A 80 años del triunfo soviético. Stalingrado: la batalla que inició el fin del nazismo

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Por Federico Novo Foti (El Socialista, No. 554, Argentina)

La batalla de Stalingrado (julio de 1942 a febrero de 1943) cambió el curso de la Segunda Guerra Mundial y marcó el comienzo del fin del poderío de Hitler. La derrota del nazismo representó un enorme triunfo que abrió una etapa revolucionaria. Pero la traición del estalinismo evitó la extensión del socialismo a nivel mundial.

El 2 de febrero de 1943 el mariscal del 6° Ejército alemán, Friederich Paulus, firmó la rendición en Stalingrado (hoy Volgogrado). La ciudad, ubicada entre los ríos Volga y Don en la gran estepa cerealera rusa de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), había quedado reducida a escombros. En el enfrentamiento habían muerto un millón y medio de soviéticos y otros 800.000 alemanes y sus aliados (italianos y rumanos). 90.000 soldados alemanes fueron tomados prisioneros. Decenas de miles de tanques, aviones y piezas de artillería fueron destruidos. Con la capitulación nazi, tras doscientos días de cruentos combates, finalizaba la mayor batalla de la Segunda Guerra Mundial y la más sangrienta de la historia.

Hitler invade la URSS
El 30 de enero de 1933 Adolf Hitler asumió como Canciller de Alemania, comenzando a instalar el régimen nazi. Un régimen totalitario cuyo objetivo era aplastar al movimiento obrero, especialmente a la izquierda, utilizando métodos de guerra civil y de limpieza étnica contra judíos, gitanos y otros. Uno de los objetivos estratégicos del nazismo era acabar con la URSS, el gobierno obrero y campesino nacido de la Revolución de Octubre en 1917.

En paralelo, desde mediados de la década de 1920 un aparato burocrático se venía consolidando en el gobierno de la URSS. La burocracia conducida por José Stalin liquidó la democracia obrera y traicionó la lucha de los trabajadores y los pueblos de la URSS y el mundo, imponiendo la política del “socialismo en un solo país” y la “coexistencia pacífica” con el imperialismo. En agosto de 1939 Stalin firmó un escandaloso “pacto de no agresión” con Hitler, facilitando la invasión a Polonia y el inicio de la Segunda Guerra Mundial.

León Trotsky, líder de la revolución rusa junto a Vladimir Lenin, exiliado y perseguido por la burocracia estalinista, denunciaba junto a un puñado de seguidores de la Cuarta Internacional que “el pacto germano-soviético es una capitulación de Stalin ante el imperialismo fascista” que no dudaría en avanzar sobre la propia URSS.1

Stalin confió en su pacto con Hitler y desoyó todas las advertencias (ver recuadro). El 22 de junio de 1941 comenzó la “Operación Barbarroja”. La invasión nazi a la URSS contó con un despliegue de tropas terrestres de dos millones de soldados, miles de blindados (tanques Panzer) y la aviación alemana (Luftwaffe). Para diciembre habían ocupado Lituania, Bielorrusia y Ucrania. La ciudad de Leningrado (hoy San Petersburgo) sufrió un terrorífico sitio. Los nazis llegaron también hasta los alrededores de Moscú.

Luego del desastre inicial, responsabilidad de Stalin y la burocracia, se logró poner de pie la heroica resistencia del pueblo soviético, comenzando la “Gran Guerra Patria”. Se recompuso el Ejército Rojo, poniéndo al frente los generales soviéticos más capacitados, Gueorgui Zukhov, Konstantin Rokossovski y Vasili Chuikov.

En diciembre de 1941, descontento con el resultado de la primera ofensiva, estancada a las afueras de Leningrado y Moscú, Hitler tomó personalmente el control del alto mando alemán. A mediados de 1942 puso en marcha la “Operación Azul” para avanzar hacia la estepa cerealera y los pozos petrolíferos del Cáucaso. Sobre Stalingrado se lanzaron el 6º Ejército de Paulus, el 4º Panzer de Hermann Hoth, dos ejércitos rumanos y uno italiano. La Luftwaffe destruyó los barrios de la ciudad situados en la ribera oriental del Volga. La rendición parecía inminente. Pero no fue así. Las tropas de Chuikov pelearon obstinadamente en la ciudad en ruinas. En noviembre, con las primeras nevadas, los generales soviéticos lanzaron su contraofensiva: la “Operación Urano”. Desde el río Don, al oeste, Rokossovski pudo rodear a las tropas alemanas, sitiando al 6º Ejército. La pelea fue casa a casa, con refugios en sótanos y cloacas, y la constante amenaza de los francotiradores.2 Para enero de 1943 la resistencia alemana se estaba derrumbando. A finales de mes comenzaron a aparecer banderas blancas en las trincheras alemanas, sin autorización de sus superiores. El 31 de enero se rindió Paulus, firmando la capitulación días más tarde.

Se abre una nueva etapa revolucionaria

La victoria soviética en Stalingrado cambió el curso de la Segunda Guerra Mundial. La noticia devolvió a los pueblos ocupados la esperanza de que se podía derrotar a los nazis. La resistencia se fortaleció en todas partes. Fue el comienzo del fin del nazismo. Aun así se necesitaron dos años más de enormes esfuerzos bélicos, de acciones crecientes de la resistencia y sacrificio de los pueblos para alcanzar el triunfo definitivo sobre el nazismo. Pero desde Stalingrado, el arrollador avance del Ejército Rojo no paró hasta que finalmente liberó Berlín en mayo de 1945.

El fundador de nuestra corriente Nahuel Moreno afirmó que “la derrota de Hitler fue el más colosal triunfo revolucionario de toda la historia de la humanidad”.3 Terminó con la contrarrevolución capitalista nazi-fascista e inició una nueva etapa revolucionaria mundial en la que los trabajadores y pueblos del mundo obtuvieron grandes triunfos. Desde entonces se produjeron numerosas revoluciones triunfantes, logrando la independencia de muchas colonias e incluso la expropiación de la burguesía en Europa del Este y otros países como Yugoslavia, China, Cuba o Vietnam. Moreno señaló también la contradicción de que el propio Stalin y la burocracia estalinista fueron quienes, ante el movimiento obrero y popular, capitalizaron ese triunfo.4 Pero Stalin traicionó la lucha por el socialismo utilizando su autoridad para preservar los privilegios burocráticos, celebrando los acuerdos de Yalta y Postdam (febrero y julio de 1945) con las potencias imperialistas para estabilizar el dominio capitalista mundial y encorsetar las revoluciones de posguerra.

La batalla de Stalingrado dejó una doble enseñanza para la actualidad. En primer lugar, que los pueblos del mundo pueden lograr triunfos, aún con dirigentes burocráticos y traidores, como fue el caso del heroico pueblo soviético bajo Stalin. En segundo lugar, que la tarea más difícil y necesaria sigue siendo la de construir una nueva dirección revolucionaria capaz de terminar definitivamente con la contrarrevolución imperialista en cualquiera de sus variantes y con el dominio capitalista imperialista mundial. A esa tarea nos abocamos diariamente las y los militantes de Izquierda Socialista y la UIT-CI.

1. León Trotsky. “Stalin, el comisario de Hitler” (2/9/39) y “La alianza germano-soviética” (4/9/39) en Escritos, tomo XI, vol. 1. Pluma, Bogotá, 1979.
2. Ver la película “Enemigo al acecho” (2001) de Jean Jacques Annaud.
3. Nahuel Moreno. Revoluciones del Siglo XX, CEHuS, Buenos Aires, 2021. En nahuelmoreno.org
4. Nahuel Moreno. Actualización del Programa de Transición. Ediciones El Socialista, Buenos Aires, 2014. En nahuelmoreno.org

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