de los bancos que figuran como extranjeros están controlados por ciudadanos rusos.

Por último, y como ya hemos señalado más arriba, las reservas de Rusia en su Banco Central ascendían, antes de la invasión a Ucrania, a 633 mil millones de dólares. Y su deuda externa era sustancialmente baja, de apenas 18% del PBI a fines de 2020

Paradójicamente, la fortaleza del sistema financiero y comercial ruso se verificó cuando este fue capaz de resistir las sanciones impuestas a partir de marzo de este año, que no lograron paralizar las transacciones. Rusia fue excluido del sistema Swift (el clearing internacional de transacciones financieras) y las compañías internacionales de tarjetas de crédito Visa y Mastercard dejaron de operar en el país. Pero el sistema bancario ruso respondió con su propio sistema de procesamiento de transacciones y con la tarjeta de crédito local Mir.

Lo mismo sucedió en la faz comercial. Las más de 1.000 transnacionales que se retiraron de Rusia con las sanciones han sido reemplazadas en la mayoría de los casos. Los casos más paradigmáticos fueron los de McDonalds, cuyos locales reabrieron y ahora se llaman «Vkusno i tochka» («Sabroso, y ya»)  y los cafés Starbucks, que siguen funcionando bajo la marca “Stars Coffee”.

El rublo sufrió una devaluación histórica frente al dólar al comienzo de la invasión, cuando se congelaron cerca del 50% de las reservas rusas que se hallaban en el extranjero. Pero luego se recuperó y hoy está en los valores de 2018. La inflación, que también creció en los primeros meses y llegó al 18% anual, se está desacelerando y confluyendo a un valor de entre el 12% y el 15%.

Por supuesto que todos estos datos, que simplemente muestran la capacidad de resistencia de una economía imperialista como la rusa, no significa descartar que en un futuro cercano haya una crisis profunda en el capitalismo ruso, sea como consecuencia de la continuidad de la guerra, o como producto de otros factores relacionados con su propia relación con el capitalismo imperialista global.

Un régimen político y un gobierno autoritario, que no cumplen ningún rol ni “progresivo” ni antiimperialista

Vladimir Putin gobierna autoritariamente desde hace casi un cuarto de siglo. Fue designado primer ministro de Boris Yeltsin en 1999 y luego electo presidente en tres períodos (1999-2004, 2004-2008 y 2012-2018) siendo primer ministro (y de hecho gobernando) en el período intermedio 2008-2012, durante la presidencia de Dmitri Medvedev.

Putin encabeza un gobierno burgués autoritario y represivo, con métodos heredados del stalinismo (como el asesinato sistemático de opositores, o su encarcelamiento) apoyando por un grupo de capitalistas mafiosos (los llamados “oligarcas”, unidos a los “silovarcas” que ya hemos mencionado), ligados fundamentalmente a los negocios del gas y del petróleo.

Su accionar se basa en la represión política, con permanentes prohibiciones de actos y movilizaciones, y persecución a sus opositores internos, llegando en muchísimos casos a conocidas situaciones de asesinatos y en otros a largas condenas a prisión. La censura se extiende a todos los medios de comunicación, no quedando actualmente ninguno que no esté directamente vinculado al gobierno.

La oposición legal, o “tolerada”, que tiene asientos minoritarios en el Parlamento (compuesta por el Partido Comunista de Rusia y los nacionalistas de derecha de Zhirinovsky), son absolutamente funcionales a las políticas de Putin en los temas fundamentales, como se puede observar en sus posiciones de apoyo total ante la invasión a Ucrania.

El gobierno de Putin se ha manifestado además violentamente homofóbico y contrario a cualquier reivindicación de los derechos de las mujeres. Se ha apoyado para esto en la ultrarreaccionaria Iglesia Ortodoxa Rusa.

El carácter de la política imperialista rusa bajo el gobierno de Putin no se ha limitado a atacar y ocupar militarmente solamente los países exteriores de su zona de influencia. Lo hizo también en la propia Federación Rusa, con la represión feroz al independentismo checheno. Y en la ya citada participación en Siria a favor del dictador Bashar Al-Assad.

 Cabe mencionar que las aspiraciones de Putin de “fortalecer a Rusia” bajo ningún punto de vista apuntan a restaurar la URSS, ni mucho menos a ningún tipo de proyecto “socialista”. Su objetivo, en todo caso, es restaurar el viejo imperio zarista que existió hasta 1917.

 Un gobierno que comenzó a debilitarse, y la guerra como salida

En los últimos años, el gobierno de Putin había comenzado a debilitarse, política, económica y socialmente. La economía rusa se fue estancando: en 2018 creció apenas 2,5%, en 2019 1,3% y en 2020 (con la pandemia pandemia) cayó -3,6%. Según datos oficiales, el 13,2% de la población vive en situación de pobreza.

El desgaste del gobierno viene desde el año 2017, cuando se dieron enormes protestas y represiones, desatadas por las denuncias de corrupción sobre el entonces primer ministro Dmitri Medvéved. En la elección de 2018, Putin ganó su reelección con el 74% de los votos, pero con una participación que no superó el 60% de presentismo, en un comicio plagado de acusaciones, siendo la más importante la exclusión de la posibilidad de presentarse de destacados opositores, como el “liberal” Alexei Navalny (Partido Rusia del Futuro). En las legislativas de 2019, Putin directamente tuvo que recurrir al fraude para mantener las mayorías parlamentarias. Nuevamente prohibió a candidatos de la oposición, y esta vez la participación bajó a apenas el 21% de los electores. En los comicios de 2021 sufrió un nuevo retroceso, que se verificó en el ascenso de los votos hacia los partidos opositores “permitidos”, como el Partido Comunista que creció desde el 13% anterior hasta el 20% en esa elección.

La sumatoria entre el estancamiento económico y el desprestigio político ha sido, sin duda, una de las causas que llevaron a Putin a lanzarse a la aventura de la invasión a Ucrania.

¿Qué programa frente a la Rusia de Putin?

En síntesis, Putin encabeza un régimen burgués imperialista, reaccionario, represor y explotador de su pueblo trabajador. Asesino de pueblos oprimidos, como se mostró en Chechenia, en Siria y ahora en Ucrania. En una guerra donde disputa por intereses y negocios imperialistas y sus zonas de influencia. Mientras, internamente, descarga la crisis sobre las espaldas de su propio pueblo trabajador.

De ahí que, para los socialistas revolucionarios, la primera consigna sea ¡fuera Putin de Ucrania! Dándole todo el apoyo a la resistencia de ese país. Al mismo tiempo decimos que el propio pueblo trabajador ruso debe sacarse de encima a ese gobierno autoritario, imponiendo un gobierno de los trabajadores, expropiando a los grandes capitalistas y volviendo a plantear el camino que iniciaron Lenin y Trotsky hace más de un siglo: la revolución socialista.

[1] Lenin, Vladimir, Imperialismo, fase superior del capitalismo, Editorial Anteo, Buenos Aires, 1974.

[2] Ver al respecto el excelente dossier de Silvia Santos y Miguel Lamas en Correspondencia Internacional n°44, marzo-junio de 2020.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *