El conflicto ético de la arquitectura contemporánea

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Estadio de Al Wakrah

 Por: Aksel Álvarez

A mediados de Agosto de este año, la afamada arquitecta Zaha Hadid introdujo una demanda contra el crítico de arquitectura Martin Filler y  “The New York Review of Book”[1] por las opiniones vertidas por Filler en su crítica del libro de Rowan Moore “Why we Build. Power and Desire in Architecture” [2], en las que reproduce fuera de contexto unas declaraciones de Hadid en Febrero de 2014 al diario británico The Guardian[3]. En ellas, Hadid defendía la realización de la Copa Mundial de Fútbol de 2022 en Catar, pese al escándalo que en ese momento estaba destapándose sobre las precarias condiciones de vida de los trabajadores inmigrantes y que, hasta ese momento, habían costado la vida de alrededor mil trabajadores en las obras relacionadas con la Copa del Mundo, donde la arquitecta Zaha Hadid ha proyectado el estadio al-Wakrah, que iniciaría sus obras en abril de 2014.

Como contexto a esas declaraciones es necesario aclarar, previamente, que Zaha Hadid, nacida en Bagdad, Irak (hoy día es ciudadana británica) es la primera mujer en ganar el Premio Pritzker de Arquitectura, muchas veces llamado el Nobel de la Arquitectura, y ha sido objeto de muchas controversias y ataques por su condición de mujer y el costo personal que le ha supuesto abrirse espacio entre la actual “vanguardia” de la arquitectura, profundamente machista [4]. Sus diseños se caracterizan por el uso de geometrías complicadas y “fluidas” que han llevado a que exista una especie de “Marca Hadid” que se convierte en el elemento de valor para los promotores que construyen sus proyectos. Sobre esto volveremos más adelante. En Febrero de este año la controversia rodeaba su diseño para el Estadio al-Wakrah pues era sindicado de parecer una enorme vagina [5]. Con el tiempo fueron apareciendo los detractores del Mundial de Brasil y se comenzó a señalar una serie de accidentes laborales que, para Febrero de 2014 habían costado la vida de siete trabajadores[6] como muestra de la poca preparación de Brasil para acoger al Mundial de Fútbol. Sea por la intención que fuere, partes interesadas presentaron en comparación la situación de Catar, que son extremadamente escandalosas, si se considera que ocho años antes de la realización de la Copa Mundial la cifra de fallecidos en las obras se situaba cerca de los mil, mientras en Brasil a pocos meses de iniciar el mundial la cifra era de siete. En total, fallecieron ocho obreros en Brasil.

Al abrirse la caja de Pandora sobre las condiciones en que miles de obreros migrantes trabajan en Catar, así como en otros países árabes que se han presentado como modelos de éxito y desarrollo por el impresionante cambio urbano que han sufrido en los últimos veinte años y la realización de obras cada vez más estrafalarias y llamativas, como pistas de Ski en pleno desierto, la construcción de enormes islas artificiales en las costas de sus países, los edificios más altos del mundo, franquicias de museos como el Louvre, Guggenheim, entre otras cosas, que se mezclan con carros completamente chapados en oro, o millonarios paseando en autos con tigres como mascotas. Se trata de un ideal de éxito económico que esconde un lado sombrío de explotación y pobreza poco difundido.

Los países árabes del Golfo Pérsico son gobernados por monarquías extremadamente conservadoras desde el punto de vista religioso que tienen excelentes relaciones con las potencias occidentales, interesadas en mantener el flujo constante de petróleo desde estos países y lograr mantener la ventaja geoestratégica que detentan. Es así que una gran cantidad de empresas alemanas, francesas, británicas, estadounidenses y chinas, entre otras, participan de proyectos de gran envergadura en estos países, desde la construcción desde cero de sistemas ferrocarrileros y de metro a nivel nacional, hasta la construcción sui generis de ciudades sostenibles. Son proyectos de enorme importancia en lo económico y lo tecnológico, que son proyectados por estas empresas, sin embargo quienes los construyen suelen ser trabajadores provenientes de Pakistán, India y Nepal, no siempre llegados por la vía legal. Para estos trabajadores aplican, además, leyes de trabajo que parecen más contratos de esclavitud, sin contar con las presiones exageradas que ejercen sus empleadores para hacerlos trabajar a un ritmo frenético que suele incluir dobles turnos y jornadas bajo intenso calor.

Muchos de estos trabajadores mueren por las pobres condiciones de seguridad o de soporte en las obras (carencia de hidratación adecuada, indumentaria precaria o inapropiada, etc.) y del agotamiento producto del manejo de plazos absurdos. Basta ver con ojo crítico los documentales de Discovery Channel sobre algunas de estas construcciones para darse cuenta de que algo anda muy mal.

Es en este contexto que a la arquitecta Hadid le es requerida su opinión sobre las condiciones extremas de los trabajadores en estos proyectos y si esto no le supone una preocupación. A esto la arquitecta responde, según The Guardian[7], “Yo no tengo nada que ver con esos trabajadores. Si hay algún problema, es un asunto que debe ser resuelto por el Gobierno. Espero que este asunto se resuelva”. A la pregunta de si eso significaba que no le preocupan las muertes de esos obreros, Hadid responde: “Sí, pero las muertes en Irak me preocupan más ¿Qué puedo hacer yo al respecto? No me lo tomo a la ligera, pero creo que es una responsabilidad del Gobierno velar por esa situación. No es mi deber como arquitecto ocuparme de ello.”, continúa, “no puedo hacer nada al respecto, pues carezco del poder para ello. Creo que es un problema que encontramos en cualquier parte del mundo. Pero como ya he señalado, hay problemas en todo el mundo”.

Es inapropiado suponer lo que Hadid se reserva, pero sus palabras son claras, en la medida en que establece que como arquitecta, ella no tiene injerencia en las condiciones laborales de aquellas personas que realizan los trabajos necesarios para edificar sus diseños. Por otro lado lo considera un problema que existe en todo el mundo, cosa que es cierta, accidentes laborales y condiciones precarias de trabajo son frecuentes en la construcción donde sea, pero la conjugación de los factores evidentes en Catar son, cuando menos, llamativos.

Eso plantea la cuestión ética sobre si el arquitecto tiene algún compromiso social o, simplemente, se trata de un profesional que debe atender a las complejidades de su profesión y asegurarse de “hacer bien su parte” y dejar en manos de otros la resolución de esas cuestiones, digamos, “más sociales”.

Palabras más, palabras menos, el origen del Movimiento Moderno en la Arquitectura es la reacción a las condiciones miserables de vida y trabajo de las clases trabajadoras de Europa a finales del Siglo XIX, que podrían compararse a las descritas en el actual Golfo Pérsico. Esta reacción no fue necesariamente política, pero sí consciente de las dificultades vitales que suponían las condiciones insalubres, brutales e inhumanas en que la mayoría de la gente vivía y trabajaba.

Esas preocupaciones dieron lugar al desarrollo del conocimiento necesario que nos permite contar hoy día con normas sanitarias, de construcción, diseño e incluso estética. También fue el germen del cual florecieron visiones más sociales de la arquitectura, incluso de la forma adecuada para organizar y determinar la vida en sociedad.

Tras la Segunda Guerra Mundial y la instalación de la paranoia anticomunista, cobra auge un proceso de profundo individualismo, que florece con el llamado Posmodernismo y su confianza en el “todo vale” y el triunfo de la voluntad individual sobre el bien común. Especie que resulta corroborada ante la debacle de la URSS y su sistema estalinista con la consecuente restauración capitalista y el actual conservadurismo, el fracaso de la izquierda en América Latina y el proceso de conversión chino hacia el modelo capitalista de Estado que hoy presenciamos.

Es así que para los arquitectos se fue haciendo innecesario hacerse preguntas sobre su rol social, en todo caso su virtud reside en el triunfo personal, el reconocimiento global y el posicionamiento «a la vanguardia», cosa que no se sabe qué es, pero parece ser la tendencia a aparecer en el mayor número de revistas posibles y causar el asombro de colegas y plebeyos con edificios espectaculares en las fotos e imágenes digitales, donde la experiencia directa de la edificación queda en segundo lugar, sin mencionar el sentido del edificio y su pertinencia, en lo social, económico y ecológico.

Desde que en el 94 el Guggenheim de Bilbao anunciara costos por encima de los 100 millones de dólares[8], siendo uno de los edificios más caros para la época, revestido en titanio, algo que sólo fue posible gracias a la caída de la URSS y por un cortísimo espacio de tiempo[9], nos hemos acostumbrado a anuncios cada vez más escandalosos y edificios más caros. Hoy abundan los edificios que sobrepasan los 1.000 millones de dólares y nadie se inmuta. Si nos parece divertido lanzarnos agua encima para aparentar que nos importa una enfermedad que ni conocemos, mientras mueren personas porque no tienen acceso al agua potable en muchos lugares del mundo, ¿qué diablos nos va a importar si los edificios que diseñamos son un malgasto que reduce el uso de recursos para asuntos vitales?

A la luz de la ética dominante en estos momentos, la respuesta de Hadid aparenta ecuanimidad, sin embargo, para quienes creemos que es necesario retomar un poco la cordura, tratar de llevar adelante una práctica arquitectónica más consciente y equilibrada, en fin, que el saldo de nuestro paso por este Mundo sea un Mundo más justo, se trata de una respuesta cínica o tristemente pobre, que deja en evidencia el contenido aristócrata de los arquitectos y su separación del mundo real. Aquel de las personas que limpian los pisos de sus oficinas o que les venden las revistas carísimas con las últimas noticias sobre «la vanguardia arquitectónica», una vanguardia idiota que se mira el ombligo y se dedica a autoelogiarse.

La implicación del Arquitecto con su obra no puede limitarse a la traducción en formas construidas de una serie de argumentos, más o menos sólidos, de origen intelectualmente debatible. Ciertamente, dadas las condiciones laborales actuales, el Arquitecto no puede responder por todos los factores que se ven mezclados en la edificación de una obra particular, pero tiene, sin duda alguna, la responsabilidad de señalar aquello que es moralmente debatible y susceptible de ser modificado para el bien común, ya sea respetando los derechos de personas afectadas por una obra, el descarte de prácticas y materiales que producen daños al medioambiente, la proposición de mejoras al entorno construido o el desarrollo de políticas que beneficien a la sociedad.

Es de desear que el tema de esta demanda abra el espacio para la discusión entre los arquitectos sobre estos temas y permita que el ejercicio de nuestra profesión tienda a una forma más responsable y comprometida con la sociedad. Que sea algo que no se limite al cotilleo de la prensa especializada y que tenga implicaciones mayores.

Notas

[1] Se trata de una revista orientada hacia la crítica literaria y la discusión de tópicos intelectuales, que inició su publicación en la década de los 60 y continúa publicándose hoy día. Entre los colaboradores originales de la revista se cuentan Hannah Arendt, Truman Capote y Susan Sontag. Gran parte de su contenido sólo es accesible para suscriptores (http://www.nybooks.com/about/)

[2] El Libro no cuenta aún con una publicación en castellano, por lo que el título oficial en Castellano es incierto, aunque puede traducirse como: “¿Por qué construímos? Poder y deseo en la Arquitectura”

[3] http://www.theguardian.com/world/2014/feb/25/zaha-hadid-qatar-world-cup-migrant-worker-deaths

[4] http://www.archdaily.com/371487/the-scott-brown-petition-and-women-s-role-in-architecture/

[5] http://www.theguardian.com/commentisfree/2013/nov/18/qatar-accidental-vagina-stadium-al-wakrah-world-cup-stadium

[6] http://www.dw.de/brasil-2014-muere-otro-obrero-durante-construcci%C3%B3n-de-estadio/a-17418399

[7] http://www.theguardian.com/world/2014/feb/25/zaha-hadid-qatar-world-cup-migrant-worker-deaths

[8] La cifra final, tras varios años de polémicas reparaciones y ajustes en el presupuesto de funcionamiento se cifra entorno a los 400 millones de dólares estadounidenses.

[9] El precio del titanio se hizo accesible por un corto período de tiempo en el mercado internacional debido a que las reservas de las URSS de este material se hicieron disponibles a los compradores de otros mercados, inundando el mercado mundial y logrando la baja de los precios hasta un punto que lo hacía competitivo con el aluminio. El titanio es un material que se emplea en la fabricación de aviones y submarinos, por lo que usarlo para recubrir un edificio es un lujo exorbitante, pues las características que lo distinguen no aportan nada en comparación a otro tipo de revestimientos, como aluminio o metal anodizado. http://www.architectural-review.com/archive/1997-december-guggenheim-museum-by-frank-o-gehry-and-associates-bilbao-spain/8603272.article#

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